lunes, 17 de abril de 2017
Hermanos XIV Espejismos VII
Y tan rápido como pensó en su hermano, casi como tentando a la suerte, la debilidad volvió.
Su mirada perdida apuñalaba el horizonte. En sus ojos, las cosas lograron una quietud extrema por un segundo, para luego empezar a corromper su imagen.
El cielo tan celeste se desteñía tomando un color verde agua. Los árboles intercambiaban dos estados de muerte y florecimiento todo el tiempo; aparecían y desaparecían las hojas en el suelo. Del suelo de la calle, parecía empezar a fluir la negra brea, como si se estuviera disolviendo. La gente caminando dejaba su humanidad para transformarse en nada más que líneas grises marcando un contorno. Se convertían en vectores moviéndose, cortándose y amoldándose unos a otros. Samanta buscó por refugio en su morada. Al girar vio como los frentes de las casas se alisaban y formaban un paredón de material estéril. La vecindad se arrodillaba ante la idea de formar un cuadrado de piedra gris.
Con la puerta de su casa desaparecida y la gente transformándose en aire, sintió pánico. El corazón se le comprimía y latía asustado. Como fuego la sangre salía bombeada del pecho. Sintió las manos frías y dolor de cabeza. Lucidez, consciencia que derivaba en miedo.
Miró sus pies, que alternativamente se apoyaban sobre la vereda o sobre una alfombra de hojas muertas. Cerró los ojos y solo escuchó el viento. Cerró los ojos y no veía nada más. Pero sentía que todavía todo estaba ahí acechándola. Apretó los ojos muy fuerte y quiso que todo esté en su lugar.
Su vista se despejó del filtro corrompido y las cosas volvieron a ser. El cielo brillaba y las personas eran personas. Corrió hasta dentro de su casa y cerró la puerta de un golpazo. Caminó con pasos inseguros y cortos hasta la cocina. Se llenaba de aire los pulmones y lo exhalaba por la boca. Apoyó una mano sobre la mesa y con la otra se tomó el entrecejo.
—La reputa madre —dijo, con mucho acento en la erre.
La oscuridad garantizaba de alguna manera la estabilidad. No se atrevía a volver a salir de la casa. El pensarlo le daba escalofríos. Pero afuera estaba la razón de porqué quería oponer resistencia. Si se encerraba por un tiempo indeterminado pensaba que se iba a terminar rindiendo. Su corazón todavía latía apurado, y su modo de pánico la mantenía alerta. Estaba asustada por la vastedad de lo que se le ponía enfrente. Mas de ninguna manera estaba desesperanzada. Había una luz y un sendero. Empinado, angosto e implacable. Pero sendero al fin.
martes, 11 de abril de 2017
Hermanos XIII Espejismos VI
Miraba la gente pasar y el viento le arremolinaba el pelo. Los ganchos en su espalda que parecían arrastrar la angustia se soltaron.
Vestía con un suéter amarillo y unos jeans genéricos. El día parecía invitarla a querer adentrarse en las inagotables posibilidades de la calle.
Hacía veintiséis años que llamaba hogar a ese barrio, a esa cuadra. Pero sentía que era la primera vez que lo veía. No reconocía los árboles floreciendo después de sobrevivir al invierno, ni a las fachadas de las casas vecinas. Hasta los pedazos de cemento sueltos del cordón adquirían cierta poesía.
El primer rostro realmente conocido se cruzó delante de ella. Reaccionó al instante e hizo un saludo.
—Eh, Francesca —dijo—.
Su vecina iba cabizbaja y parecía bastante apurada. Su aspecto era desprolijo e impropio de ella.
—Sam, hacía rato que no te veía —dijo pareciendo querer quedarse hablar e irse al mismo tiempo.
—¿Cómo andas?
—Ehm...¿bien? —suspiró estresada— No, bastante preocupada.
—¿Qué paso?
—Estoy buscando a Pinki desde ayer. Se escapó de casa.
—¿Sí? No sabía nada. Qué mal. Es medio cachorro, ¿no?
—Tiene poco menos de dos años. No sabe manejarse en la calle y me da bastante miedo eso. No sé ni como se escapó.
—¿No estabas en la casa?´
—No... —dijo cruzando un brazo sobre su vientre, tomándose el codo— me mudé. No por completo, estaba viviendo provisoriamente en otro lado dónde él no podía ir. Venía a visitarlo día por medio.
—No tenía la más puta idea de que te estabas mudando —dijo casi para si misma—. ¿Y desde ayer no está?
Samanta vio el rostro de su vecina y por más afligida que podría estar, debajo de sus ojos había historia.
—Sí, me fui hará hace... no sé, muy pocos días y se ponía muy nervioso cuando me iba. Estaba segura que había cerrado todo.
Francesca clavó su mirada en el suelo y Samanta salió finalmente del pórtico y giró la cabeza en dirección de la casa de su vecina. Vio el cráneo ensangrentado y quiso preguntarle si sabía algo. También recordó que Francesca siempre había tenido un ojo sobre su hermano según las malas lenguas del barrio. Su memoria de insomne le impedía recordar más detalles. Prefirió no indagar más y se despidió de Francesca con un sabor agridulce. La vio alejarse caminando a paso apurado, inmersa en un aura de dolor.
Se paró sobre el borde de la vereda, en una baldosa floja, y empezó a jugar haciendo equilibrio con pies. Respiraba el aire del vendaval que le daba justo en la cara. El cielo claro y limpio que garantizaban casi una vida sin tormentas. Los árboles que presagiaban una primavera que todavía no se sentía, con sus hojas nacientes. Sintió paz. Y más importante que paz, entendió el porqué le daba pelea a esa corriente que insistía en llevársela como prisionera y capturarla bajo el agua hasta que se ahogara. Entendió que no quería ser otra mártir de una enfermedad mental.
Esas palabras textuales fueron en las que pensó. Otra mártir.
Porqué ella sabía el nombre de alguien que sería víctima antes que ella.
Aiden.
sábado, 8 de abril de 2017
Hermanos XII Espejismos V
El celular rebalsaba de luces y notificaciones desde hacía dos días. Samantha no se movía de la cama. Con los ojos secos miraba el techo. La luz se filtraba tímida por la persiana y no había lugar para otro sonido que el de su respiración lenta y triste.
Ella no sabía que era viernes. Ni por casualidad.
Salto de la cama por algún instinto; no había una razón puntual. Se paró y sintió los dolores propios de no haberse movido por casi cuarenta y ocho horas. Caminó hasta el baño y detuvo su mano en el picaporte. Entendió que no iba a poder evitar ver su reflejo en el espejo y su corazón se aceleró. Dudó un segundo sobre qué hacer, pero luego le pareció más que obvio. Al abrir la puerta sus ojos se enceguecieron; la cantidad de luz qué dejaba pasar la claraboya era totalmente desproporcionada a la oscuridad relativa de su cuarto. Se sentó en el inodoro y fue un buen momento para recapacitar sobre como su propio cuerpo se estaba volviendo el enemigo. El insomnio le había arrebatado el ciclo menstrual hacía más de cincuenta días y en su lugar le había dado un malestar constante; enfermedad, debilidad, fragilidad. Su cuerpo era una emboscada.
Estaba determinada a no ver el espejo. Con la mirada clavada en sus pies, dio el paso de distancia que separaba el inodoro del pedazo de vidrio y lo descolgó con asombrosa facilidad. Alcanzó a ver solo un vago reflejo de su torso desnudo que nunca trascendió en su memoria. Apoyó el espejo en el espacio entre el bidet y la ducha.
Se lavó las manos y en lugar de su reflejo se encontró con rectángulos de cerámica blancos con una guarda azul.
Bajó las escaleras y vi como el sol de la mañana le daba una vida impropia al comedor de la casa. Con las persianas abiertas de par en par, la luz solar entibiaba el suelo. Solo mirando el cielo celeste profundo supo que afuera hacía frío y había mucho viento. Fue hasta la cocina para ver el almanaque con fotos de santos y el día lunes {fecha} subrayado, redondeado y recontra destacado con la tinta azul.
—Qué surrealista —susurró para si misma—.
Recordó la historia del taxista y la sombra de Victor. Todavía recordaba con detalle como estaba vestido. No hacía memoria de alguna otra sensación, sea sonido, gusto u olor. Hasta el propio tacto de su piel con su ropa parecía haberse parado. Ella se convirtió en solo vista cuando eso pasó.
Desde ese día, desconfiaba de sus sentidos. Más puntualmente de sus ojos. Se encerraba en su pieza, en la oscuridad porqué era ahí donde no había lugar que viera otra cosa que sombras. De alguna manera, ahí se sentía a salvo. Era su hogar, dentro de su propia casa. El solo salir de su habitación le había producido un cosquilleo histérico en el estómago. Salió de la cocina y vio las migas de las tostadas del desayuno de su hermano sobre la mesa de vidrio.
Empezó a explorar el domicilio como si se tratara de un bosque; con pasos cautelosos y la piel erizada. Dejó atrás el comedor, adentrándose en el hall. Evitaba los espejos, que su madre había colgado a lo largo y ancho de la morada, como si fueran bestias agazapadas entre el decorado. Recorrió cada habitación hasta que la sensación desapareció. Sentía algo bastante parecido a la seguridad y volvió a la cocina para cortar con las horas de ayuno. No le importó demasiado la hora ni la condena social y, mientras el sol estaba lejos del mediodía, encaró su desayuno carnívoro.
No reconocía como propio su cuerpo, ya no sabía como iba a reaccionar a las cosas. Era como una piel nueva, parecida a la anterior, pero gastada y rota. Ver su nueva yo llenaba de ira que le hervía la sangre para luego decantarse en una angustia que se asentaba en su pecho. La última vez que se había visto en el espejo, el miércoles después de renunciar, tuvo el impulso de querer golpear los vidrios con sus manos. Golpearlos y pulverizarlos hasta que la mínima expresión de ese cristal la llenara de cortes. Y que la sangre tibia se deslizara sensualmente hasta caer en el piso azul.
La casa estaba llena de espejos, su madre le gustaba la sensación de espacio y luz que daban. Lejos de simular vastedad, hoy, parecían limitarse a sacarle el velo a los rincones más oscuros.
Subió la escalera con tanta lentitud que parecía que empezaba a reptar por la madera fría.
Samantha odiaba esta versión de ella. No podía llorar, ni pensar. Ella actuaba con sus instintos. Segundos de lucidez le daban esperanza, pero eran efímeros. Se evaporaban.
La corriente se la quería llevar; ella peleaba. Con su cuerpo, mente y alma.
Su voluntad no era implacable.
En esas bocanadas de aire que tenía, mientras se ahogaba, miró qué eran esas luces qué salían del teléfono olvidado. Llamadas perdidas y mensajes. No llegó a sonreír, pero ver que su ausencia causaba algún efecto en el mundo exterior la hizo sentir menos miserable. Antes de que pudiese indagar más, el teléfono se descargó por completo. Bufó pero no le interesó demasiado. Se vistió con lo primero que vío e instintivamente se arregló el pelo.
Caminó hasta la puerta de entrada y miró por la cerradura. ¿Qué hay afuera? se preguntó. Me estoy perdiendo la primavera encerrada.
Giró la llave dos veces y se vio cara a cara con las posibilidades infinitas. Quieta, y todavía a salvo, miró desde el pórtico.
Lejos de un clima primaveral, el día avanzaba hasta la mitad de su vida dando indicios otoñales. Los autos se deslizaban sobre el cemento y había un par de pájaros cantando. Los árboles danzaban al ritmo de la brisa.
—Qué lindo día —dijo, sonriendo—.
Ella no sabía que era viernes. Ni por casualidad.
Salto de la cama por algún instinto; no había una razón puntual. Se paró y sintió los dolores propios de no haberse movido por casi cuarenta y ocho horas. Caminó hasta el baño y detuvo su mano en el picaporte. Entendió que no iba a poder evitar ver su reflejo en el espejo y su corazón se aceleró. Dudó un segundo sobre qué hacer, pero luego le pareció más que obvio. Al abrir la puerta sus ojos se enceguecieron; la cantidad de luz qué dejaba pasar la claraboya era totalmente desproporcionada a la oscuridad relativa de su cuarto. Se sentó en el inodoro y fue un buen momento para recapacitar sobre como su propio cuerpo se estaba volviendo el enemigo. El insomnio le había arrebatado el ciclo menstrual hacía más de cincuenta días y en su lugar le había dado un malestar constante; enfermedad, debilidad, fragilidad. Su cuerpo era una emboscada.
Estaba determinada a no ver el espejo. Con la mirada clavada en sus pies, dio el paso de distancia que separaba el inodoro del pedazo de vidrio y lo descolgó con asombrosa facilidad. Alcanzó a ver solo un vago reflejo de su torso desnudo que nunca trascendió en su memoria. Apoyó el espejo en el espacio entre el bidet y la ducha.
Se lavó las manos y en lugar de su reflejo se encontró con rectángulos de cerámica blancos con una guarda azul.
Bajó las escaleras y vi como el sol de la mañana le daba una vida impropia al comedor de la casa. Con las persianas abiertas de par en par, la luz solar entibiaba el suelo. Solo mirando el cielo celeste profundo supo que afuera hacía frío y había mucho viento. Fue hasta la cocina para ver el almanaque con fotos de santos y el día lunes {fecha} subrayado, redondeado y recontra destacado con la tinta azul.
—Qué surrealista —susurró para si misma—.
Recordó la historia del taxista y la sombra de Victor. Todavía recordaba con detalle como estaba vestido. No hacía memoria de alguna otra sensación, sea sonido, gusto u olor. Hasta el propio tacto de su piel con su ropa parecía haberse parado. Ella se convirtió en solo vista cuando eso pasó.
Desde ese día, desconfiaba de sus sentidos. Más puntualmente de sus ojos. Se encerraba en su pieza, en la oscuridad porqué era ahí donde no había lugar que viera otra cosa que sombras. De alguna manera, ahí se sentía a salvo. Era su hogar, dentro de su propia casa. El solo salir de su habitación le había producido un cosquilleo histérico en el estómago. Salió de la cocina y vio las migas de las tostadas del desayuno de su hermano sobre la mesa de vidrio.
Empezó a explorar el domicilio como si se tratara de un bosque; con pasos cautelosos y la piel erizada. Dejó atrás el comedor, adentrándose en el hall. Evitaba los espejos, que su madre había colgado a lo largo y ancho de la morada, como si fueran bestias agazapadas entre el decorado. Recorrió cada habitación hasta que la sensación desapareció. Sentía algo bastante parecido a la seguridad y volvió a la cocina para cortar con las horas de ayuno. No le importó demasiado la hora ni la condena social y, mientras el sol estaba lejos del mediodía, encaró su desayuno carnívoro.
No reconocía como propio su cuerpo, ya no sabía como iba a reaccionar a las cosas. Era como una piel nueva, parecida a la anterior, pero gastada y rota. Ver su nueva yo llenaba de ira que le hervía la sangre para luego decantarse en una angustia que se asentaba en su pecho. La última vez que se había visto en el espejo, el miércoles después de renunciar, tuvo el impulso de querer golpear los vidrios con sus manos. Golpearlos y pulverizarlos hasta que la mínima expresión de ese cristal la llenara de cortes. Y que la sangre tibia se deslizara sensualmente hasta caer en el piso azul.
La casa estaba llena de espejos, su madre le gustaba la sensación de espacio y luz que daban. Lejos de simular vastedad, hoy, parecían limitarse a sacarle el velo a los rincones más oscuros.
Subió la escalera con tanta lentitud que parecía que empezaba a reptar por la madera fría.
Samantha odiaba esta versión de ella. No podía llorar, ni pensar. Ella actuaba con sus instintos. Segundos de lucidez le daban esperanza, pero eran efímeros. Se evaporaban.
La corriente se la quería llevar; ella peleaba. Con su cuerpo, mente y alma.
Su voluntad no era implacable.
En esas bocanadas de aire que tenía, mientras se ahogaba, miró qué eran esas luces qué salían del teléfono olvidado. Llamadas perdidas y mensajes. No llegó a sonreír, pero ver que su ausencia causaba algún efecto en el mundo exterior la hizo sentir menos miserable. Antes de que pudiese indagar más, el teléfono se descargó por completo. Bufó pero no le interesó demasiado. Se vistió con lo primero que vío e instintivamente se arregló el pelo.
Caminó hasta la puerta de entrada y miró por la cerradura. ¿Qué hay afuera? se preguntó. Me estoy perdiendo la primavera encerrada.
Giró la llave dos veces y se vio cara a cara con las posibilidades infinitas. Quieta, y todavía a salvo, miró desde el pórtico.
Lejos de un clima primaveral, el día avanzaba hasta la mitad de su vida dando indicios otoñales. Los autos se deslizaban sobre el cemento y había un par de pájaros cantando. Los árboles danzaban al ritmo de la brisa.
—Qué lindo día —dijo, sonriendo—.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)