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miércoles, 30 de noviembre de 2016

Hermanos que no duermen VIII Espejismos I

Solo por la coordinación que se puede lograr por compartir la misma sangre, los espejismos llegaron el mismo día para los dos. Casi a la misma hora. Parecía que los mismos hilos invisibles que los unían en el insomnio ahora se movían para que empezaran a ver cosas que no eran reales. Cosas que no estaban ahí.  El mundo se distorsionaba bajo sus narices y no había nada que ellos pudieran hacer.

El primer espejismo lo tuvo él.

La semana empezaba con una retirada temporal del frío. Estaba lejos de parecer primavera, pero eran los primeros signos que el calor irremediablemente iba a llegar en un futuro cercano.
Él recordaba muy bien las fechas de las cosas. Perdía mucho tiempo pensando en efemérides del día que era. En un par de meses se cumpliría un año del accidente. Lo venía asustando un poco el paso del tiempo, a pesar de haber pasado casi todo el año en un infierno de ritmo lento. Porque mirar el techo no era vivir. El tiempo significa movimiento y las cosas estaban estáticas desde hacía mucho tiempo y, a pesar de las expectativas, nada cambiaba demasiado.
Estaba esperando en la parada del micro. Estiró la cabeza para ver si estaba viniendo alguno. Vio el cartel con luces verdes en la parada anterior, y escuchó el ruido agudo de los frenos viejos. Se quedó mirando el cartel de la línea de micros y luego a la gente subiendo. Volvió a la vereda y se distrajo por unos segundos mirando como las raíces de los árboles habían levantando las baldosas. Las mismas baldosas que lo iban a empapar después de un día de lluvia. No se sentía especialmente cansado, ni ido, pero al voltearse se encontró con la vista de la plazoleta que dividía la avenida. No había ningún micro, ni ninguna otra persona parándolo. Caminó apurado hasta el cordón y volvió a sacar la cabeza. Ahora el panorama era otro y ni siquiera había un auto viniendo en esa dirección. Por arte de magia, el micro de cartel verde había desaparecido.
Meneó la cabeza y se refregó los ojos para volver a ver. El resultado no cambió. Su cabeza se llenó de dudas que empezaban a rebalsarse por todos lados. Abrió la boca para decir algo al aire, buscando la comprensión de algún ser etéreo. Tomó aire e infló su pecho, aunque terminó exhalando todo. Cerró los ojos intentando recordar de manera más precisa lo que había visto. Daba certeza y juraba con el meñique haber visto el cartel verde. Él había visto la gente subirse, e incluso recordaba el color de las prendas del primer pasajero que se subió. Y, por Dios, también había escuchado los frenos. Después de unos cuántos segundos de que su cerebro procesara todo, se acercó a una señora que también estaba esperando el micro. La mujer mayor tenía la vista perdida en los jacarandaes que habían florecido a pesar del frío. Al acercase, él balbuceo una pregunta.
La mujer lo miró fijo y se asustó. Sacudió su cabeza indicando que no sabía a lo que sea que le había preguntado. Él se aclaró la garganta y volvió a preguntar, ahora con elocuencia.

—Disculpá, ¿no vio venir un micro recién? —le preguntó, amable. La señora repitió de manera exacta el movimiento que hizo antes, en esa mezcla de miedo y sorpresa. —Es que no veo de lejos —mintió— y me pareció ver uno.

Como un robot que solo fue diseñado para mover de lado a lado la cabeza, la señora siquiera abrió la boca para emular una palabra. Él bufó y le dio la espalda. No insistió en el asunto, después de todo, hacía ya un tiempo que su mente se cerraba a nueva información que adulterara su frágil mundo de cristal. Él era consciente de lo que hacía, pero ciertamente era más feliz haciendo oídos sordos a la realidad. Se había aferrado una teoría que probaba cada punto de lo que venía pasando. Ya no buscaba en internet remedios caseros ni se preocupaba por el origen del insomnio. Dejó que la corriente lo llevara y lo arrastrara. Y encontró cierto placer en eso. Cualquier cosa que interfiriera con la fluidez de las cosas se ignoraba. Se había auto-convencido que esa era LA manera. No existía ninguna otra alternativa.
Sin embargo, había algo como una pequeña voz, diminuta, que le exigía que despertara. No se podía desprender de todo así como así. Tenía un hilo atado al pie que lo anclaba a la realidad, pero no sabía cuanto tiempo aguantaría.
Su estado actual le permitió tomarse su primer espejismo como algo tan intrascendente como una palabra dicha al viento.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Hermanos que no duermen VII

Apoyó su nuca contra la pared y dejó que su cuerpo se deslizara lentamente hasta el piso. Miró la puerta de vitro cerrada sin hacer más que respirar. Sin parpadear se lamentaba lo difícil que era avanzar. No se sentía muy distinto de estar en una arena movediza. De hecho, parecía que entre más se esforzaba más se hundía. Y eso la volvía loca. El pensamiento era tan implacable que se convenció de que no había que seguir. No había nada más para hacer por ahora. Ella prefería ahogarse en silencio de alguna manera.
Caminó hasta la escalera pasos lentos y pesados. De repente se sintió cansada de todo, como si se hubiera olvidado de lo que motivada que se sentía hasta hacía un rato. No solo había estado motivada, sino ansiosa de que el tiempo pasara. Ahora miraba el reloj, que parecía volverse infinitamente lento, deseando solo que la aguja se moviera. Pero cerró las ventanas y las puertas, abrazó la oscuridad de su cuarto y el tiempo desapareció. No había medida ni unidad capaz de medir las horas en esa pieza. Miró el techo e imaginaba escenas de su vida como si fuera un película.
Ya era Lunes, y nada pasó.


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El frío se había obsesionado con la ciudad. No había manera que la dejara en paz. Se suponía que era primavera, pero a él no le interesaba demasiado. La gente salía con camperas pesadas a la calle todavía y puteaba cada vez que el micro tardaba demasiado.
Era Jueves. La rutina de los hermanos no se había modificado demasiado. De hecho, no había cambiado para nada. Algo llevó a que la hermana sintiera cosas en el estómago después de estar un rato pegada a la estufa. Afuera había nubes y eran cerca de las seis y media de la tarde. Adentro de la casa no había una sola luz prendida; ella estaba completamente a oscuras. Un escenario más que recurrente en los últimos meses.
La sensación en el estómago se volvió bastante más molesta. Sintió que alguien le revolvía la panza desde adentro. No tuvo demasiado tiempo de preocuparse que una necesidad repentina tomó protagonismo en su cabeza. Dejó el calor del comedor ir corriendo por el patio hasta el lavadero. Abrió las puertas de un mueble viejo y encontró lo que buscaba, los álbumes de fotos.
En un golpe de vista dedujo que había más de setenta u ochenta. También supo que iba a ser bastante difícil, y que si no se apuraba se iba a enfermar por el frío.
Ella era la mayor de los dos, por 6 años. Mientras vivía, su madre les había expresado varias veces que ella quiso tener tres hijos.
Los álbumes estaban apilados ahí, envueltos en polvo desde ya hacía muchos años. Imaginaba que nunca nadie se había tomado el tiempo de ordenarlos cronológicamente. Al meter mano en el asunto se encontró con toda una generación de fotos de cuándo ella era apenas una bebé. Las pasaba sin mirar ni pensar en nada; ella sentía que las fotos eran una especie de trampa, como hilos del pasados que nos querían convencer que antes todo era mejor y más brillante. No dio lugar a la nostalgia ni al verse vestida ni en guardapolvo ni en vestidos rosas. No era lo que estaba buscando.
Por más que revolviese, encontraba fotos de su infancia y esporádicamente algunas de la infancia de su hermano. Encontró algunas de él vestido del Zorro y arriba de una escoba con una espada de plástico y rió.
Tiritaba de frío y se impacientaba al no dar con lo que buscaba. Habiendo revisado la tercera decena de álbumes se encontró con el primer álbum de antes que ella naciera. Sin embargo este era demasiado viejo. Sus padres lucían looks de los ochentas y estaban en las fotos con un montón de familiares que ya no estaban —empezando por ellos mismos—.  Estaban de vacaciones en Uruguay y también algunas en otras provincias de Argentina . Había varias álbumes viejos solo dedicados a Navidades y Nocheviejas. Podía contar con los dedos cuántas fotos había de su padre fumando y las que habían la definición de la cámara la hacía inservible, o el mismo flash al rebotar contra alguna superficie brillante arruinaba la nitidez. No tardó demasiado en volver a toparse con álbumes de su infancia y también con fotos bastante recientes. Para cuando el suelo era un mar de fotos desparramadas termino dando con la evidencia que buscaba. La imagen se le hacía surreal, un tanto como actuada. Esa foto tenía cerca de treinta años y parecía que la habían tomado el día anterior. No había ningun otro recuerdo de ese día, sólo aquel recorte de su padre tratando de tapar la cámara con su mano. Y en esa mano tenía un cigarrillo.


Tocó la puerta del cuarto de su hermano, pero no esperó ninguna invitación para pasar. Sin decir nada dejó la foto enfrente de él.

—Es de justo antes que nazca.—le dijo, explicándole. Su hermano se sacó los auriculares, miró la foto y se rascó la cabeza. Quiso dejar que encontrara él mismo la evidencia, pero la ansiedad le pudo más—Ahí, en la mano.
—Las manchas en los dedos eran de verdad —dijo en apenas un susurro.—¿Quién sacó la foto?
—Mamá... supongo.
—¿Qué onda esta ropa? No parece de la época. ¿Y el lugar? Creo que jamás vi ese comedor.
—Papá y mamá vivieron en varios lados antes de llegar acá, capaz vivieron en un depto por un par de semanas y ni ellos se acordaban. Lo que sí, la ropa me parece rarísimo.

Cruzaron las miradas buscando respuestas. Los dos conocían muy bien los álbumes de fotos. Cuándo eran más pequeños, cada vez que se cortaba la luz, encendían unas velas y traían las colecciones para verlas en familia.

—Estoy bastante seguro que nunca vi esta foto.
—¿Y la pose? ¿Estirando la mano para tapar la cámara?
—Sí, no sé. De última se estarían peleando, pero, ¿qué pasa con esto más allá de las manchas de las manos? ¿Qué querés?
—Pensé que te interesaba saber porqué papá había dejado de fumar.
—Sí—volvió a repetir—, ¿eso nomás? —dijo disponiéndose de nuevo frente a la computadora.
—No —se apuró a decir y el caudal de ideas y su lengua se descoordinaron— N-no. Hace bastante que me cuesta pensar con claridad. Y hace bastante que quiero saber que pensás hacer con todo esto.
—Y...—suspiró— no sé. Creo que no falta demasiado para que se termine arreglando solo y en un par de semanas miremos atrás y nos haya parecido una boludez por lo que nos preocupábamos. Eventualmente, si no pasa nada, iremos a un médico que nos recete pastillas y fin del problema.
—¿Le estás restando importancia?—dijo, resignada.
—Todo lo contrario —dijo seguro y conciso, pero mirando la pantalla—, nuestros padres murieron hace poco. Hace demasiado poco tiempo. Por alguna razón lo estamos metabolizando así, sin dormir.
—¿Y por qué no vamos mañana mismo a un médico? ¿No tenés miedo?
—Sabés que no me gustan los médicos, los fármacos, y menos las pastillas que me cuestan un huevo de tragar. No sé, para mí esto se va a arreglar sólo y no te lo estoy diciendo mal. No somos los únicos humanos que no duermen.
—Nunca lo dijiste en voz alta, pero yo sé que vos pensás que todo esto no es por nuestros papás. Qué no hay manera de que un luto dure lo que está durando. —dijo, y su hermano llevó sus manos a su cara,  como si le hubiera golpeado el lugar más sensible.
—Si, pero cambié de opinión. —dijo volviendo a clavar la mirada en la pantalla.
—¿Y? —preguntó levantando sus manos hacia adelante.
—¿Y? —preguntó su hermano irónicamente—, no descubrís América dándote cuenta que la familia era disfuncional.
—¿Y?—volvió a decir ella, buscando más.
—Se murieron y jamás pudimos aclarar nada de lo que pasaba entre nosotros cuatro. Le encuentro sentido a que el luto mute de esta manera. Mirá, en algún momento el cuerpo va a decir basta y vamos a dormir veinte horas corridas.
—¿Vos no sentís que esto pasa por otro lado? Como con la foto.
—¿Qué tiene la foto?
—¿No te parece demasiado retorcido todo el asunto?
—Mmm...—su hermano corrió la vista para encontrarse con la ella, que lo miraba con los brazos cruzados. —No —dijo rebalsado de sinceridad. Clavó sus ojos ahora en los de ella, y el alma de su hermana se sintió apuñalada. Creía que nunca había visto una mirada tan seca y vacía.—, un par de coincidencias raras a lo sumo.

En silencio y herida, dio lentos pasos hacia el comedor que permanecía en oscuridad total.
Ella confirmó que su hermano ahora estaba a la deriva, y solo ella estaba a flote.

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