Los párpados se habían tornado
violáceos e hinchados. Era cerca del mediodía.
Aiden había vuelto a quedarse dormido en su viaje al trabajo. No terminaba de ser una costumbre, pero se estaba convirtiendo en una especie de celebridad entre los choferes. La mayoría de estos mostraba su lado amable, eran condescendientes y sonreían al lento accionar y los bostezos de Aiden. Habían logrado cierta relación, en esas cuatro o cinco frases que se cruzaban. El de pasos somnolientos conocía puntualmente a uno y lo saludaba siempre cuando se cruzaban. Se le animaba a tirar algún comentario chistoso sobre la falta de sueño y el stress, pero casualmente era el que mejor lo trataba; no le cobraba el boleto de vuelta y le compartía mate. Sin embargo, no era capaz de recordar el nombre. Su memoria se había deteriorado muchísimo con el insomnio.
Caminaba los últimos pasos para llegar al edificio y antes de que se abriese la puerta entendió a la hora que estaba llegando. Se quedó helado frente al sensor que abría la entrada y, antes de que se cerrara, entró con la cabeza gacha.
—Odio esto—susurró.
Su corazón latía incómodo pensando en las excusas que tendría que inventar. Pero su cabeza se mantenía amasando la idea de porqué el sueño llegaba siempre una vez que se alejaba de la casa.
No es real se decía. ¿Y Samanta? retrucaba la ínfima voz que siempre revolvía pensamientos dentro de su ser. A lo sumo será el colchón, la re concha de tu madre gritó en silencio. Como si fuera un duende ahuyentado por los insultos, la voz no habló más y Aiden sonrió. Había adquirido un gusto por lo hegemónico y la armonía. Números pares y redondos. Relaciones de acordes Quinto-Primero. Tensiones que no se resolvían, fuera.
Se escabulló por los pasillos y subió por las escaleras que nadie usaba. A unos pasos de lograr el crimen perfecto, un joven lo increpó. Era un rostro nuevo, jamás lo había cruzado en ningún lado. La inexperiencia se sintió antes de que abriera la boca. Titubeó y finalmente levantó la vista para cruzarse con la mirada cansada de Aiden.
—Bec-Bicher? —dijo cometiendo el error típico pronunciando el apellido.
—Becher, con e. Si... ¿qué pasa?
—Héctor me dijo que te llamara —dijo con la misma dignidad que tendría un siervo del siglo XII.
El hermano de Samanta infló su pecho y procuró controlarse. La primera cosa que se le vino a la cabeza fue que lo rajaban. No era una teoría muy loca. Había entrado hace unos años por contactos y estaba en un puesto inventado. No se desempañaba para nada mal. Había ganado la confianza de sus pares siempre siendo eficaz. Lo que había entrado como un supuesto apéndice molesto había terminado como un órgano funcional. Creía que estaba todo… ¿bastante bien? El insomnio le impedía testificar como correspondía. No tenía muchos datos, pero si la sensación de que seguía siendo útil.
Se fue con la cabeza entre los hombros, de nuevo, e insultando entre dientes la actitud tan subordinada de aquel. No quiso dramas y una vez frente a la oficina, manoteó el picaporte, sin tocar.
—Hector, me llamaste —dijo aclarándose la garganta después de cerrar la puerta sobre sus pasos.
Su autoridad se puso de pie en un movimiento brusco y repentino. Había abierto la boca para recriminarle modales además de la falta de puntualidad en el trabajo. Ya tenía el aire en su pecho para darle forma de palabras; severas y claras. En su mente ya se habían modelado las oraciones exactas para expresar el descontento pero, en el mismo movimiento en el que se paró, su cabeza tardó en completar el recorrido. Vio sus zapatos deslucidos, el pantalón de gabardina y la camisa blanca aceptablemente desprolija hasta llegar a su cara pálida. Sus ojos parecían galaxias de color violeta que gravitaban en el rostro. El blanco de su piel se corrompía de esa pigmentación dando como resultado una piel enferma, rota. La primera palabra que se le vino fue peste. Peste bubónica, negra. Fiebre, cansancio y muerte. No tardó ni medio segundo en recordar quién era Aiden.
Su postura que quiso ser imponente desinfló el pecho y apoyó una mano en el escritorio.
—Si… te llamé — dijo suspirando — quería saber qué excusa, qué…
Se tapó la cara y no lo miró.
—Perdoname. No estoy en condición de exigirte nada. Mirá como estás y yo queriendo que llegues a tiempo.
—No no, tenés razón. Estoy llegando tarde… no estoy durmiendo muy bien. Pero se va a arreglar. No me gusta que me pongan en una caja de cristal por boludeces.
—No Aiden, no es ninguna caja de cristal—dijo sacudiendo la cabeza, recordando algo— La puta madre, me doy vergüenza como persona. Trabajé con tu viejo mucho tiempo y jamás pregunté nada. Fui al velorio y después nunca te sugerí si necesitabas algo, como estabas. Insisto en que me perdones.
—Está bien, no te hagas drama. Yo nunca pedí nada. Estoy bien, ya va a pasar.
—Aunque no lo pidas son cosas a las que yo tengo que reaccionar.
Héctor dejó de mirar un punto infinito en la pared y ahora con las dos manos sobre el escritorio lo miró.
—No sé cómo me pasan estas cosas. O cómo las dejo pasar. Capaz siempre estás detrás de la computadora, o no coincidimos en horarios… pero no, no dejan de ser excusas —dijo suspirando, en un tono afligido que jamás había escuchado en él —¿Cuánto tiempo pasó ya?
—¿Del accidente? —dijo, un poco perdido en la situación —Cuatro meses.
—¿Cuatro meses? —dijo al aire y estiró su cara con la punta de sus dedos.
Aiden no estaba del todo seguro cómo reaccionar. Consideraba un hecho de que salía de esa oficina como otro desempleado.
—Mirá, anda a casa y volvé el lunes. Tomate las libertades que consideres de ahora en más.
—No me parece justo tener estos… “beneficios” —dijo tomándose el codo.
—No, haceme caso. Quiero retribuírtelo de alguna manera. La gente se toma semanas por una fiebre y vos no te tomaste un puto día. No sé si sabés, yo también perdí a mis viejos ya. Entonces no se puede tener tan poca empatía, viejo. Es increíble cómo me está alienando esto —dijo tomándose las sienes.
—¿Esto? —dijo Aiden
—Nada, nada. Escuchá, justo había noticias también. El lunes llega gente nueva. Se venía barajando hace bastante la chance de que se armen grupos de trabajos. Puede ser interesante dejar de estar atrás del monitor todo el día.
—Héctor, te agradezco todo, pero no-
—Dejá de romper las bolas Aiden ¿Vos laburas los sábados?
—Si.
—Bueno, no vengas más.
—¿Seguro?
—Si. Quédate de lunes a viernes. Después vemos qué carajo hacemos. Ahora anda a casa y tratá de dormir. Si pasa algo, consultame. No dudes, eh.
Personas nuevas.
Reconoció como se había perdido el tacto con la gente del laburo. Se miró las manos y pensó en cuan ridículo era existir.
Pasos diminutos y tímidos lo guiaron hacia la puerta. Ni un adiós. Pero una necesidad imperiosa surgió cuando tocó el bronce del picaporte.
—Ah, Héctor, ¿quién es el pibe este que me llamó?
—Es Camilo, lo contraté de asistente para coordinar mejor esta etapa que se viene. Yo también tuve teniendo meses… raros como poco y quiero mejorar como responsable de esto. ¿Por?
—No, nada. Preguntaba nomás —dijo ya con media parte del cuerpo fuera de la oficina.
—Parece alguien muy dispuesto … es un buen pibe.
Aiden cerró lo más rápido que pudo, cómo queriendo que el eco de la última frase se encerrara en la habitación. No se le ocurría una oración más insípida y ambigua.
Los cementerios estaban llenos de buenos pibes. Todas las lápidas juraban que guardaban los restos de humanos ejemplares. Sin pecados y sin errores. Gente que iba a ser extrañada y recordada, a lo largo de las generaciones. Mucho más efímeras eran las flores que decoraban el nicho. Aiden pensó que él quería ser como ellas, que todos tenían que seguir su ejemplo. No le gustaba la idea de que se talle en piedra eterna frases sobre lo que no fuimos. Le hacía mucho ruido que la gente escondiera sus pecados y se los llevara a la tumba. Que no aceptara que vamos a ser olvidados. ¿Dónde enterraban a la mala gente? ¿Había cementerios para ellos? ¿Qué decían las placas de los abusadores? ¿Quién carajo se dedica a un negocio tan mórbido como hacer las placas? ¿Quiénes se creen para resumir nuestras vidas en tres renglones?
Pensó que quizás la gente mala no tenía una lápida ni una promesa.
Pensó de nuevo que prefería ser las flores o la ceniza. Y recordó que todavía no había visitado la tumba de sus padres.
¿Los extrañaba? La chapa del sepulcro decía que sí.
Pero tenían fama de mentirosas.
Aiden había vuelto a quedarse dormido en su viaje al trabajo. No terminaba de ser una costumbre, pero se estaba convirtiendo en una especie de celebridad entre los choferes. La mayoría de estos mostraba su lado amable, eran condescendientes y sonreían al lento accionar y los bostezos de Aiden. Habían logrado cierta relación, en esas cuatro o cinco frases que se cruzaban. El de pasos somnolientos conocía puntualmente a uno y lo saludaba siempre cuando se cruzaban. Se le animaba a tirar algún comentario chistoso sobre la falta de sueño y el stress, pero casualmente era el que mejor lo trataba; no le cobraba el boleto de vuelta y le compartía mate. Sin embargo, no era capaz de recordar el nombre. Su memoria se había deteriorado muchísimo con el insomnio.
Caminaba los últimos pasos para llegar al edificio y antes de que se abriese la puerta entendió a la hora que estaba llegando. Se quedó helado frente al sensor que abría la entrada y, antes de que se cerrara, entró con la cabeza gacha.
—Odio esto—susurró.
Su corazón latía incómodo pensando en las excusas que tendría que inventar. Pero su cabeza se mantenía amasando la idea de porqué el sueño llegaba siempre una vez que se alejaba de la casa.
No es real se decía. ¿Y Samanta? retrucaba la ínfima voz que siempre revolvía pensamientos dentro de su ser. A lo sumo será el colchón, la re concha de tu madre gritó en silencio. Como si fuera un duende ahuyentado por los insultos, la voz no habló más y Aiden sonrió. Había adquirido un gusto por lo hegemónico y la armonía. Números pares y redondos. Relaciones de acordes Quinto-Primero. Tensiones que no se resolvían, fuera.
Se escabulló por los pasillos y subió por las escaleras que nadie usaba. A unos pasos de lograr el crimen perfecto, un joven lo increpó. Era un rostro nuevo, jamás lo había cruzado en ningún lado. La inexperiencia se sintió antes de que abriera la boca. Titubeó y finalmente levantó la vista para cruzarse con la mirada cansada de Aiden.
—Bec-Bicher? —dijo cometiendo el error típico pronunciando el apellido.
—Becher, con e. Si... ¿qué pasa?
—Héctor me dijo que te llamara —dijo con la misma dignidad que tendría un siervo del siglo XII.
El hermano de Samanta infló su pecho y procuró controlarse. La primera cosa que se le vino a la cabeza fue que lo rajaban. No era una teoría muy loca. Había entrado hace unos años por contactos y estaba en un puesto inventado. No se desempañaba para nada mal. Había ganado la confianza de sus pares siempre siendo eficaz. Lo que había entrado como un supuesto apéndice molesto había terminado como un órgano funcional. Creía que estaba todo… ¿bastante bien? El insomnio le impedía testificar como correspondía. No tenía muchos datos, pero si la sensación de que seguía siendo útil.
Se fue con la cabeza entre los hombros, de nuevo, e insultando entre dientes la actitud tan subordinada de aquel. No quiso dramas y una vez frente a la oficina, manoteó el picaporte, sin tocar.
—Hector, me llamaste —dijo aclarándose la garganta después de cerrar la puerta sobre sus pasos.
Su autoridad se puso de pie en un movimiento brusco y repentino. Había abierto la boca para recriminarle modales además de la falta de puntualidad en el trabajo. Ya tenía el aire en su pecho para darle forma de palabras; severas y claras. En su mente ya se habían modelado las oraciones exactas para expresar el descontento pero, en el mismo movimiento en el que se paró, su cabeza tardó en completar el recorrido. Vio sus zapatos deslucidos, el pantalón de gabardina y la camisa blanca aceptablemente desprolija hasta llegar a su cara pálida. Sus ojos parecían galaxias de color violeta que gravitaban en el rostro. El blanco de su piel se corrompía de esa pigmentación dando como resultado una piel enferma, rota. La primera palabra que se le vino fue peste. Peste bubónica, negra. Fiebre, cansancio y muerte. No tardó ni medio segundo en recordar quién era Aiden.
Su postura que quiso ser imponente desinfló el pecho y apoyó una mano en el escritorio.
—Si… te llamé — dijo suspirando — quería saber qué excusa, qué…
Se tapó la cara y no lo miró.
—Perdoname. No estoy en condición de exigirte nada. Mirá como estás y yo queriendo que llegues a tiempo.
—No no, tenés razón. Estoy llegando tarde… no estoy durmiendo muy bien. Pero se va a arreglar. No me gusta que me pongan en una caja de cristal por boludeces.
—No Aiden, no es ninguna caja de cristal—dijo sacudiendo la cabeza, recordando algo— La puta madre, me doy vergüenza como persona. Trabajé con tu viejo mucho tiempo y jamás pregunté nada. Fui al velorio y después nunca te sugerí si necesitabas algo, como estabas. Insisto en que me perdones.
—Está bien, no te hagas drama. Yo nunca pedí nada. Estoy bien, ya va a pasar.
—Aunque no lo pidas son cosas a las que yo tengo que reaccionar.
Héctor dejó de mirar un punto infinito en la pared y ahora con las dos manos sobre el escritorio lo miró.
—No sé cómo me pasan estas cosas. O cómo las dejo pasar. Capaz siempre estás detrás de la computadora, o no coincidimos en horarios… pero no, no dejan de ser excusas —dijo suspirando, en un tono afligido que jamás había escuchado en él —¿Cuánto tiempo pasó ya?
—¿Del accidente? —dijo, un poco perdido en la situación —Cuatro meses.
—¿Cuatro meses? —dijo al aire y estiró su cara con la punta de sus dedos.
Aiden no estaba del todo seguro cómo reaccionar. Consideraba un hecho de que salía de esa oficina como otro desempleado.
—Mirá, anda a casa y volvé el lunes. Tomate las libertades que consideres de ahora en más.
—No me parece justo tener estos… “beneficios” —dijo tomándose el codo.
—No, haceme caso. Quiero retribuírtelo de alguna manera. La gente se toma semanas por una fiebre y vos no te tomaste un puto día. No sé si sabés, yo también perdí a mis viejos ya. Entonces no se puede tener tan poca empatía, viejo. Es increíble cómo me está alienando esto —dijo tomándose las sienes.
—¿Esto? —dijo Aiden
—Nada, nada. Escuchá, justo había noticias también. El lunes llega gente nueva. Se venía barajando hace bastante la chance de que se armen grupos de trabajos. Puede ser interesante dejar de estar atrás del monitor todo el día.
—Héctor, te agradezco todo, pero no-
—Dejá de romper las bolas Aiden ¿Vos laburas los sábados?
—Si.
—Bueno, no vengas más.
—¿Seguro?
—Si. Quédate de lunes a viernes. Después vemos qué carajo hacemos. Ahora anda a casa y tratá de dormir. Si pasa algo, consultame. No dudes, eh.
Personas nuevas.
Reconoció como se había perdido el tacto con la gente del laburo. Se miró las manos y pensó en cuan ridículo era existir.
Pasos diminutos y tímidos lo guiaron hacia la puerta. Ni un adiós. Pero una necesidad imperiosa surgió cuando tocó el bronce del picaporte.
—Ah, Héctor, ¿quién es el pibe este que me llamó?
—Es Camilo, lo contraté de asistente para coordinar mejor esta etapa que se viene. Yo también tuve teniendo meses… raros como poco y quiero mejorar como responsable de esto. ¿Por?
—No, nada. Preguntaba nomás —dijo ya con media parte del cuerpo fuera de la oficina.
—Parece alguien muy dispuesto … es un buen pibe.
Aiden cerró lo más rápido que pudo, cómo queriendo que el eco de la última frase se encerrara en la habitación. No se le ocurría una oración más insípida y ambigua.
Los cementerios estaban llenos de buenos pibes. Todas las lápidas juraban que guardaban los restos de humanos ejemplares. Sin pecados y sin errores. Gente que iba a ser extrañada y recordada, a lo largo de las generaciones. Mucho más efímeras eran las flores que decoraban el nicho. Aiden pensó que él quería ser como ellas, que todos tenían que seguir su ejemplo. No le gustaba la idea de que se talle en piedra eterna frases sobre lo que no fuimos. Le hacía mucho ruido que la gente escondiera sus pecados y se los llevara a la tumba. Que no aceptara que vamos a ser olvidados. ¿Dónde enterraban a la mala gente? ¿Había cementerios para ellos? ¿Qué decían las placas de los abusadores? ¿Quién carajo se dedica a un negocio tan mórbido como hacer las placas? ¿Quiénes se creen para resumir nuestras vidas en tres renglones?
Pensó que quizás la gente mala no tenía una lápida ni una promesa.
Pensó de nuevo que prefería ser las flores o la ceniza. Y recordó que todavía no había visitado la tumba de sus padres.
¿Los extrañaba? La chapa del sepulcro decía que sí.
Pero tenían fama de mentirosas.