Al mirar por la ventana se perdía en los paisajes urbanos que se desdibujaban por sus ojos cansados. Hacía rato que veía pequeños destellos que no podía confirmar si eran reales o no, pero el primer espejismo todavía hacía ruido en su cabeza. Tanto ruido como puede hacer una idea que no quiere ser escuchada. Sin lugar para ser, los recuerdos vagaban sin una meta en la cabeza de Aiden.
No era la primera vez que se dormía tan profundamente que llegaba hasta la última parada del micro y el chofer tenía que ir a despertarlo. A pesar del terrible aspecto por la falta de sueño, vestía bastante bien y la gente solía asociar al insomnio al stress de tener que tomar decisiones importantes. La bolsa de valores, compra de acciones y esas cosas. Su trabajo era en realidad mucho más simple, pero siempre había tenido un buen gusto por la ropa.
—Eh pibe, arriba, que tengo que pegar la vuelta —dijo después de tener que sacudirlo bastante.
—Uh, perdoná —dijo despabilándose.
—Eh pibe, arriba, que tengo que pegar la vuelta —dijo después de tener que sacudirlo bastante.
—Uh, perdoná —dijo despabilándose.
—¿Vos sos el loco que labura en la torre? ¿El que tiene un nombre raro?
—Sí, soy yo. ¿Me conocen? —el micro era de la misma línea que el del cartel verde que vio desaparecer días antes.
—Sí, la otra vuelta te despertó el tata. Decía que estabas fulminado, pero que te tenía que levantar.
—Sí, soy yo. ¿Me conocen? —el micro era de la misma línea que el del cartel verde que vio desaparecer días antes.
—Sí, la otra vuelta te despertó el tata. Decía que estabas fulminado, pero que te tenía que levantar.
—Así que soy famoso. Dejame pagar el boleto de nuevo para la vuelta.
—¿Hasta dónde vas?
—Acá nomás, no vivo lejos. Me pasé unas cuadras. —dijo y el chofer se rió.
—No sé si tan así eh, justo me tocaba el descanso y dejé el micro acá cargando nafta como media hora.
—Acá nomás, no vivo lejos. Me pasé unas cuadras. —dijo y el chofer se rió.
—No sé si tan así eh, justo me tocaba el descanso y dejé el micro acá cargando nafta como media hora.
El chofer le preguntó por su nombre y asintió sin más.
No era la primera, ni iba a ser la última que se pasaba de largo hasta la estación. Generalmente encontraba el sueño volviendo de trabajar mientras volvía en micro, pero tan rápido como llegaba a su parada, se despertaba como si alguien lo llamara. Disfrutaba bastante de esos quince minutos de sueño adicionales que tenía. Eran una ventana de luz en una oscuridad perpetua.
Pensaba lo desgastante del asunto cuando bajó del micro. Todo el asunto, en términos macro. Sentía cada minuto de no haber dormido bien en meses. Realmente sentía la erosión de su bienestar, que se fue amoldando a lo que se le daba. Pero no paraba de tener la sensación de que las cosas se estaban enderezando solas. Cada día que pasaba; un poco más cerca de la respuesta. Lo mantenía vivo y funcional. Casi olvidando el pasado entero —sus dos décadas— caminaba hacia el futuro por la promesa de los buenos augurios. Con fe ciega, decía que mañana sería mejor. Y pasado mañana todavía más. Veía la vida de color rosa. Era como una tela, consumida por el tiempo y ajada por el sol, que había perdido su sedosidad y era apenas agradable al tacto. Pero era rosa al fin y a cabo.
Abrió la puerta de entrada de la casa y caminó por el hall hasta el comedor. Se respiraba un aire de encierro y denso. Las partículas de polvo se dejaban ver flotando en los rayos de sol que pasaban pidiendo permiso a la persiana. Desparramada sobre la mesa, estaba su hermana. Vestía una camisa apretada de un blanco pulcro, con una pollera y medias negras. En el suelo; los zapatos de taco alto.
Ni siquiera movió un solo músculo cuando Aiden llegó.
—¿Qué pasó?—dijo Aiden. Ella sostenía su cabeza con la palma de su mano y revolvía su cabello.
—Renuncié —miraba al vacío.
—¡¿Qué?!¿Porqué?—dijo y ella le dedicó una mirada violenta e intensa.
—Dale, como si no supieras.
Soltó su pelo, bufó y se levantó de la mesa recogiendo sus cosas y empezó a subir las escaleras. Aiden quedó descolocado, sin poder atinar a hacer algo más. El hecho de verla vestida tan formal lo desarticuló por completo. Desconocía la razón para ir vestida así para renunciar. No recordaba fecha de haber visto a su hermana con esa mirada tan perdida y la volatilidad con la que respondió.
—Sam...—susurró luego de escuchar el portazo de la pieza de su hermana.
Sus ojos se quisieron convertirse en vidrio y su garganta se cerró. Fue caminando hasta su cuarto y quedó inmóvil cuando abrió la puerta. Todavía con la mano en el picaporte perdió su vista en el suelo.
Ver así a Samantha podría un malestar en todo su ser. Lo deshilachaba hasta reducirlo en un cuerpo inerte. Sintió náuseas y como su estómago se revolvía por lo compungido que se encontraba.
Afuera; un ruido muy fuerte dejó la vecindad en estática.
Aiden llenó sus pulmones de aire y cerró sus ojos.
—Solo está cansada —susurró para sí mismo. Acto seguido, un escalofrío le recorrió el cuerpo entero cuando se dio cuenta lo fácil que le era convencerse a sí mismo.
Ya no importaba la profundidad de la herida de Samantha, él tampoco dedicó una mirada hacia atrás. No tardó demasiado en que todo volviera a ese optimismo dañino y la visión de ese rosa gastado e irreal.
Pensó en que si era necesario, jamás quería volver el rostro de su hermana. Nada que lo haga cambiar de opinión.
Relajó su espalda en la silla y simplemente fue un día más. Miércoles.
No era la primera, ni iba a ser la última que se pasaba de largo hasta la estación. Generalmente encontraba el sueño volviendo de trabajar mientras volvía en micro, pero tan rápido como llegaba a su parada, se despertaba como si alguien lo llamara. Disfrutaba bastante de esos quince minutos de sueño adicionales que tenía. Eran una ventana de luz en una oscuridad perpetua.
Pensaba lo desgastante del asunto cuando bajó del micro. Todo el asunto, en términos macro. Sentía cada minuto de no haber dormido bien en meses. Realmente sentía la erosión de su bienestar, que se fue amoldando a lo que se le daba. Pero no paraba de tener la sensación de que las cosas se estaban enderezando solas. Cada día que pasaba; un poco más cerca de la respuesta. Lo mantenía vivo y funcional. Casi olvidando el pasado entero —sus dos décadas— caminaba hacia el futuro por la promesa de los buenos augurios. Con fe ciega, decía que mañana sería mejor. Y pasado mañana todavía más. Veía la vida de color rosa. Era como una tela, consumida por el tiempo y ajada por el sol, que había perdido su sedosidad y era apenas agradable al tacto. Pero era rosa al fin y a cabo.
Abrió la puerta de entrada de la casa y caminó por el hall hasta el comedor. Se respiraba un aire de encierro y denso. Las partículas de polvo se dejaban ver flotando en los rayos de sol que pasaban pidiendo permiso a la persiana. Desparramada sobre la mesa, estaba su hermana. Vestía una camisa apretada de un blanco pulcro, con una pollera y medias negras. En el suelo; los zapatos de taco alto.
Ni siquiera movió un solo músculo cuando Aiden llegó.
—¿Qué pasó?—dijo Aiden. Ella sostenía su cabeza con la palma de su mano y revolvía su cabello.
—Renuncié —miraba al vacío.
—¡¿Qué?!¿Porqué?—dijo y ella le dedicó una mirada violenta e intensa.
—Dale, como si no supieras.
Soltó su pelo, bufó y se levantó de la mesa recogiendo sus cosas y empezó a subir las escaleras. Aiden quedó descolocado, sin poder atinar a hacer algo más. El hecho de verla vestida tan formal lo desarticuló por completo. Desconocía la razón para ir vestida así para renunciar. No recordaba fecha de haber visto a su hermana con esa mirada tan perdida y la volatilidad con la que respondió.
—Sam...—susurró luego de escuchar el portazo de la pieza de su hermana.
Sus ojos se quisieron convertirse en vidrio y su garganta se cerró. Fue caminando hasta su cuarto y quedó inmóvil cuando abrió la puerta. Todavía con la mano en el picaporte perdió su vista en el suelo.
Ver así a Samantha podría un malestar en todo su ser. Lo deshilachaba hasta reducirlo en un cuerpo inerte. Sintió náuseas y como su estómago se revolvía por lo compungido que se encontraba.
Afuera; un ruido muy fuerte dejó la vecindad en estática.
Aiden llenó sus pulmones de aire y cerró sus ojos.
—Solo está cansada —susurró para sí mismo. Acto seguido, un escalofrío le recorrió el cuerpo entero cuando se dio cuenta lo fácil que le era convencerse a sí mismo.
Ya no importaba la profundidad de la herida de Samantha, él tampoco dedicó una mirada hacia atrás. No tardó demasiado en que todo volviera a ese optimismo dañino y la visión de ese rosa gastado e irreal.
Pensó en que si era necesario, jamás quería volver el rostro de su hermana. Nada que lo haga cambiar de opinión.
Relajó su espalda en la silla y simplemente fue un día más. Miércoles.