Desde la muerte de sus padres, él no era demasiado fanático de
salir en los findes de semana. Se le antojaba cuadrado y monótono—inclusive más
que su propia rutina—. Pero ese viernes su teléfono sonó a eso de las nueve de
la noche y una voz lo convenció de que saliera. Ni siquiera fue la
voz, el sentía que esa noche algo iba a ser distinto. Qué algo iba a cambiar.
El salir se había convertido en todo un ritual. Primero pedían una
pizza para compartir con ella, miraban la primera parte de las pelis que
arrancan a las 22 en la tele y después se entraba a bañar. Abría el agua
caliente hasta el tope para llenar todo el baño de vapor, empañando por completo el espejo. Una vez que entraba
empezaba a bajar poco a poco la temperatura del agua. Cada segundo era un poco
más fría al tacto de su cuerpo, que se llenaba de escalofríos cada vez que
pensaba en que había menos de 10 grados afuera. Luego de salir —con el agua
completamente congelada— se miraba al espejo para ver cuán mal estaban sus
ojeras. Para este punto en su reflejo el veía bolsas enormes colgando de sus
párpados, pero esa noche no le importó demasiado. Una parte del ritual se
podría decir que era tirarse un desodorante no demasiado prestigioso a modo de
perfume. Aunque, terminó prefiriendo por usar su perfume favorito.
Quizás, por un par de horas, realmente las cosas iban a cambiar.
Había un aire distinto, que él interpretaba como un aliado. Como un susurro que
le daba la palabra justa en cada segundo. Nunca había ido al casino, pero esa
noche él sabía que si iría, apostaría el resto de su sueldo al rojo en la
ruleta y ganaría. Ganaría aunque todos los pronósticos estén en su contra. Hacía mucho tiempo que no se sentía con la primera y la última palabra. El alfa y el
omega. O el cansancio acumulado ya hacía estragos en su lastimada cabeza.
Para sentirse todavía más en una película, su hígado iba a dar
pelea como Rocky Balboa. Iba a tener que tomar como una bestia para que le
pegase. Nada parecía ser suficiente. Las horas volaban y él no sentía que el
alcohol entrara en su sangre. Y necesitaba realmente que eso pasara. La juntada
en la casa de su amigo se evaporó en un segundo y, para el otro segundo, él ya
estaba en otro planeta. Todo el alcohol había terminado pegando junto. Era
consciente de estar viajando en un taxi, o algo así. Hacía frío. Cada vez que
salía desabrigado y la temperatura era baja, recordaba la historia de un
conocido que había muerto por neumonía por empaparse con champagne y no tener
abrigo al volverse caminando a casa. Y para entrar al boliche terminó pasando
frío. Mucho frío.
Temblaba como un bebé dejado en la intemperie. Como si nunca
hubiera conocido el frío antes.
Una vez adentro, crujió los nudillos. El trabajo estaba apunto de
hacerse. Quiero decir, las estrellas lo alumbraban esa noche.
—Eu, vos. Sos vos—dijo sonriendo — No podes ser tan linda, flaca.
Siento que vos sos.¿Vos no sentís como que los astros y el cosmos se alinearon?
Algo como vos... y yo. —decía tratando que su sonrisa no parecía algo demasiada cercana a la de un violador. El mismo chamuyo barato repartió para las once minas que se
cruzó. Quizás había podido robar un beso —como si eso lo fuese a salvar—, pero
no tenía demasiada importancia. En un borrón de su memoria terminó apareciendo
en un taxi, solo, volviendo a su casa. Llevó sus manos hasta los ojos y apretó
sus ojos para no llorar. Entendió de repente que su noche de la suerte se había
esfumado y al volver a casa todo se iba a repetir. Iba a
meterse en su cama y taparse hasta la nariz, pero daría vueltas hasta las seis
y media de la mañana. Quizás por lo borracho que estaba su cuerpo le iba a
dejar dormir unos minutos más. Sabía que no había chances que durmiera más
de tres horas. Y en el amanecer se iba a sentir como si un camión lo hubiera
pasado por arriba. Por ese lado también se resistía a dormir, odiaba despertarse. Cuando llegara a
su cama y diera mil vueltas, se pondría a pensar en cuán perfecto sería el
humano si no necesitara dormir. Siempre atento, incansable. Sin embargo,
recordaba cada despertar y se maldecía por no poder dormir como una persona
común.
Y había un detalle que lo atormentaba aun más. Cuándo miró la
hora y vio que eran las cinco supo que su hermana iba a estar ahí. Despierta al
igual que él, frente a una pantalla, deseando con cada centímetro de su cuerpo
dormirse. Y en ese momento terminó de entender que no había escapatoria. Era un ciclo.
Él y su hermana, atrapados en una especie de laberinto llamado vida
cotidiana. Ignorando la presión que ejercían la punta de los dedos en sus ojos, estos
empezaron a llorar desconsoladamente casi al mismo tiempo que revisaba la
billetera para pagar el taxi, y le daba hasta el último centavo que tenía.
Hacía mucho tiempo que el dinero no le parecía más que un papel
con la cara de expresidentes, pero se sintió inclusive más desesperanzado—si
era posible— al ver la billetera vacía. Abrió la puerta de entrada y fue corriendo hasta el comedor. La
débil luz del monitor reflejada en la pared fue demasiado. Ver a su hermana
despierta con los ojos de par en par, mirando un capítulo viejo de Dr. House
fue demasiado. Hasta ese día él no había conocido exactamente lo que
significaba un nudo en la garganta. Sintió que su voz se quebraba y no era
posible de respirar. Lloraba y no podía poner en palabras porqué. Y cada vez
que levantaba su mirada para encontrarse con su hermana al lado en un rictus de
confusión, todo era inclusive peor.
—¿Qué pasa?—balbuceaba ella, empezando a contagiarse de las
lágrimas.Él quería hablar, pero no era posible modular una sola palabra.
No sabía hasta que punto alguien podía llorar. Por un momento
sintió que iba a morir de tanto llorar o que el nudo en su garganta finalmente
lo mató por no dejar pasar un sólo centímetro cúbico de aire a sus pulmones. Él
ya no era capaz de medir el tiempo, pero en un momento su pecho se abrió para
poder balbucear las primeras palabras. Ella no entendió, y se asustó más,
rompiendo completamente en llanto ahora.
—¿Qué pasa boludo?—gritaba llorando, totalmente desesperada
mientras le agarraba los brazos.
—E-esto es una mierda—alcanzó a modular—... no tenemos como carajo
salir de acá.
—¿Salir de dónde?—preguntó haciéndose la que no entendía que
pasaba.
—No podemos seguir viviendo durmiendo dos horas por día.—dijo a
punto de volver a quebrarse.
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