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domingo, 28 de agosto de 2016

Hermanos que no duermen III

Desde la muerte de sus padres, él no era demasiado fanático de salir en los findes de semana. Se le antojaba cuadrado y monótono—inclusive más que su propia rutina—. Pero ese viernes su teléfono sonó a eso de las nueve de la noche y una voz lo convenció de que saliera. Ni siquiera fue la voz, el sentía que esa noche algo iba a ser distinto. Qué algo iba a cambiar.
El salir se había convertido en todo un ritual. Primero pedían una pizza para compartir con ella, miraban la primera parte de las pelis que arrancan a las 22 en la tele y después se entraba a bañar. Abría el agua caliente hasta el tope para llenar todo el baño de vapor, empañando por completo el espejo. Una vez que entraba empezaba a bajar poco a poco la temperatura del agua. Cada segundo era un poco más fría al tacto de su cuerpo, que se llenaba de escalofríos cada vez que pensaba en que había menos de 10 grados afuera. Luego de salir —con el agua completamente congelada— se miraba al espejo para ver cuán mal estaban sus ojeras. Para este punto en su reflejo el veía bolsas enormes colgando de sus párpados, pero esa noche no le importó demasiado. Una parte del ritual se podría decir que era tirarse un desodorante no demasiado prestigioso a modo de perfume. Aunque, terminó prefiriendo por usar su perfume favorito.
Quizás, por un par de horas, realmente las cosas iban a cambiar. Había un aire distinto, que él interpretaba como un aliado. Como un susurro que le daba la palabra justa en cada segundo. Nunca había ido al casino, pero esa noche él sabía que si iría, apostaría el resto de su sueldo al rojo en la ruleta y ganaría. Ganaría aunque todos los pronósticos estén en su contra. Hacía mucho tiempo que no se sentía con la primera y la última palabra. El alfa y el omega. O el cansancio acumulado ya hacía estragos en su lastimada cabeza.
Para sentirse todavía más en una película, su hígado iba a dar pelea como Rocky Balboa. Iba a tener que tomar como una bestia para que le pegase. Nada parecía ser suficiente. Las horas volaban y él no sentía que el alcohol entrara en su sangre. Y necesitaba realmente que eso pasara. La juntada en la casa de su amigo se evaporó en un segundo y, para el otro segundo, él ya estaba en otro planeta. Todo el alcohol había terminado pegando junto. Era consciente de estar viajando en un taxi, o algo así. Hacía frío. Cada vez que salía desabrigado y la temperatura era baja, recordaba la historia de un conocido que había muerto por neumonía por empaparse con champagne y no tener abrigo al volverse caminando a casa. Y para entrar al boliche terminó pasando frío. Mucho frío.
Temblaba como un bebé dejado en la intemperie. Como si nunca hubiera conocido el frío antes.
Una vez adentro, crujió los nudillos. El trabajo estaba apunto de hacerse. Quiero decir, las estrellas lo alumbraban esa noche.

—Eu, vos. Sos vos—dijo sonriendo — No podes ser tan linda, flaca. Siento que vos sos.¿Vos no sentís como que los astros y el cosmos se alinearon? Algo como vos... y yo. —decía tratando que su sonrisa no parecía algo demasiada cercana a la de un violador. El mismo chamuyo barato repartió para las once minas que se cruzó. Quizás había podido robar un beso —como si eso lo fuese a salvar—, pero no tenía demasiada importancia. En un borrón de su memoria terminó apareciendo en un taxi, solo, volviendo a su casa. Llevó sus manos hasta los ojos y apretó sus ojos para no llorar. Entendió de repente que su noche de la suerte se había esfumado y al volver a casa todo se iba a repetir. Iba a meterse en su cama y taparse hasta la nariz, pero daría vueltas hasta las seis y media de la mañana. Quizás por lo borracho que estaba su cuerpo le iba a dejar dormir unos minutos más. Sabía que no había chances que durmiera más de tres horas. Y en el amanecer se iba a sentir como si un camión lo hubiera pasado por arriba. Por ese lado también se resistía a dormir, odiaba despertarse. Cuando llegara a su cama y diera mil vueltas, se pondría a pensar en cuán perfecto sería el humano si no necesitara dormir. Siempre atento, incansable. Sin embargo, recordaba cada despertar y se maldecía por no poder dormir como una persona común.
Y había un detalle que lo atormentaba aun más. Cuándo miró la hora y vio que eran las cinco supo que su hermana iba a estar ahí. Despierta al igual que él, frente a una pantalla, deseando con cada centímetro de su cuerpo dormirse. Y en ese momento terminó de entender que no había escapatoria. Era un ciclo.  Él y su hermana, atrapados en una especie de laberinto llamado vida cotidiana. Ignorando la presión que ejercían la punta de los dedos en sus ojos, estos empezaron a llorar desconsoladamente casi al mismo tiempo que revisaba la billetera para pagar el taxi, y le daba hasta el último centavo que tenía.
Hacía mucho tiempo que el dinero no le parecía más que un papel con la cara de expresidentes, pero se sintió inclusive más desesperanzado—si era posible— al ver la billetera vacía. Abrió la puerta de entrada y fue corriendo hasta el comedor. La débil luz del monitor reflejada en la pared fue demasiado. Ver a su hermana despierta con los ojos de par en par, mirando un capítulo viejo de Dr. House fue demasiado. Hasta ese día él no había conocido exactamente lo que significaba un nudo en la garganta. Sintió que su voz se quebraba y no era posible de respirar. Lloraba y no podía poner en palabras porqué. Y cada vez que levantaba su mirada para encontrarse con su hermana al lado en un rictus de confusión, todo era inclusive peor.

—¿Qué pasa?—balbuceaba ella, empezando a contagiarse de las lágrimas.Él quería hablar, pero no era posible modular una sola palabra.

No sabía hasta que punto alguien podía llorar. Por un momento sintió que iba a morir de tanto llorar o que el nudo en su garganta finalmente lo mató por no dejar pasar un sólo centímetro cúbico de aire a sus pulmones. Él ya no era capaz de medir el tiempo, pero en un momento su pecho se abrió para poder balbucear las primeras palabras. Ella no entendió, y se asustó más, rompiendo completamente en llanto ahora.

—¿Qué pasa boludo?—gritaba llorando, totalmente desesperada mientras le agarraba los brazos.
—E-esto es una mierda—alcanzó a modular—... no tenemos como carajo salir de acá.
—¿Salir de dónde?—preguntó haciéndose la que no entendía que pasaba.
—No podemos seguir viviendo durmiendo dos horas por día.—dijo a punto de volver a quebrarse.