Ella no sabía muy bien de donde venían las propiedades del mate que estimulaban la sociabilidad, pero sabía que era algo que simplemente no fallaba. Era hasta difícil de imaginarse dos personas no hablando mate de por medio.
Le hacía gracia dar vueltas sobre el asunto de esa bebida. No era más que agua caliente metida en yerba, con un poco de azúcar para los que tenían menos aguante. Una tradición tan tonta, podía tomar tanta relevancia y perdurar por las generaciones.
Cuando faltaron unos veinte minutos para que él llegara, puso la pava a calentarse y buscó la yerba en la alacena. Se quemó la mano cuando fue a sacar la pava del fuego; haciéndose evidente la falta de práctica. Sacó un cubo de hielo del freezer y se envolvió el dedo con un repasador, esperando que no se formara ampolla alguna.
El timing en este caso, fue perfecto.
Al mismo tiempo que ella dejaba caer el agua entre la yerba, se empezaron a escuchar los lentos pasos de las suelas de goma en el piso de cerámica. Un portazo casi rompe el vitro de la puerta que daba al hall. Su hermano tenía la vista clavada en el suelo, y apenas levantó la cabeza para verla. Se sentó en la silla y se desparramó contra el respaldo. Miró el techo y suspiró.
Su hermana no se impacientó porque supo que tenía la lengua suelta. Algo había pasado, y era preguntar acerca de ello la excusa perfecta para hablar. Tomó el primer sorbo de mate y se sintió como en un plaza al sol, en plena primavera.
—Hey, ¿qué pasa? —inquirió ella, extendiendo el recipiente.
—Nada, estoy un toque cansado —dijo sin mirarla, aun recostado en la silla.
—Creeme que no tengo nada mejor que hacer que hablar con vos en este momento. Podes contarme cualquier cosa, siempre que no tenga que ver con fútbol.
—Ojalá fuera fútbol, no estaría así.
—¿Entonces qué paso?
—Y... es complicado. —dijo suspirando y tomando un sorbo de mate. —Cosas del laburo.
Ella sintió por un segundo que iba a dar por el tema anclado en esa oración. "Es complicado." Iba a darle un sorbo al mate, pararse e irse a su pieza. Vio la imagen reproducirse en la cabeza. Por suerte, él incorporó una mejor postura en la silla y se aclaró la garganta. También le devolvió el mate. Y volvió a suspirar.
—¿Te acordás del pibe del laburo, este que cayó a dormir a casa por dos semanas en verano?
—Si, ahora mismo no me estaría acordando el nombre, pero no importa.
—Nada, pasaron cosas con el loco este —dijo.
—¿Qué hizo?¿Qué paso?
—Te tendría que poner en contexto. También te tendrías que acordar un poquito de la excusa malísima que se inventó para parar en casa. Qué Edelap le había cortado la luz, y que tampoco tenía agua. Era casi Marzo y ya no hacía tanto calor, cualquiera —dijo él, recapitulando cosas del pasado mientras sacudía la cabeza—. Cuestión, en ese momento él andaba en cosas turbias. Y le ofrecí que se quedara en casa para que tomara un respiro, un poco de distancia de todo. Como salir de su casa, y no sé, rescatarse.
Ella sirvió otro mate, y se lo alcanzó a su hermano.
—No sé hasta que punto te interesan los detalles —le dijo a su hermana mayor.
—Seguí, seguí —dijo girando su mano.
—Te diría que se estaba por matar para hacerla corta. No encontraba su norte, y no daba pie con bola. Intenté hacerlo sentirse lo mejor posible esas dos semanas y de ayudarlo en todo. Todo terminó saliendo para adelante, y en esas situaciones se crean lazos. Sabes que tengo mil conocidos, pero con muy poca gente son con las que pasan estas cosas —le dijo mirándola a los ojos.
—¿Y qué hizo?
—Ese es el problema, no hizo nada. Te juro que a veces prefiero una ofensa puntual a estas cosas. Porque sabría que es lo que tengo que perdonar. Es lo que te digo, la palabra clave acá es lazos. Y me dio a entender que esos lazos solamente se mantienen por conveniencia y que son tan descartables como los vasitos de café.
—¿Pero te lo dijo en caliente, estaban peleándose? —inquirió, empezando a entrar en la historia de su hermano de a poco.
—Ahí está el problema —dijo levantando los hombros y las manos—. No estamos peleados, ni enojados. Yo no estoy enojado —le dijo mirándola de nuevo a los ojos—. Me lo dijo de la misma manera que yo te digo que hoy es sábado. No es que lo tiró en joda, así es él y no me puedo enojar. Me siento para el carajo, pero no es calentura. Es decepción, o algo así. —dijo sin saber que palabra usar para describir lo que sentía en el pecho.
—¿Es para tanto? —quiso saber ella.
—Sí. Hoy se rompió algo, y no puedo volver a ver las cosas como antes.
Se armó un pequeño silencio y él miró un cuadro viejo que había a la derecha de su hermana. Nunca había entendido que era. Había una especie de paisaje, pero dibujado con una técnica que pensaba que se parecía a Picasso solo porqué se le hacía como dibujado por un nene. Había una especie de río y un arbusto verde enorme. Nunca le había gustado demasiado.
Bajó la mirada y vio el trapo amarillo a cuadras en las manos de su hermana.
—¿Qué te paso?
—Nada, me quemé con la pava como una boluda.
—¿Mate?—dijo él, mirando el recipiente que tenía en sus manos— ¿Desde cuándo?
—A veces me pinta —dijo encogiendo los hombros.
Su hermano agarró el control remoto y prendió la tele. Empezó a hacer zapping por todos los canales; recorrió desde el primer canal hasta el cincuenta y tantos, y se convenció de que no había nada. Giró la cabeza y vio que su hermana lo miraba sin decir nada.
—Esas dos semanas que este pibe se quedó en casa, fueron 14 días que solo velé para que él saliera adelante —le dijo mirándola, levantando las cejas—. Me dediqué casi por completo cada hora a él. Le hacía bien estar en el parque, al sol. Llevaba el tabaco para armar y fumábamos tirados en el pasto. Hacía años que no tocaba un pucho, pero fumé para acompañarlo. ¿Sabes? Odio el olor que me deja en las manos, es totalmente repulsivo.
—Eso lo heredaste de Papá.
—Había dejado de fumar por las manchas en las manos, ¿no?
—No sé cuál es la historia verdadera, lo único que sé es que cuando nací no volvió a fumar.
—Y pasábamos el día ahí —dijo volviendo a retomar la historia—. Como si fuéramos chicos que salen a jugar a la pelota a la tarde y vuelven a la casa cuando no hay un solo rayo de sol. Obviamente hablábamos, y mucho. Las horas se pasaban volando, y hablamos tanto que sentí que me había quedado sin secretos. Que no le podía mentir, y hasta la opinión más oscura y retorcida tenía lugar si él la escuchaba. Sentía que era recíproco, que él tampoco tenía más secretos ni vergüenzas que esconder.
—¿Tanto? —quiso saber.
—Si —dijo meneando la cabeza—, y esto pasó al segundo día ponele. Y se quedó 12 días más. Te diría que lo cuidé más que a cualquier novia. Fueron 336 horas junto a él. Un mini viaje de egresados, en casa, con menos alcohol y con muchas menos chicas vestidas de militar durmiendo al lado tuyo.
—El traje de militar es el menos original de todo Bariloche —dijo con una leve muesca de asco.
—Y el de preso ni te cuento —dijo riendo. Ella siempre había admirado la manera de abstraerse que tenía su hermano para terminar riéndose de todo.
—¿Y?¿Qué paso con el loco este? —preguntó rápido para no perder el hilo de la historia.
—Nada. Digamos que se rescató, salió de ahí. Nos seguimos llevando bien, bueno, hasta hoy supongo.
—¿Me podes decir qué carajo te dijo?
—No —le contestó con voz grave al recordar las palabras—, todavía no termino de procesarlo. Otro día, o más tarde, no quiero estar todo el día con esto dando vueltas en la cabeza.
—Lo decís como si llevaras una vida normal —dijo soltando un risa amarga.
—Creeme que no elegí esto de no dormir —la miró serio y se paró.
—¿Y qué está haciendo que ninguno de los dos pueda dormir?
—¿Vos me estás preguntando enserio? —dijo levantando la voz. —No tengo la más puta idea.
—¿Cuánto te pensás que vamos aguantar así?
—Lo suficiente para que se arregle —le dijo y le dio la espalda.
—¿Vas a dejar que esto se solucione solo? —ahora ella se levantó de la silla y clavó su mirada en la nuca de su hermano.
—Es una posibilidad. —suspiró y se alejó caminando lentamente. No hubo portazo, ni ruidos de suelas; se había quitado los zapatos.