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jueves, 3 de agosto de 2017

Hermanos XVI


Ese sábado por la tarde, las vecinas habían quedado en merendar algo dulce y ponerse al día. Samanta había estado pensando muchísimo.

—Vení, pasá —le dijo a Francesca indicándole el camino como si no conociera la casa.
—Hacía mil años que no veía el comedor —dijo emocionada—. Y el patio debe estar tan lindo como siempre.
—Si, bueno, no tan así —rió amarga.
—Tu viejo siempre nos dejaba agarrar alguna flor que nos gustara —dijo Francesca sonriendo inconscientemente.

Las persianas y ventanas abiertas, el viento sacudiendo las telarañas del techo, y el sosiego de todo el resto le daban una esencia impropia al lugar. Un golpe de primavera a una vida invernal.

—¿Y el anfitrión? —preguntó en tono tan pícaro que Samanta pensó por un momento que hablaba de Aiden.
—¡Ah, si! El lemon pie, casi me olvido.

     Abrió la heladera y miró a la invitada. Su sonrisa, su aparente inocencia y el aura de dolor que la atravesaba el rostro por la pérdida de Pinki no hacían más que darle a Samanta la sensación de control. Era todo lo que quería: estabilidad. O una sensación que se le pareciera lo suficiente. Le sirvió el postre y se quedó parada.
     El corazón le latía apurado, ella no se sentía cómoda usando personas. Pero estaba dispuesta a casi cualquier cosa con tal de demostrarse que el insomnio era combatible y que su vida podía seguir adelante, sin tantas consecuencias.
     La invitada tomó el plato y lo encaró sin ningún tipo de filtro. Mientras ella devoraba la tarta de limón, la sin sueño no le quitaba los ojos de encima. Pensó en preguntarle sobre el perro, pero se le hacía evidente que no había novedades.

—¿Y? ¿Qué tal? — le preguntó a la vecina.
Muy bueno —respondió concisa, con los ojos muy abiertos.
—Lo trajo mi hermano de la panadería de acá a la vuelta. No sé desde cuando le llama la atención lo dulce —dijo mientras se sentaba.
—¿En qué anda Aiden? —quiso saber Francesca, sin poder ocultar el interés. Samanta entendió que los chusmerios siempre habían sido ciertos.
—¿Bien? Está laburando... creo. —dijo corriendo la mirada.
—¿Sigue en la empresa esa?
—Si, sigue ahí. Hoy escuché que estaba hablando por altavoz con el jefe sobre un proyecto que arrancaba esta semana. Imagino que le está yendo bien.
—¿Imaginas? ¿Qué pasa? —dijo mirando el plato— ¿Me puedo servir más?
—Si, anda y agarra tranquila.

La espero que se volviera a sentar y la observó comiendo.


—No estamos hablando mucho, yo estoy...
—¿Ocupada buscando alguna suplencia? —dijo con la boca media llena, queriendo terminar la oración de Samanta.
—Si —mintió mirándola a los ojos—. Está terminando el año lectivo pero confió en que salga algo interesante.
—Sería tu primer laburo como profesora. Yo agarraría cualquier cosa.
—¿Vos?¿La facultad? —inquirió Samanta.
—No taaaaan bien... —dijo encogiéndose de hombros — pero ahí va.
—¿Seguís en el profesorado de matemática?
—Si, si. Sigo en eso.
—¿Y qué pasó?
—El año pasado bajé un cambio para disfrutar un poco de mi misma. La idea era volver con todo este año, aunque se me hizo demasiado cuesta arriba. Había arrancado bien, motivada, con ritmo, pero antes de mitad de año me re contra colgué. Sino me pongo las pilas voy a perder la regularidad.
—¿En serio? ¡Malísimo! —dijo Samanta muy sorprendida. Se había olvidado lo que eran los problemas del mundo de afuera.
—Si, por eso me mudé al departamento con mamá. Estoy más cerca de la facultad y tengo a alguien con quién hablar cuando llego. En la casa de acá papá no está nunca, siempre de viaje. Hace rato que... nada.
—¿Nada?
—Hace rato que siento que no es mi casa. Como que el barrio no es el lugar donde crecimos. Qué un día me levanté y lo habían cambiado por uno idéntico, pero llevándose todos los recuerdos. Y que después, con el tiempo, aparecieron fachadas nuevas y edificios enormes lo terminaron de desdibujar. No sé, recorrerlo me da mucha tristeza —dijo sorprendiendo todavía más a Samanta, quien se tomó un tiempo antes de responder.
—No estaba esperando que me digas esto.
—¿Qué cosa?
—Que salieras con algo tan... profundo.
—No sé de qué esperabas hablar. Ya me metí de lleno en las dos décadas y además-
—No, no. No es tu culpa —la interrumpió—. Es que verte y hablar, me llevan a otras épocas. Yo hablándote del viaje de egresados y vos de que no sabías a quién invitar a tus quince. Si —suspiró—, otras épocas.

Francesca permaneció en silencio y alejó inconscientemente la cabeza del lado donde estaba su amiga. Samanta se tomó el entrecejo y quiso aclarar las ideas. Quería tener una tarde de charlas sin profundidad, que sirvieran de prueba que todavía era capaz de socializar. Y no le gustaba la sinceridad con la que Francesca le hablaba. Entender los sentimientos de los demás era una tarea titánica en ese estado.

Samanta se saturó de la situación y quiso borrar la incomodidad.

—Acá tenés más torta, ¿por qué no comés más? —dijo soltando una pequeña risita apurada.

Se levantó y fue hasta la alacena a buscar qué más había.

—Por acá debe haber más galletitas seguro —prosiguió mientras revolvía los paquetes de comida.

Nada le parecía adecuado y no encontraba la solución a cambiar el humor de su amiga.

—Sino ahora cuando vuelva Aiden le puedo decir que vaya a buscar helado a la heladeria que queda enfrente del parque.

Francesca se rió sarcástica mirado a Samanta directo a los ojos.

—Ay Sami, parecés tu vieja queriendo llenar los silencios ofreciendo comida.

A la dueña de casa la envolvió un pesar en el estómago que le desfiguró la cara. La miró con un rictus de asco. La vecina se volvió a reir y le restó importancia. Tomó su celular y siguió la charla hablando sobre la chica que le había hecho las uñas.

Samanta se sentó y clavó su mirada en la mesa. ¿No estaba enojada por el comentario anterior? ¿Qué había sido el comentario compárandola con su madre? ¿A dónde estába yendo al conversación? ¿Debía realmente mostrar interés en las uñas ahora, a modo de compensación? ¿Francesca siempre fue así? Sus inseguridades abrumaban su cabeza cansada.


Su amiga seguía monologando sobre sus uñas cuando Aiden cruzó la puerta. 

—Buenas, ¿cómo están? —dijo Aiden con desgano
—Hola Aiden —contestó Francesca, muy efusiva.

Él posó su mano en el hombro de su hermana y percibió que estaba ausente. Pero su atención se desvió al ver que no quedaba ni una porción del lemon pie.

—Sami, ¿podés venir un segundo? Te quiero comentar algo de la aseguradora.

Su hermana suspiró agradecida y se levantó de inmediato. Aiden caminó con pasos pesados y diligentes y Samanta lo siguió. Aiden cerró la puerta tras ella y se le acercó de inmediato

—Escuchame una cosa, ¿qué carajo hacés trayendo gente acá?¿No ves qué es todo un quilombo?

Samanta seguía anulada, mirando la nada. Una angustia profunda crecía en su pecho. 

—¿A qué la traés?¿A que vea nuestras miserías?

Seguía escuchando monólogos sin poder reaccionar. Antes de su amiga, ahora de su hermano.

—Encima traes a esta genocida de ravioles. Un riñón le dejo a la panadera cuando voy a comprar esto y obviamente que a Francesca no el dura ni un round el Lemon Pie. 

Samanta no respondía. Se sentía como un trapo, pero al menos entendía masomenos como reaccionaba Aiden. Lo conocía con y sin insomnio y hacer un espamento por esto era esperable. Casi largó una risita. Pero el desconsuelo de sentirse inútil incluso para mantener una conversación la terminó de superar.

—Perdón, no sé qué estoy haciendo. Me siento mal, agotada. Pensé que hablar con ella me iba a hacer mejor.

Samanta empezó a llorar a medio de la frase. Aiden la miró y negó con la cabeza. Resopló y puso sus manos en la cintura.

—Bueno, no te preocupes, ahora la despacho —dijo Aiden.














miércoles, 5 de julio de 2017

Hermanos XV Espejismos VIII

Los párpados se habían tornado violáceos e hinchados. Era cerca del mediodía.

   Aiden había vuelto a quedarse dormido en su viaje al trabajo. No terminaba de ser una costumbre, pero se estaba convirtiendo en una especie de celebridad entre los choferes. La mayoría de estos mostraba su lado amable, eran condescendientes y sonreían al lento accionar y los bostezos de Aiden. Habían logrado cierta relación, en esas cuatro o cinco frases que se cruzaban. El de pasos somnolientos conocía puntualmente a uno y lo saludaba siempre cuando se cruzaban. Se le animaba a tirar algún comentario chistoso sobre la falta de sueño y el stress, pero casualmente era el que mejor lo trataba; no le cobraba el boleto de vuelta y le compartía mate. Sin embargo, no era capaz de recordar el nombre. Su memoria se había deteriorado muchísimo con el insomnio.

Caminaba los últimos pasos para llegar al edificio y antes de que se abriese la puerta entendió a la hora que estaba llegando. Se quedó helado frente al sensor que abría la entrada y, antes de que se cerrara, entró con la cabeza gacha.

—Odio esto—susurró.

Su corazón latía incómodo pensando en las excusas que tendría que inventar. Pero su cabeza se mantenía amasando la idea de porqué el sueño llegaba siempre una vez que se alejaba de la casa.
No es real se decía. ¿Y Samanta? retrucaba la ínfima voz que siempre revolvía pensamientos dentro de su ser.  A lo sumo será el colchón, la re concha de tu madre gritó en silencio. Como si fuera un duende ahuyentado por los insultos, la voz no habló más y Aiden sonrió. Había adquirido un gusto por lo hegemónico y la armonía. Números pares y redondos. Relaciones de acordes Quinto-Primero. Tensiones que no se resolvían, fuera.

   Se escabulló por los pasillos y subió por las escaleras que nadie usaba. A unos pasos de lograr el crimen perfecto, un joven lo increpó. Era un rostro nuevo, jamás lo había cruzado en ningún lado. La inexperiencia se sintió antes de que abriera la boca. Titubeó y finalmente levantó la vista para cruzarse con la mirada cansada de Aiden.

—Bec-Bicher? —dijo cometiendo el error típico pronunciando el apellido.
—Becher, con e. Si... ¿qué pasa?
—Héctor me dijo que te llamara —dijo con la misma dignidad que tendría un siervo del siglo XII.

El hermano de Samanta infló su pecho y procuró controlarse. La primera cosa que se le vino a la cabeza fue que lo rajaban. No era una teoría muy loca. Había entrado hace unos años por contactos y estaba en un puesto inventado. No se desempañaba para nada mal. Había ganado la confianza de sus pares siempre siendo eficaz. Lo que había entrado como un supuesto apéndice molesto había terminado como un órgano funcional. Creía que estaba todo… ¿bastante bien? El insomnio le impedía testificar como correspondía. No tenía muchos datos, pero si la sensación de que seguía siendo útil.

Se fue con la cabeza entre los hombros, de nuevo, e insultando entre dientes la actitud tan subordinada de aquel.  No quiso dramas y una vez frente a la oficina, manoteó el picaporte, sin tocar.


—Hector, me llamaste —dijo aclarándose la garganta después de cerrar la puerta sobre sus pasos.

Su autoridad se puso de pie en un movimiento brusco y repentino. Había abierto la boca para recriminarle modales además de la falta de puntualidad en el trabajo. Ya tenía el aire en su pecho para darle forma de palabras; severas y claras. En su mente ya se habían modelado las oraciones exactas para expresar el descontento pero, en el mismo movimiento en el que se paró, su cabeza tardó en completar el recorrido. Vio sus zapatos deslucidos, el pantalón de gabardina y la camisa blanca aceptablemente desprolija hasta llegar a su cara pálida. Sus ojos parecían galaxias de color violeta que gravitaban en el rostro. El blanco de su piel se corrompía de esa pigmentación dando como resultado una piel enferma, rota. La primera palabra que se le vino fue peste. Peste bubónica, negra. Fiebre, cansancio y muerte. No tardó ni medio segundo en recordar quién era Aiden.
Su postura que quiso ser imponente desinfló el pecho y apoyó una mano en el escritorio.

—Si… te llamé — dijo suspirando — quería saber qué excusa, qué…

Se tapó la cara y no lo miró.

—Perdoname. No estoy en condición de exigirte nada. Mirá como estás y yo queriendo que llegues a tiempo.
—No no, tenés razón. Estoy llegando tarde… no estoy durmiendo muy bien. Pero se va a arreglar. No me gusta que me pongan en una caja de cristal por boludeces.
—No Aiden, no es ninguna caja de cristal—dijo sacudiendo la cabeza, recordando algo— La puta madre, me doy vergüenza como persona. Trabajé con tu viejo mucho tiempo y jamás pregunté nada. Fui al velorio y después nunca te sugerí si necesitabas algo, como estabas. Insisto en que me perdones.
—Está bien, no te hagas drama. Yo nunca pedí nada. Estoy bien, ya va a pasar.
—Aunque no lo pidas son cosas a las que yo tengo que reaccionar.

Héctor dejó de mirar un punto infinito en la pared y ahora con las dos manos sobre el escritorio lo miró.

—No sé cómo me pasan estas cosas. O cómo las dejo pasar. Capaz siempre estás detrás de la computadora, o no coincidimos en horarios… pero no, no dejan de ser excusas —dijo suspirando, en un tono afligido que jamás había escuchado en él —¿Cuánto tiempo pasó ya?
—¿Del accidente? —dijo, un poco perdido en la situación —Cuatro meses.
—¿Cuatro meses? —dijo al aire y estiró su cara con la punta de sus dedos.

Aiden no estaba del todo seguro cómo reaccionar. Consideraba un hecho de que salía de esa oficina como otro desempleado.

—Mirá, anda a casa y volvé el lunes. Tomate las libertades que consideres de ahora en más.
—No me parece justo tener estos… “beneficios” —dijo tomándose el codo.
—No, haceme caso. Quiero retribuírtelo de alguna manera. La gente se toma semanas por una fiebre y vos no te tomaste un puto día. No sé si sabés, yo también perdí a mis viejos ya. Entonces no se puede tener tan poca empatía, viejo. Es increíble cómo me está alienando esto —dijo tomándose las sienes.
—¿Esto? —dijo Aiden
—Nada, nada. Escuchá, justo había noticias también. El lunes llega gente nueva. Se venía barajando hace bastante la chance de que se armen grupos de trabajos. Puede ser interesante dejar de estar atrás del monitor todo el día.
—Héctor, te agradezco todo, pero no-
—Dejá de romper las bolas Aiden ¿Vos laburas los sábados?
—Si.
—Bueno, no vengas más.
—¿Seguro?
—Si. Quédate de lunes a viernes. Después vemos qué carajo hacemos. Ahora anda a casa y tratá de dormir. Si pasa algo, consultame. No dudes, eh.

Personas nuevas.
Reconoció como se había perdido el tacto con la gente del laburo. Se miró las manos y pensó en cuan ridículo era existir.
    Pasos diminutos y tímidos lo guiaron hacia la puerta. Ni un adiós. Pero una necesidad imperiosa surgió cuando tocó el bronce del picaporte.

—Ah, Héctor, ¿quién es el pibe este que me llamó?
—Es Camilo, lo contraté de asistente para coordinar mejor esta etapa que se viene. Yo también tuve teniendo meses… raros como poco y quiero mejorar como responsable de esto. ¿Por?
—No, nada. Preguntaba nomás —dijo ya con media parte del cuerpo fuera de la oficina.
—Parece alguien muy dispuesto … es un buen pibe.

 Aiden cerró lo más rápido que pudo, cómo queriendo que el eco de la última frase se encerrara en la habitación. No se le ocurría una oración más insípida y ambigua.
    Los cementerios estaban llenos de buenos pibes. Todas las lápidas juraban que guardaban los restos de humanos ejemplares. Sin pecados y sin errores. Gente que iba a ser extrañada y recordada, a lo largo de las generaciones. Mucho más efímeras eran las flores que decoraban el nicho. Aiden pensó que él quería ser como ellas, que todos tenían que seguir su ejemplo. No le gustaba la idea de que se talle en piedra eterna frases sobre lo que no fuimos. Le hacía mucho ruido que la gente escondiera sus pecados y se los llevara a la tumba. Que no aceptara que vamos a ser olvidados. ¿Dónde enterraban a la mala gente? ¿Había cementerios para ellos? ¿Qué decían las placas de los abusadores? ¿Quién carajo se dedica a un negocio tan mórbido como hacer las placas? ¿Quiénes se creen para resumir nuestras vidas en tres renglones?
  Pensó que quizás la gente mala no tenía una lápida ni una promesa.
  Pensó de nuevo que prefería ser las flores o la ceniza. Y recordó que todavía no había visitado la tumba de sus padres.

  ¿Los extrañaba? La chapa del sepulcro decía que sí. 


   Pero tenían fama de mentirosas.
                                                                                     


lunes, 17 de abril de 2017

Hermanos XIV Espejismos VII


    Y tan rápido como pensó en su hermano, casi como tentando a la suerte, la debilidad volvió.

    Su mirada perdida apuñalaba el horizonte. En sus ojos, las cosas lograron una quietud extrema por un segundo, para luego empezar a corromper su imagen.
 El cielo tan celeste se desteñía tomando un color verde agua. Los árboles intercambiaban dos estados de muerte y florecimiento todo el tiempo; aparecían y desaparecían las hojas en el suelo. Del suelo de la calle, parecía empezar a fluir la negra brea, como si se estuviera disolviendo. La gente caminando dejaba su humanidad para transformarse en nada más que líneas grises marcando un contorno. Se convertían en vectores moviéndose, cortándose y amoldándose unos a otros. Samanta buscó por refugio en su morada. Al girar vio como los frentes de las casas se alisaban y formaban un paredón de material estéril. La vecindad se arrodillaba ante la idea de formar un cuadrado de piedra gris.

     Con la puerta de su casa desaparecida y la gente transformándose en aire, sintió pánico. El corazón se le comprimía y latía asustado. Como fuego la sangre salía bombeada del pecho. Sintió las manos frías  y dolor de cabeza. Lucidez, consciencia que derivaba en miedo.
Miró sus pies, que alternativamente se apoyaban sobre la vereda o sobre una alfombra de hojas muertas. Cerró los ojos y solo escuchó el viento. Cerró los ojos y no veía nada más. Pero sentía que todavía todo estaba ahí acechándola. Apretó los ojos muy fuerte y quiso que todo esté en su lugar.
Su vista se despejó del filtro corrompido y las cosas volvieron a ser. El cielo brillaba y las personas eran personas. Corrió hasta dentro de su casa y cerró la puerta de un golpazo. Caminó con pasos inseguros y cortos hasta la cocina. Se llenaba de aire los pulmones y lo exhalaba por la boca. Apoyó una mano sobre la mesa y con la otra se tomó el entrecejo.

—La reputa madre —dijo, con mucho acento en la erre.

      La oscuridad garantizaba de alguna manera la estabilidad. No se atrevía a volver a salir de la casa. El pensarlo le daba escalofríos. Pero afuera estaba la razón de porqué quería oponer resistencia. Si se encerraba por un tiempo indeterminado pensaba que se iba a terminar rindiendo. Su corazón todavía latía apurado, y su modo de pánico la mantenía alerta. Estaba asustada por la vastedad de lo que se le ponía enfrente. Mas de ninguna manera estaba desesperanzada. Había una luz y un sendero. Empinado, angosto e implacable. Pero sendero al fin.


martes, 11 de abril de 2017

Hermanos XIII Espejismos VI


Miraba la gente pasar y el viento le arremolinaba el pelo. Los ganchos en su espalda que parecían arrastrar la angustia se soltaron.
Vestía con un suéter amarillo y unos jeans genéricos. El día parecía invitarla a querer adentrarse en las inagotables posibilidades de la calle.
Hacía veintiséis años que llamaba hogar a ese barrio, a esa cuadra. Pero sentía que era la primera vez que lo veía. No reconocía los árboles floreciendo después de sobrevivir al invierno, ni a las fachadas de las casas vecinas. Hasta los pedazos de cemento sueltos del cordón adquirían cierta poesía.

El primer rostro realmente conocido se cruzó delante de ella. Reaccionó al instante e hizo un saludo.

—Eh, Francesca —dijo—.

Su vecina iba cabizbaja y parecía bastante apurada. Su aspecto era desprolijo e impropio de ella.

—Sam, hacía rato que no te veía —dijo pareciendo querer quedarse hablar e irse al mismo tiempo.
—¿Cómo andas?
—Ehm...¿bien? —suspiró estresada— No, bastante preocupada.
—¿Qué paso?
—Estoy buscando a Pinki desde ayer. Se escapó de casa.
—¿Sí? No sabía nada. Qué mal. Es medio cachorro,  ¿no?
—Tiene poco menos de dos años. No sabe manejarse en la calle y me da bastante miedo eso. No sé ni como se escapó.
—¿No estabas en la casa?´
—No... —dijo cruzando un brazo sobre su vientre, tomándose el codo— me mudé. No por completo, estaba viviendo provisoriamente en otro lado dónde él no podía ir. Venía a visitarlo día por medio.
—No tenía la más puta idea de que te estabas mudando —dijo casi para si misma—. ¿Y desde ayer no está?

Samanta vio el rostro de su vecina y por más afligida que podría estar, debajo de sus ojos había historia.

—Sí, me fui hará hace... no sé, muy pocos días y se ponía muy nervioso cuando me iba. Estaba segura que había cerrado todo.

Francesca clavó su mirada en el suelo y Samanta salió finalmente del pórtico y giró la cabeza en dirección de la casa de su vecina. Vio el cráneo ensangrentado y quiso preguntarle si sabía algo. También recordó que Francesca siempre había tenido un ojo sobre su hermano según las malas lenguas del barrio. Su memoria de insomne le impedía recordar más detalles. Prefirió no indagar más y se despidió de Francesca con un sabor agridulce. La vio alejarse caminando a paso apurado, inmersa en un aura de dolor.

Se paró sobre el borde de la vereda, en una baldosa floja, y empezó a jugar haciendo equilibrio con pies. Respiraba el aire del vendaval que le daba justo en la cara. El cielo claro y limpio que garantizaban casi una vida sin tormentas. Los árboles que presagiaban una primavera que todavía no se sentía, con sus hojas nacientes. Sintió paz. Y más importante que paz, entendió el porqué le daba pelea a esa corriente que insistía en llevársela como prisionera y capturarla bajo el agua hasta que se ahogara. Entendió que no quería ser otra mártir de una enfermedad mental.
Esas palabras textuales fueron en las que pensó. Otra mártir.

Porqué ella sabía el nombre de alguien que sería víctima antes que ella.

Aiden.




sábado, 8 de abril de 2017

Hermanos XII Espejismos V

El celular rebalsaba de luces y notificaciones desde hacía dos días. Samantha no se movía de la cama. Con los ojos secos miraba el techo. La luz se filtraba tímida por la persiana y no había lugar para otro sonido que el de su respiración lenta y triste.
Ella no sabía que era viernes. Ni por casualidad.
Salto de la cama por algún instinto; no había una razón puntual. Se paró y sintió los dolores propios de no haberse movido por casi cuarenta y ocho horas. Caminó hasta el baño y detuvo su mano en el picaporte. Entendió que no iba a poder evitar ver su reflejo en el espejo y su corazón se aceleró. Dudó un segundo sobre qué hacer, pero luego le pareció más que obvio. Al abrir la puerta sus ojos se enceguecieron; la cantidad de luz qué dejaba pasar la claraboya era totalmente desproporcionada a la oscuridad relativa de su cuarto. Se sentó en el inodoro y fue un buen momento para recapacitar sobre como su propio cuerpo se estaba volviendo el enemigo. El insomnio le había arrebatado el ciclo menstrual hacía más de cincuenta días y en su lugar le había dado un malestar constante; enfermedad, debilidad, fragilidad. Su cuerpo era una emboscada.
Estaba determinada a no ver el espejo. Con la mirada clavada en sus pies, dio el paso de distancia que separaba el inodoro del pedazo de vidrio y lo descolgó con asombrosa facilidad. Alcanzó a ver solo un vago reflejo de su torso desnudo que nunca trascendió en su memoria. Apoyó el espejo en el espacio entre el bidet y la ducha.
Se lavó las manos y en lugar de su reflejo se encontró con rectángulos de cerámica blancos con una guarda azul.

Bajó las escaleras y vi como el sol de la mañana le daba una vida impropia al comedor de la casa. Con las persianas abiertas de par en par, la luz solar entibiaba el suelo. Solo mirando el cielo celeste profundo supo que afuera hacía frío y había mucho viento. Fue hasta la cocina para ver el almanaque con fotos de santos y el día lunes {fecha} subrayado, redondeado y recontra destacado con la tinta azul.

—Qué surrealista —susurró para si misma—.

Recordó la historia del taxista y la sombra de Victor. Todavía recordaba con detalle como estaba vestido. No hacía memoria de alguna otra sensación, sea sonido, gusto u olor. Hasta el propio tacto de su piel con su ropa parecía haberse parado. Ella se convirtió en solo vista cuando eso pasó.

Desde ese día, desconfiaba de sus sentidos. Más puntualmente de sus ojos. Se encerraba en su pieza, en la oscuridad porqué era ahí donde no había lugar que viera otra cosa que sombras. De alguna manera, ahí se sentía a salvo. Era su hogar, dentro de su propia casa. El solo salir de su habitación le había producido un cosquilleo histérico en el estómago. Salió de la cocina y vio las migas de las tostadas del desayuno de su hermano sobre la mesa de vidrio.

Empezó a explorar el domicilio como si se tratara de un bosque; con pasos cautelosos y la piel erizada. Dejó atrás el comedor, adentrándose en el hall. Evitaba los espejos, que su madre había colgado a lo largo y ancho de la morada, como si fueran bestias agazapadas entre el decorado. Recorrió cada habitación hasta que la sensación desapareció. Sentía algo bastante parecido a la seguridad y volvió a la cocina para cortar con las horas de ayuno. No le importó demasiado la hora ni la condena social y, mientras el sol estaba lejos del mediodía, encaró su desayuno carnívoro.

No reconocía como propio su cuerpo, ya no sabía como iba a reaccionar a las cosas. Era como una piel nueva, parecida a la anterior, pero gastada y rota. Ver su nueva yo llenaba de ira que le hervía la sangre para luego decantarse en una angustia que se asentaba en su pecho. La última vez que se había visto en el espejo, el miércoles después de renunciar, tuvo el impulso de querer golpear los vidrios con sus manos. Golpearlos y pulverizarlos hasta que la mínima expresión de ese cristal la llenara de cortes. Y que la sangre tibia se deslizara sensualmente hasta caer en el piso azul.
La casa estaba llena de espejos, su madre le gustaba la sensación de espacio y luz que daban. Lejos de simular vastedad, hoy, parecían limitarse a sacarle el velo a los rincones más oscuros.

Subió la escalera con tanta lentitud que parecía que empezaba a reptar por la madera fría.

Samantha odiaba esta versión de ella. No podía llorar, ni pensar. Ella actuaba con sus instintos. Segundos de lucidez le daban esperanza, pero eran efímeros. Se evaporaban.

La corriente se la quería llevar; ella peleaba. Con su cuerpo, mente y alma.
Su voluntad no era implacable.
En esas bocanadas de aire que tenía, mientras se ahogaba, miró qué eran esas luces qué salían del teléfono olvidado. Llamadas perdidas y mensajes. No llegó a sonreír, pero ver que su ausencia causaba algún efecto en el mundo exterior la hizo sentir menos miserable. Antes de que pudiese indagar más, el teléfono se descargó por completo. Bufó pero no le interesó demasiado. Se vistió con lo primero que vío e instintivamente se arregló el pelo.

Caminó hasta la puerta de entrada y miró por la cerradura. ¿Qué hay afuera? se preguntó. Me estoy perdiendo la primavera encerrada.

Giró la llave dos veces y se vio cara a cara con las posibilidades infinitas. Quieta, y todavía a salvo, miró desde el pórtico.

Lejos de un clima primaveral, el día avanzaba hasta la mitad de su vida dando indicios otoñales. Los autos se deslizaban sobre el cemento y había un par de pájaros cantando. Los árboles danzaban al ritmo de la brisa.

—Qué lindo día —dijo, sonriendo—.





lunes, 6 de marzo de 2017

Hermanos XI Espejismos IV

Tenía la cabeza pegada en la ventanilla cuando se quedó dormido por completo.
Al mirar por la ventana se perdía en los paisajes urbanos que se desdibujaban por sus ojos cansados. Hacía rato que veía pequeños destellos que no podía confirmar si eran reales o no, pero el primer espejismo todavía hacía ruido en su cabeza. Tanto ruido como puede hacer una idea que no quiere ser escuchada. Sin lugar para ser, los recuerdos vagaban sin una meta en la cabeza de Aiden. 

No era la primera vez que se dormía tan profundamente que llegaba hasta la última parada del micro y el chofer tenía que ir a despertarlo. A pesar del terrible aspecto por la falta de sueño, vestía bastante bien y la gente solía asociar al insomnio al stress de tener que tomar decisiones importantes. La bolsa de valores, compra de acciones y esas cosas. Su trabajo era en realidad mucho más simple, pero siempre había tenido un buen gusto por la ropa.

—Eh pibe, arriba, que tengo que pegar la vuelta —dijo después de tener que sacudirlo bastante.
—Uh, perdoná —dijo despabilándose.
—¿Vos sos el loco que labura en la torre? ¿El que tiene un nombre raro?
—Sí, soy yo. ¿Me conocen? —el micro era de la misma línea que el del cartel verde que vio desaparecer días antes.
—Sí, la otra vuelta te despertó el tata. Decía que estabas fulminado, pero que te tenía que levantar.
—Así que soy famoso. Dejame pagar el boleto de nuevo para la vuelta.
—¿Hasta dónde vas?
—Acá nomás, no vivo lejos. Me pasé unas cuadras. —dijo y el chofer se rió.
—No sé si tan así eh, justo me tocaba el descanso y dejé el micro acá cargando nafta como media hora.

El chofer le preguntó por su nombre y asintió sin más.

No era la primera, ni iba a ser la última que se pasaba de largo hasta la estación. Generalmente encontraba el sueño volviendo de trabajar mientras volvía en micro, pero tan rápido como llegaba a su parada, se despertaba como si alguien lo llamara. Disfrutaba bastante de esos quince minutos de sueño adicionales que tenía. Eran una ventana de luz en una oscuridad perpetua.
Pensaba lo desgastante del asunto cuando bajó del micro. Todo el asunto, en términos macro. Sentía cada minuto de no haber dormido bien en meses. Realmente sentía la erosión de su bienestar, que se fue amoldando a lo que se le daba. Pero no paraba de tener la sensación de que las cosas se estaban enderezando solas.  Cada día que pasaba; un poco más cerca de la respuesta. Lo mantenía vivo y funcional. Casi olvidando el pasado entero —sus dos décadas— caminaba hacia el futuro por la promesa de los buenos augurios. Con fe ciega, decía que mañana sería mejor. Y pasado mañana todavía más. Veía la vida de color rosa. Era como una tela, consumida por el tiempo y ajada por el sol, que había perdido su sedosidad y era apenas agradable al tacto. Pero era rosa al fin y a cabo.

Abrió la puerta de entrada de la casa y caminó por el hall hasta el comedor. Se respiraba un aire de encierro y denso. Las partículas de polvo se dejaban ver flotando en los rayos de sol que pasaban pidiendo permiso a la persiana. Desparramada sobre la mesa, estaba su hermana. Vestía una camisa apretada de un blanco pulcro, con una pollera y medias negras. En el suelo; los zapatos de taco alto.
Ni siquiera movió un solo músculo cuando Aiden llegó.

—¿Qué pasó?—dijo Aiden.  Ella sostenía su cabeza con la palma de su mano y revolvía su cabello.
—Renuncié —miraba al vacío.
—¡¿Qué?!¿Porqué?—dijo y ella le dedicó una mirada violenta e intensa.
—Dale, como si no supieras.

Soltó su pelo, bufó y se levantó de la mesa recogiendo sus cosas y empezó a subir las escaleras. Aiden quedó descolocado, sin poder atinar a hacer algo más. El hecho de verla vestida tan formal lo desarticuló por completo. Desconocía la razón para ir vestida así para renunciar. No recordaba fecha de haber visto a su hermana con esa mirada tan perdida y la volatilidad con la que respondió.

—Sam...—susurró luego de escuchar el portazo de la pieza de su hermana.

Sus ojos se quisieron convertirse en vidrio y su garganta se cerró. Fue caminando hasta su cuarto y quedó inmóvil cuando abrió la puerta. Todavía con la mano en el picaporte perdió su vista en el suelo.
Ver así a Samantha podría un malestar en todo su ser. Lo deshilachaba hasta reducirlo en un cuerpo inerte. Sintió náuseas y como su estómago se revolvía por lo compungido que se encontraba.
Afuera; un ruido muy fuerte dejó la vecindad en estática.
Aiden llenó sus pulmones de aire y cerró sus ojos.

—Solo está cansada —susurró para sí mismo. Acto seguido, un escalofrío le recorrió el cuerpo entero cuando se dio cuenta lo fácil que le era convencerse a sí mismo.

Ya no importaba la profundidad de la herida de Samantha, él tampoco dedicó una mirada hacia atrás. No tardó demasiado en que todo volviera a ese optimismo dañino y la visión de ese rosa gastado e irreal.

Pensó en que si era necesario, jamás quería volver el rostro de su hermana. Nada que lo haga cambiar de opinión.

Relajó su espalda en la silla y simplemente fue un día más. Miércoles.