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sábado, 8 de abril de 2017

Hermanos XII Espejismos V

El celular rebalsaba de luces y notificaciones desde hacía dos días. Samantha no se movía de la cama. Con los ojos secos miraba el techo. La luz se filtraba tímida por la persiana y no había lugar para otro sonido que el de su respiración lenta y triste.
Ella no sabía que era viernes. Ni por casualidad.
Salto de la cama por algún instinto; no había una razón puntual. Se paró y sintió los dolores propios de no haberse movido por casi cuarenta y ocho horas. Caminó hasta el baño y detuvo su mano en el picaporte. Entendió que no iba a poder evitar ver su reflejo en el espejo y su corazón se aceleró. Dudó un segundo sobre qué hacer, pero luego le pareció más que obvio. Al abrir la puerta sus ojos se enceguecieron; la cantidad de luz qué dejaba pasar la claraboya era totalmente desproporcionada a la oscuridad relativa de su cuarto. Se sentó en el inodoro y fue un buen momento para recapacitar sobre como su propio cuerpo se estaba volviendo el enemigo. El insomnio le había arrebatado el ciclo menstrual hacía más de cincuenta días y en su lugar le había dado un malestar constante; enfermedad, debilidad, fragilidad. Su cuerpo era una emboscada.
Estaba determinada a no ver el espejo. Con la mirada clavada en sus pies, dio el paso de distancia que separaba el inodoro del pedazo de vidrio y lo descolgó con asombrosa facilidad. Alcanzó a ver solo un vago reflejo de su torso desnudo que nunca trascendió en su memoria. Apoyó el espejo en el espacio entre el bidet y la ducha.
Se lavó las manos y en lugar de su reflejo se encontró con rectángulos de cerámica blancos con una guarda azul.

Bajó las escaleras y vi como el sol de la mañana le daba una vida impropia al comedor de la casa. Con las persianas abiertas de par en par, la luz solar entibiaba el suelo. Solo mirando el cielo celeste profundo supo que afuera hacía frío y había mucho viento. Fue hasta la cocina para ver el almanaque con fotos de santos y el día lunes {fecha} subrayado, redondeado y recontra destacado con la tinta azul.

—Qué surrealista —susurró para si misma—.

Recordó la historia del taxista y la sombra de Victor. Todavía recordaba con detalle como estaba vestido. No hacía memoria de alguna otra sensación, sea sonido, gusto u olor. Hasta el propio tacto de su piel con su ropa parecía haberse parado. Ella se convirtió en solo vista cuando eso pasó.

Desde ese día, desconfiaba de sus sentidos. Más puntualmente de sus ojos. Se encerraba en su pieza, en la oscuridad porqué era ahí donde no había lugar que viera otra cosa que sombras. De alguna manera, ahí se sentía a salvo. Era su hogar, dentro de su propia casa. El solo salir de su habitación le había producido un cosquilleo histérico en el estómago. Salió de la cocina y vio las migas de las tostadas del desayuno de su hermano sobre la mesa de vidrio.

Empezó a explorar el domicilio como si se tratara de un bosque; con pasos cautelosos y la piel erizada. Dejó atrás el comedor, adentrándose en el hall. Evitaba los espejos, que su madre había colgado a lo largo y ancho de la morada, como si fueran bestias agazapadas entre el decorado. Recorrió cada habitación hasta que la sensación desapareció. Sentía algo bastante parecido a la seguridad y volvió a la cocina para cortar con las horas de ayuno. No le importó demasiado la hora ni la condena social y, mientras el sol estaba lejos del mediodía, encaró su desayuno carnívoro.

No reconocía como propio su cuerpo, ya no sabía como iba a reaccionar a las cosas. Era como una piel nueva, parecida a la anterior, pero gastada y rota. Ver su nueva yo llenaba de ira que le hervía la sangre para luego decantarse en una angustia que se asentaba en su pecho. La última vez que se había visto en el espejo, el miércoles después de renunciar, tuvo el impulso de querer golpear los vidrios con sus manos. Golpearlos y pulverizarlos hasta que la mínima expresión de ese cristal la llenara de cortes. Y que la sangre tibia se deslizara sensualmente hasta caer en el piso azul.
La casa estaba llena de espejos, su madre le gustaba la sensación de espacio y luz que daban. Lejos de simular vastedad, hoy, parecían limitarse a sacarle el velo a los rincones más oscuros.

Subió la escalera con tanta lentitud que parecía que empezaba a reptar por la madera fría.

Samantha odiaba esta versión de ella. No podía llorar, ni pensar. Ella actuaba con sus instintos. Segundos de lucidez le daban esperanza, pero eran efímeros. Se evaporaban.

La corriente se la quería llevar; ella peleaba. Con su cuerpo, mente y alma.
Su voluntad no era implacable.
En esas bocanadas de aire que tenía, mientras se ahogaba, miró qué eran esas luces qué salían del teléfono olvidado. Llamadas perdidas y mensajes. No llegó a sonreír, pero ver que su ausencia causaba algún efecto en el mundo exterior la hizo sentir menos miserable. Antes de que pudiese indagar más, el teléfono se descargó por completo. Bufó pero no le interesó demasiado. Se vistió con lo primero que vío e instintivamente se arregló el pelo.

Caminó hasta la puerta de entrada y miró por la cerradura. ¿Qué hay afuera? se preguntó. Me estoy perdiendo la primavera encerrada.

Giró la llave dos veces y se vio cara a cara con las posibilidades infinitas. Quieta, y todavía a salvo, miró desde el pórtico.

Lejos de un clima primaveral, el día avanzaba hasta la mitad de su vida dando indicios otoñales. Los autos se deslizaban sobre el cemento y había un par de pájaros cantando. Los árboles danzaban al ritmo de la brisa.

—Qué lindo día —dijo, sonriendo—.





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