El taxista bajó el volumen de la radio cuando el estribillo de la canción llegó.
—Anda a saber en quién reencarnará este tipo.
Ella levantó las orejas y despegó su cabeza de la ventana.
—¿Qué dijiste? —le preguntó, algo violenta.
—Qué no sé en quién o que va a reencarnar —le dijo el chofer con la misma soltura que venía hablando.
Samantha achinó los ojos y lo miró confundida. Su cabeza no había estado recolectando datos de lo que él venía diciendo y perdió el hilo conductor de la charla.
—¿Quién va a reencancar? —volvió a preguntar, buscando darle sentido a la conversación.
—El tipo de la radio —dijo señalando a la misma con sus dedos formando una pistola. Ella cerró los ojos escuchó la canción y recordó al famoso artista, que había muerto esa misma madrugada. —No sé bien que vaya a pesar más a la hora del juicio. Hizo muchas cosas bien, pero derrapó en muchas otras.—dijo largando una risita sobre el final.
Ella apenas podía darle una dirección a lo que estaba hablando aquél hombre. La radio, la reencarnación. Miró su billetera y analizó darle doscientos quince pesos para que se callara de una puta vez. Pero recordó que la charla había sido extraña de un primer momento. No le había dado mayor importancia, pero el chofer no hablaba de los tópicos favoritos de los taxistas. De hecho, mantenía un tono humilde y hablaba de temas casi tabú. Lo miró y descomprimió la facha del dueño del auto. Tenía el pelo largo, con algunas entradas. Tenía barba y era bastante flaco. Si, bastante hippie. Le parecía que tendría que estar haciendo malabares y pidiendo monedas a los autos más que manejando uno. Sin embargo, Samantha consideraba que no tenía cara de hippie. Afeitado y de traje se podría traspapelar como algún ministro tranquilamente. Guardó la billetera y meneó la cabeza. Quiso saber que tenía para decir.
—¿Quién lo va a reencarnar?¿Quién lo va a juzgar?
—Dios. Dios padre. —dijo como hecho fáctico. Dos más dos es igual a cuatro.
—No veo que lleves ningún rosario, ni esos perros que mueven la cabeza.
—Son horribles esos perros—rió—. No pasa por los amuletos la fe. Ni siquiera pasa por la fe. Es cuestión de ... criterio. Es el actuar sobre lo que uno considera que está bien y mal. Pero todos trasgredimos nuestras propias normas.
—¿Entonces puedo irme al cielo habiendo hecho todo mal según los ojos del resto de los humanos?
—Por raro que parezca, si. El juicio es individual. Nacemos solos y morimos solos. Y volvemos a nacer.
—Dios padre. Reencarnación. Elegí una, che.
—No tengo porqué elegir. Que la mayoría de la gente crea cosas distintas de la muerte no signifique que sea la verdadera.
—Yo no soy ninguna Marie Curie, pero ¿cómo sabes todo esto vos?
—Hablé con Dios. Hablo con Dios. —se corrigió.
—¿Y qué te dice?
—Es complicado... porqué yo voy a ser Dios. Me permitieron ver mis vidas pasadas, volver a vivirlas en un segundo.
El taxista mantenía un tono neutro y sereno. Samantha intentaba seguir el juego al mismo tiempo de mantener la calma. Algo le decía que él no mentía, pero también aguantaba la tentación de estallarse de risa por las boludeces que ese tipo estaba escupiendo.
—Me dieron esta vida para prepararme para ser la parte humana de Dios, después de que fallezca.
—¿Ese no era Jesús?
—Cualquiera de nosotros puede ser Jesús. Dios es Trino.
—¿Osea que Jesús murió o va a morir y reencarnar cuando vos mueras?
—No, no—volvió a reír—, Jesús murió hace mucho. Y sí te digo en quién reencarnó te reirías. Dios se compone de tres partes. La parte humana como ya te dije, el espíritu santo y Dios padre. La parte humana es la orgánica, la imperfecta. La que realmente vivió, se equivocó y sufrió. El espíritu santo es casi lo opuesto a la parte humana. Es sólo la bondad, el altruismo. Puro y perfecto. Es difícil de conceptualizar porqué no hay un humano que siquiera se parezca al espíritu santo. Vendría a ser como la teoría y la parte humana la práctica. Dios Padre es como el creador, el ejecutor, el creador propiamente dicho. Pero son uno sólo entre los tres. Vienen a ser como facetas distintas.
—Acá en la próxima tenés que doblar a la izquierda.—le dijo sin querer interrumpir. El taxista asintió y siguió como si nada. —¿Pero cuántas vidas tenemos antes de que dejemos de reencarnar?
—Sí, mirá, es todo un tema. Digamos que Dios Padre no es muy copado a la de hora de revelar los planes. De movida, hasta ahora, no hay lo que se conoce como un cielo o como infierno. Reencarnamos en cosas "mejores" o "peores". Los indios tiene una creencia bastante acertada de como es la cosa.
—¿Indefinidamente? Qué triste. —dijo Sam manteniendo el mismo tono respetuoso.
—Ahí yo tengo mi propia teoría. Estoy bastante seguro que todos vamos a ser la parte humana de Dios en algún momento. Todos van a pasar por el juicio de todos. El problema es que somos bastantes y toma tiempo juzgar a todos. Una vez que cada humano, cada alma haya juzgado a todos, imagino que lo que viene después es lo que conocemos como cielo e infierno.
—Así que milenios de creencias son refutadas por usted, señor... —dijo con un tono un poco irónico ahora.
—Javier, Javier me llamo.
Para ese punto tenía ganas de tirarse al piso a reírse hasta que le doliera el estómago, pero una parte de ella insistía en la posibilidad de que todo esto fuera verdad. Y por pequeña que fuera esa voz, la mantenía es una estado de intranquilidad. Cómo si necesitara más cosas colgando de su espalda.
Samantha le dio un billete de cien y le indicó que se quedara con el cambio. Sacudió la cabeza y respiró profundo antes de salir del taxi en silencio. Dio un portazo y no quiso mirar atrás. Quería olvidar esa cara y toda su historia.
Un sudor frío la empapó mientras intentaba abrir la puerta principal. No entendía qué estaba pasando. Los taxistas hablan de fútbol, no de como van a reencarnar en Dios. Los jefes vienen a la oficina, no mandan hologramas. Las personas duermen de noche, no se quedan mirando el techo con los ojos abiertos de par en par. Se sentía flotando, sin control. Qué todo lo que había aprendido en su vida valía demasiado poco. Ya no podía pensar con claridad, ni separar que era ficción. Su cerebro daba rienda suelta a que la imaginación y la realidad sean uno, y ella, lejos de ser creadora, era una mera espectadora.
Se concentró todo lo que pudo intentando garantizar que el día de la fecha era el que pensaba. Después de hesitar bastante, decidió qué número redondear en el almanaque.
Faltaban un par de semanas para navidad.
miércoles, 28 de diciembre de 2016
sábado, 10 de diciembre de 2016
Hermanos IX Espejismos II
Tan rápido como llegó a su casa se abalanzó sobre el
almanaque que tenían pegado atrás de la puerta de la alacena. Redondeó con
violencia el día de la fecha que era con una lapicera azul. Miró el círculo con
total concentración mientras solo respiraba.
Pasó casi en la misma hora, prácticamente en el mismo
minuto. Ella no sabía de conexiones, o cuerdas invisibles que los unieran, pero
en el mismo instante que sucedió supo que a su hermano le estaba pasando lo
mismo.
Más allá de la posibilidad de cualquier conexión, las
reacciones fueron casi opuestas. Él apenas comprendió lo que pasaba. Eligió no
pensar. Ella entró en una espiral de pánico que no hacía más que crecer entre
más pensaba lo que estaba pasando.
El espejismo tuvo lugar en el trabajo, sentada frente al monitor como cualquier otra
mañana. Tenía una mano en el mouse y con la otra jugaba con su pelo. No había
demasiadas tareas, se dedicaba a perderse en el fondo de pantalla mientras hacía
tiempo hasta que llegara su jefe. No era una persona ansiosa y esa mañana
tampoco sentía algo distinto a pesar del gran anuncio que tenía que hacer. Dejó
reposar su cabeza en la palma de la mano y dejó la pantalla inmóvil. Entró en
un trance por la quietud del momento y el tiempo pareció desvanecerse. Temió
haberse desmayado, pero no fue así. Volteó para ver a unos pocos metros a su
jefe metiéndose entre los pasillos del edificio, con su maletín negro. Caminaba
rápido, pero pudo ver su figura por unos largos dos segundos. Llevaba unos
jeans tradicionales con una camisa blanca a cuadros, con líneas verdes. No
recordaba haberla visto antes, el jefe era más bien de los que repetían las
prendas hasta el punto de parecer un personaje de una serie animada. Se le hizo
que caminaba demasiado rápido y no se molestó en seguirlo. Su camino era
rutinario y ella lo conocía muy bien, dejaba las cosas en su oficina y después
bajaba hasta el buffet para tomar el café cortado. Ella se levantó con
elegancia y cuidado de la silla, como que no queriendo dejar nada fuera de
lugar, y se dirigió al piso de abajo, al pasillo que daba al buffet.
Apoyó la espalda contra la pared y miró al techo en su
espera. Era bastante buena esperando, no se desesperaba con facilidad. Más
cuando sabía que las cosas iban a llegar.
El tiempo pasó y su jefe estaba tardando más de lo que
debía. Llevó sus manos hasta la cadera por unos segundos y luego las deslizo
hasta el bolsillo para sacar el celular. Movió la pantalla con sus dedos de
lado a lado, buscando la aplicación correcta. Unos pocos segundos le bastaron
para revisar todo y quedarse inmóvil mirando ahora el fondo del celular. Guardó
el celular. Se ató los cordones. Y el pelo. Habían pasado ya quince minutos y
algo no cuadraba.
Subió las escaleras y encaró el camino hasta el despacho de
su superior a paso ágil. Empezó a sentir una sensación extraña en el pecho. Una
corazonada, un presentimiento.
Detuvo su marcha justo frente a la puerta, con una mano en
el picaporte. Miró a sus pies y a sus manos. Respiró hondo. Y al exhalar,
sintió que le tocaban el hombro.
—Sami, ¿qué andás haciendo? —le dijo una voz chillona y rápida.
Volteó torpemente y ofreció su mejilla para saludar.
—Nada, venía siguiendo a Victor para decirle algo —dijo
Samantha, con la mirada todavía en el picaporte.
—Ah...—dijo su colega, girando su cabeza un poco hacia el
costado— recién avisó que está con el hijo en el hospital y va a llegar a eso
del mediodía acá.
Un silencio más que incómodo tomó lugar entre ellas. No
hacían más que mirarse sin entender demasiado qué pasaba. Samantha se mojó los
labios para decirle que era imposible, porque había visto pasar a su jefe y
podía describirle hasta como estaba vestido. Abrió la boca pero reculó.
—E-ehhh, bueno, dejá, después se lo digo entonces. Nos
vemos. —dijo dando media vuelta de inmediato.
—Pero avisale por teléfono si es importante.
—No, no, era una boludez. —le negó mientras empezaba a
caminar para cualquier lado.
Samantha caminó con la vista segada. En su cabeza se
reproducía la imagen de su superior con calidad de detalles máxima. Recordaba
las terminaciones de la camisa blanca y verde, la marca de la ropa. Su corazón
empezó a latir más y más fuerte. Su respiración se volvió caótica. Encontró el
baño de mujeres y se encerró en un cubículo dando un portazo. Se sentó en el
inodoro y con sus manos trémulas sacó el celular. Empezó a teclear hasta
encontrar a Victor.
"Che, no venís
hoy?" le envió. Aparecía en línea, y el tick azul no tardó en
mostrarse. Instantes después, el teléfono le hizo saber que su jefe le estaba
escribiendo la respuesta. Cerró los ojos y respiró hasta el último centímetro
cúbico de aire que cabía en su pecho.
"Estoy en el
hospital con el nene hace casi 2 horas, está imposible esto. Antes del mediodía
estoy allá, qué necesitas?" leyó
del teléfono.
Todo el aire que tenía adentro se soltó en un suspiro largo
y profundo. Se llevó las manos al rostro, dejando que la pantalla del celular
caiga de lleno en el piso de cerámica.
—La re putísima concha de todo —dejó salir junto con las
primeras lágrimas.
El insomnio había relativamente sano hasta ese preciso
momento. Sentía que el cansancio y la imposibilidad de descansar eran amenos
comparándolas con lo que acaba de pasar. Pensó en que podía ser un hecho
aislado, pero el mismo sentimiento que le decía que a su hermano le estaba
sucediendo lo mismo le hizo saber que no era así. Ahora la realidad se
desvirtuaba enfrente a sus ojos. Si le ponían un revólver en su cabeza, juraría
que vio a su jefe con aquella camisa. Cualquier polígrafo daría como resultado
que ella no estaba mintiendo, porque realmente lo había visto.
Quería parar de llorar y componerse, pero la situación la
sobrepasaba. Trató de secarse las lágrimas, tomó el celular y fue a buscar sus
cosas. Ni siquiera se molestó en dejar una nota. No dedicó un solo segundo en
mirar atrás.
Ella no quiso esperar un micro a la intemperie y salió hasta
la esquina para buscar parar algún taxi.
Su cabeza entera palpitaba apretando su cráneo. Sentía que
los ojos iban a salirse de sus cuentas. Su pecho latía malherido acompañado de
sus respiraciones cargadas de emociones. Al levantar la vista, se sintió a
contramano del mundo entero. El día estaba teñido en un celeste profundo y el
viento había parado. La gente caminaba tranquila y marcaba un ritmo manso
acorde al día de la semana que era. Todo su entorno parecía estable y sólido.
Casi feliz. Las cosas de repente rebalsaban de color. En su caso, todo
rebalsaba de dolor.
Samantha ya sabía que ella no funcionaba como el resto. No
se consideraba, ni era, alguien demasiado particular. De hecho, podía entrar en
lo que la mayoría de la gente considera normal.
No solo normal en el sentido de que tenía una vida promedio, si no que
cualquiera que la conociera podía pronosticar cual iba a ser el ritmo de su
vida. Casarse a los 30, tener hijos antes de los 35. Terminar de pagar la casa
antes de los 40. Sacar un posgrado cuando los hijos estén en la secundaria.
Como si vivir le fuera una tarea fácil, y que era toda obra de dejarse llevar
por la corriente. La corriente le había planteado una vida solucionada y
aparentemente sin irregularidades. Si pudiera ir al último instante de su vida,
sabría que no iba a estar en el cementerio de La recoleta ni en una zanja
pudriéndose al sol. Su fallecimiento no iba a aparecer en la tele, pero habría
un buen puñado de gente que se lamentaría su ida. Era un camino llano. Plano y
liso. Aunque ella no paraba de derrapar en esa línea recta que parecía la existencia.
Se lamentaba tanto que al resto se le haga tan fácil vivir.
En el fondo, no terminaba de decirse si en realidad era el
camino el que tenía las fallas, o ella era el imán de estas cosas que pasaban.
Siempre pensó que la tragedia de sus padres era algo que cuadraba perfecto en
la teoría de que su vida no podía ser un poco más parecida a la de los demás.
Pero de nuevo, no se decidía si era ella o la existencia misma que se la ponía
de esa manera.
Intentó secarse los ojos una última vez antes de parar al
taxi se acercaba.
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