El reloj sonó con un click; evidenció que ya eran las cuatro y
media de la madrugada.
Las noches de invierno habían dejado de ser calladas y tibias. Ya
no habían cuerpos cálidos envueltos en frazadas viejas.
Desde Abril, el tiempo pareció distorsionarse. Tanto él
como ella perdieron la capacidad de contar los minutos y las horas.
Simplemente se les escurrían como la arena en un puño intentando cerrase.
Mientras el mundo dormía, sus luces estaban encendidas. También la
música y los teléfonos. A veces la televisión también se mantenía prendida
indefinidamente. Las noches estaban llenas de pequeños destellos de luz desde
las pantallas y, lo más importante, de ruido.
Dice el refrán que no valoramos lo que tenemos hasta que lo
perdemos, y él intenta formular hipótesis de que por que ya no puede dormir. Se
niega a creer que la muerte de sus padres podía llegar a causar esto. Sin
embargo ella deposita parte de su carga en sus difuntos y, las dos horas que
suele dormir antes de que el despertador suene a las ocho, logra dormir más
tranquila.
Siendo terco, tal vez, él mira la pantalla en blanco, que se
volvió su mejor amiga. Quiere encontrar todas las razones que hay en su cabeza
de porque no puede dejar de dar vueltas en su cama hasta el hartazgo. Con un
par de clicks ya está navegando sobre remedios caseros y brujerías para traer
el sueño de nuevo a su cuarto. Sabe que a la larga va a encontrar la respuesta
correcta y va a venir desde aquella pantalla. Pero también se suele convencer
de cosas para poder lograr un sueño lo más profundo posible, antes de que
desapareciera por completo.
Por qué no había exactamente dolor en él, ni tampoco en ella, no
existía una razón lógica de que las horas de sueño se evaporaran como si nada.
Las experiencias propias les demostraban que entre más dolor había se terminaba
cayendo en sueños tan profundos que los amaneceres parecían más bien
renacimientos.
Él solía ir hasta la cocina y untar casi cualquier cosa con miel.
De alguna manera también se convencía que la dulzura podía curar
todo. Llevaba el pote hasta la mesa del comedor y ahí es cuando solía prender
la televisión. Llevaba tanto tiempo repitiendo las secuencias todas noches que
desde Mayo conocía las programaciones de todos los programas. Incluso ella, que
sólo bajaba de la escalera para buscar comida en la heladera, maso-menos sabía
que de dos y media a cuatro pasan los programas de los evangelistas diciéndote
que tenías que parar de sufrir.
No había diálogo sobre lo que
estaba pasando. Era tan evidente que no querían verlo. Era un elefante en el
living y ambos pensaban que simplemente era parte del decorado, pero que el
otro no podía verlo. Era una soledad de a dos.
La obviedad del asunto descomprimía un poco sus cabezas, aliviando
el hecho de saber que a otro le costaba tanto dormir como a uno. Pero el
consuelo no iba más allá de eso. De vez en cuando cruzaban las miradas y eso
era todo lo que necesitaban saber. Después de todo, eran hermanos.
Cuando se van haciendo las cinco de la madrugada, él se cepilla
los dientes y apunta para la cama. Sabe que con suerte el sueño va a llegar
mágicamente a las seis de la mañana, como solía pasar. Decide apagar todo y
estar inmerso en la oscuridad. Para él, esa transición de oscuridad a sueño
real era una de sus partes favoritas del día. No porque fuera buena, sino que
la relacionaba con poder dormir finalmente aunque sea por dos horas.
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