El primer espejismo lo tuvo él.
La semana empezaba con una retirada temporal del frío. Estaba lejos de parecer primavera, pero eran los primeros signos que el calor irremediablemente iba a llegar en un futuro cercano.
Él recordaba muy bien las fechas de las cosas. Perdía mucho tiempo pensando en efemérides del día que era. En un par de meses se cumpliría un año del accidente. Lo venía asustando un poco el paso del tiempo, a pesar de haber pasado casi todo el año en un infierno de ritmo lento. Porque mirar el techo no era vivir. El tiempo significa movimiento y las cosas estaban estáticas desde hacía mucho tiempo y, a pesar de las expectativas, nada cambiaba demasiado.
Estaba esperando en la parada del micro. Estiró la cabeza para ver si estaba viniendo alguno. Vio el cartel con luces verdes en la parada anterior, y escuchó el ruido agudo de los frenos viejos. Se quedó mirando el cartel de la línea de micros y luego a la gente subiendo. Volvió a la vereda y se distrajo por unos segundos mirando como las raíces de los árboles habían levantando las baldosas. Las mismas baldosas que lo iban a empapar después de un día de lluvia. No se sentía especialmente cansado, ni ido, pero al voltearse se encontró con la vista de la plazoleta que dividía la avenida. No había ningún micro, ni ninguna otra persona parándolo. Caminó apurado hasta el cordón y volvió a sacar la cabeza. Ahora el panorama era otro y ni siquiera había un auto viniendo en esa dirección. Por arte de magia, el micro de cartel verde había desaparecido.
Meneó la cabeza y se refregó los ojos para volver a ver. El resultado no cambió. Su cabeza se llenó de dudas que empezaban a rebalsarse por todos lados. Abrió la boca para decir algo al aire, buscando la comprensión de algún ser etéreo. Tomó aire e infló su pecho, aunque terminó exhalando todo. Cerró los ojos intentando recordar de manera más precisa lo que había visto. Daba certeza y juraba con el meñique haber visto el cartel verde. Él había visto la gente subirse, e incluso recordaba el color de las prendas del primer pasajero que se subió. Y, por Dios, también había escuchado los frenos. Después de unos cuántos segundos de que su cerebro procesara todo, se acercó a una señora que también estaba esperando el micro. La mujer mayor tenía la vista perdida en los jacarandaes que habían florecido a pesar del frío. Al acercase, él balbuceo una pregunta.
La mujer lo miró fijo y se asustó. Sacudió su cabeza indicando que no sabía a lo que sea que le había preguntado. Él se aclaró la garganta y volvió a preguntar, ahora con elocuencia.
—Disculpá, ¿no vio venir un micro recién? —le preguntó, amable. La señora repitió de manera exacta el movimiento que hizo antes, en esa mezcla de miedo y sorpresa. —Es que no veo de lejos —mintió— y me pareció ver uno.
Como un robot que solo fue diseñado para mover de lado a lado la cabeza, la señora siquiera abrió la boca para emular una palabra. Él bufó y le dio la espalda. No insistió en el asunto, después de todo, hacía ya un tiempo que su mente se cerraba a nueva información que adulterara su frágil mundo de cristal. Él era consciente de lo que hacía, pero ciertamente era más feliz haciendo oídos sordos a la realidad. Se había aferrado una teoría que probaba cada punto de lo que venía pasando. Ya no buscaba en internet remedios caseros ni se preocupaba por el origen del insomnio. Dejó que la corriente lo llevara y lo arrastrara. Y encontró cierto placer en eso. Cualquier cosa que interfiriera con la fluidez de las cosas se ignoraba. Se había auto-convencido que esa era LA manera. No existía ninguna otra alternativa.
Sin embargo, había algo como una pequeña voz, diminuta, que le exigía que despertara. No se podía desprender de todo así como así. Tenía un hilo atado al pie que lo anclaba a la realidad, pero no sabía cuanto tiempo aguantaría.
Su estado actual le permitió tomarse su primer espejismo como algo tan intrascendente como una palabra dicha al viento.
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