martes, 11 de abril de 2017
Hermanos XIII Espejismos VI
Miraba la gente pasar y el viento le arremolinaba el pelo. Los ganchos en su espalda que parecían arrastrar la angustia se soltaron.
Vestía con un suéter amarillo y unos jeans genéricos. El día parecía invitarla a querer adentrarse en las inagotables posibilidades de la calle.
Hacía veintiséis años que llamaba hogar a ese barrio, a esa cuadra. Pero sentía que era la primera vez que lo veía. No reconocía los árboles floreciendo después de sobrevivir al invierno, ni a las fachadas de las casas vecinas. Hasta los pedazos de cemento sueltos del cordón adquirían cierta poesía.
El primer rostro realmente conocido se cruzó delante de ella. Reaccionó al instante e hizo un saludo.
—Eh, Francesca —dijo—.
Su vecina iba cabizbaja y parecía bastante apurada. Su aspecto era desprolijo e impropio de ella.
—Sam, hacía rato que no te veía —dijo pareciendo querer quedarse hablar e irse al mismo tiempo.
—¿Cómo andas?
—Ehm...¿bien? —suspiró estresada— No, bastante preocupada.
—¿Qué paso?
—Estoy buscando a Pinki desde ayer. Se escapó de casa.
—¿Sí? No sabía nada. Qué mal. Es medio cachorro, ¿no?
—Tiene poco menos de dos años. No sabe manejarse en la calle y me da bastante miedo eso. No sé ni como se escapó.
—¿No estabas en la casa?´
—No... —dijo cruzando un brazo sobre su vientre, tomándose el codo— me mudé. No por completo, estaba viviendo provisoriamente en otro lado dónde él no podía ir. Venía a visitarlo día por medio.
—No tenía la más puta idea de que te estabas mudando —dijo casi para si misma—. ¿Y desde ayer no está?
Samanta vio el rostro de su vecina y por más afligida que podría estar, debajo de sus ojos había historia.
—Sí, me fui hará hace... no sé, muy pocos días y se ponía muy nervioso cuando me iba. Estaba segura que había cerrado todo.
Francesca clavó su mirada en el suelo y Samanta salió finalmente del pórtico y giró la cabeza en dirección de la casa de su vecina. Vio el cráneo ensangrentado y quiso preguntarle si sabía algo. También recordó que Francesca siempre había tenido un ojo sobre su hermano según las malas lenguas del barrio. Su memoria de insomne le impedía recordar más detalles. Prefirió no indagar más y se despidió de Francesca con un sabor agridulce. La vio alejarse caminando a paso apurado, inmersa en un aura de dolor.
Se paró sobre el borde de la vereda, en una baldosa floja, y empezó a jugar haciendo equilibrio con pies. Respiraba el aire del vendaval que le daba justo en la cara. El cielo claro y limpio que garantizaban casi una vida sin tormentas. Los árboles que presagiaban una primavera que todavía no se sentía, con sus hojas nacientes. Sintió paz. Y más importante que paz, entendió el porqué le daba pelea a esa corriente que insistía en llevársela como prisionera y capturarla bajo el agua hasta que se ahogara. Entendió que no quería ser otra mártir de una enfermedad mental.
Esas palabras textuales fueron en las que pensó. Otra mártir.
Porqué ella sabía el nombre de alguien que sería víctima antes que ella.
Aiden.
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