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miércoles, 28 de diciembre de 2016

Hermanos X Espejismos III

El taxista bajó el volumen de la radio cuando el estribillo de la canción llegó.

—Anda a saber en quién reencarnará este tipo.

Ella levantó las orejas y despegó su cabeza de la ventana.

—¿Qué dijiste? —le preguntó, algo violenta.
—Qué no sé en quién o que va a reencarnar  —le dijo el chofer con la misma soltura que venía hablando.

Samantha achinó los ojos y lo miró confundida. Su cabeza no había estado recolectando datos de lo que él venía diciendo y perdió el hilo conductor de la charla.

—¿Quién va a reencancar? —volvió a preguntar, buscando darle sentido a la conversación.
—El tipo de la radio —dijo señalando a la misma con sus dedos formando una pistola. Ella cerró los ojos escuchó la canción y recordó al famoso artista, que había muerto esa misma madrugada. —No sé bien que vaya a pesar más a la hora del juicio. Hizo muchas cosas bien, pero derrapó en muchas otras.—dijo largando una risita sobre el final.

Ella apenas podía darle una dirección a lo que estaba hablando aquél hombre. La radio, la reencarnación. Miró su billetera y analizó darle doscientos quince pesos para que se callara de una puta vez. Pero recordó que la charla había sido extraña de un primer momento. No le había dado mayor importancia, pero el chofer no hablaba de los tópicos favoritos de los taxistas. De hecho, mantenía un tono humilde y hablaba de temas casi tabú. Lo miró y descomprimió la facha del dueño del auto. Tenía el pelo largo, con algunas entradas. Tenía barba y era bastante flaco. Si, bastante hippie. Le parecía que tendría que estar haciendo malabares y pidiendo monedas a los autos más que manejando uno. Sin embargo, Samantha consideraba que no tenía cara de hippie. Afeitado y de traje se podría traspapelar como algún ministro tranquilamente. Guardó la billetera y meneó la cabeza. Quiso saber que tenía para decir.

—¿Quién lo va a reencarnar?¿Quién lo va a juzgar?
—Dios. Dios padre. —dijo como hecho fáctico. Dos más dos es igual a cuatro.
—No veo que lleves ningún rosario, ni esos perros que mueven la cabeza.
—Son horribles esos perros—rió—. No pasa por los amuletos la fe. Ni siquiera pasa por la fe. Es cuestión de ... criterio. Es el actuar sobre lo que uno considera que está bien y mal. Pero todos trasgredimos nuestras propias normas.
—¿Entonces puedo irme al cielo habiendo hecho todo mal según los ojos del resto de los humanos?
—Por raro que parezca, si. El juicio es individual. Nacemos solos y morimos solos. Y volvemos a nacer.
—Dios padre. Reencarnación. Elegí una, che.
—No tengo porqué elegir. Que la mayoría de la gente crea cosas distintas de la muerte no signifique que sea la verdadera.
—Yo no soy ninguna Marie Curie, pero ¿cómo sabes todo esto vos?
—Hablé con Dios. Hablo con Dios. —se corrigió.
—¿Y qué te dice?
—Es complicado... porqué yo voy a ser Dios. Me permitieron ver mis vidas pasadas, volver a vivirlas en un segundo.

El taxista mantenía un tono neutro y sereno. Samantha intentaba seguir el juego al mismo tiempo de mantener la calma. Algo le decía que él no mentía, pero también aguantaba la tentación de estallarse de risa por las boludeces que ese tipo estaba escupiendo.

—Me dieron esta vida para prepararme para ser la parte humana de Dios, después de que fallezca.
—¿Ese no era Jesús?
—Cualquiera de nosotros puede ser Jesús. Dios es Trino.
—¿Osea que Jesús murió o va a morir y reencarnar cuando vos mueras?
—No, no—volvió a reír—, Jesús murió hace mucho. Y sí te digo en quién reencarnó te reirías. Dios se compone de tres partes. La parte humana como ya te dije, el espíritu santo y Dios padre. La parte humana es la orgánica, la imperfecta. La que realmente vivió, se equivocó y sufrió. El espíritu santo es casi lo opuesto a la parte humana. Es sólo la bondad, el altruismo. Puro y perfecto. Es difícil de conceptualizar porqué no hay un humano que siquiera se parezca al espíritu santo. Vendría a ser como la teoría y la parte humana la práctica. Dios Padre es como el creador, el ejecutor, el creador propiamente dicho. Pero son uno sólo entre los tres. Vienen a ser como facetas distintas.
—Acá en la próxima tenés que doblar a la izquierda.—le dijo sin querer interrumpir. El taxista asintió y siguió como si nada. —¿Pero cuántas vidas tenemos antes de que dejemos de reencarnar?
—Sí, mirá, es todo un tema. Digamos que Dios Padre no es muy copado a la de hora de revelar los planes. De movida, hasta ahora, no hay lo que se conoce como un cielo o como infierno. Reencarnamos en cosas "mejores" o "peores". Los indios tiene una creencia bastante acertada de como es la cosa.
—¿Indefinidamente? Qué triste. —dijo Sam manteniendo el mismo tono respetuoso.
—Ahí yo tengo mi propia teoría. Estoy bastante seguro que todos vamos a ser la parte humana de Dios en algún momento. Todos van a pasar por el juicio de todos. El problema es que somos bastantes y toma tiempo juzgar a todos. Una vez que cada humano, cada alma haya juzgado a todos, imagino que lo que viene después es lo que conocemos como cielo e infierno.
—Así que milenios de creencias son refutadas por usted, señor... —dijo con un tono un poco irónico ahora.
—Javier, Javier me llamo.

Para ese punto tenía ganas de tirarse al piso a reírse hasta que le doliera el estómago, pero una parte de ella insistía en la posibilidad de que todo esto fuera verdad. Y por pequeña que fuera esa voz, la mantenía es una estado de intranquilidad. Cómo si necesitara más cosas colgando de su espalda.
Samantha le dio un billete de cien y le indicó que se quedara con el cambio. Sacudió la cabeza y respiró profundo antes de salir del taxi en silencio. Dio un portazo y no quiso mirar atrás. Quería olvidar esa cara y toda su historia.
Un sudor frío la empapó mientras intentaba abrir la puerta principal. No entendía qué estaba pasando. Los taxistas hablan de fútbol, no de como van a reencarnar en Dios. Los jefes vienen a la oficina, no mandan hologramas. Las personas duermen de noche, no se quedan mirando el techo con los ojos abiertos de par en par. Se sentía flotando, sin control. Qué todo lo que había aprendido en su vida valía demasiado poco. Ya no podía pensar con claridad, ni separar que era ficción. Su cerebro daba rienda suelta a que la imaginación y la realidad sean uno, y ella, lejos de ser creadora, era una mera espectadora.
Se concentró todo lo que pudo intentando garantizar que el día de la fecha era el que pensaba. Después de hesitar bastante, decidió qué número redondear en el almanaque.
Faltaban un par de semanas para navidad.


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