Ese sábado por la tarde, las vecinas habían quedado en merendar algo dulce y ponerse al día. Samanta había estado pensando muchísimo.
—Vení, pasá —le dijo a Francesca indicándole el camino como si no conociera la casa.
—Hacía mil años que no veía el comedor —dijo emocionada—. Y el patio debe estar tan lindo como siempre.
—Si, bueno, no tan así —rió amarga.
—Tu viejo siempre nos dejaba agarrar alguna flor que nos gustara —dijo Francesca sonriendo inconscientemente.
Las persianas y ventanas abiertas, el viento sacudiendo las telarañas del techo, y el sosiego de todo el resto le daban una esencia impropia al lugar. Un golpe de primavera a una vida invernal.
—¿Y el anfitrión? —preguntó en tono tan pícaro que Samanta pensó por un momento que hablaba de Aiden.
—¡Ah, si! El lemon pie, casi me olvido.
Abrió la heladera y miró a la invitada. Su sonrisa, su aparente inocencia y el aura de dolor que la atravesaba el rostro por la pérdida de Pinki no hacían más que darle a Samanta la sensación de control. Era todo lo que quería: estabilidad. O una sensación que se le pareciera lo suficiente. Le sirvió el postre y se quedó parada.
El corazón le latía apurado, ella no se sentía cómoda usando personas. Pero estaba dispuesta a casi cualquier cosa con tal de demostrarse que el insomnio era combatible y que su vida podía seguir adelante, sin tantas consecuencias.
La invitada tomó el plato y lo encaró sin ningún tipo de filtro. Mientras ella devoraba la tarta de limón, la sin sueño no le quitaba los ojos de encima. Pensó en preguntarle sobre el perro, pero se le hacía evidente que no había novedades.
—¿Y? ¿Qué tal? — le preguntó a la vecina.
—Muy bueno —respondió concisa, con los ojos muy abiertos.
—Lo trajo mi hermano de la panadería de acá a la vuelta. No sé desde cuando le llama la atención lo dulce —dijo mientras se sentaba.
—¿En qué anda Aiden? —quiso saber Francesca, sin poder ocultar el interés. Samanta entendió que los chusmerios siempre habían sido ciertos.
—¿Bien? Está laburando... creo. —dijo corriendo la mirada.
—¿Sigue en la empresa esa?
—Si, sigue ahí. Hoy escuché que estaba hablando por altavoz con el jefe sobre un proyecto que arrancaba esta semana. Imagino que le está yendo bien.
—¿Imaginas? ¿Qué pasa? —dijo mirando el plato— ¿Me puedo servir más?
—Si, anda y agarra tranquila.
La espero que se volviera a sentar y la observó comiendo.
—No estamos hablando mucho, yo estoy...
—¿Ocupada buscando alguna suplencia? —dijo con la boca media llena, queriendo terminar la oración de Samanta.
—Si —mintió mirándola a los ojos—. Está terminando el año lectivo pero confió en que salga algo interesante.
—Sería tu primer laburo como profesora. Yo agarraría cualquier cosa.
—¿Vos?¿La facultad? —inquirió Samanta.
—No taaaaan bien... —dijo encogiéndose de hombros — pero ahí va.
—¿Seguís en el profesorado de matemática?
—Si, si. Sigo en eso.
—¿Y qué pasó?
—El año pasado bajé un cambio para disfrutar un poco de mi misma. La idea era volver con todo este año, aunque se me hizo demasiado cuesta arriba. Había arrancado bien, motivada, con ritmo, pero antes de mitad de año me re contra colgué. Sino me pongo las pilas voy a perder la regularidad.
—¿En serio? ¡Malísimo! —dijo Samanta muy sorprendida. Se había olvidado lo que eran los problemas del mundo de afuera.
—Si, por eso me mudé al departamento con mamá. Estoy más cerca de la facultad y tengo a alguien con quién hablar cuando llego. En la casa de acá papá no está nunca, siempre de viaje. Hace rato que... nada.
—¿Nada?
—Hace rato que siento que no es mi casa. Como que el barrio no es el lugar donde crecimos. Qué un día me levanté y lo habían cambiado por uno idéntico, pero llevándose todos los recuerdos. Y que después, con el tiempo, aparecieron fachadas nuevas y edificios enormes lo terminaron de desdibujar. No sé, recorrerlo me da mucha tristeza —dijo sorprendiendo todavía más a Samanta, quien se tomó un tiempo antes de responder.
—No estaba esperando que me digas esto.
—¿Qué cosa?
—Que salieras con algo tan... profundo.
—No sé de qué esperabas hablar. Ya me metí de lleno en las dos décadas y además-
—No, no. No es tu culpa —la interrumpió—. Es que verte y hablar, me llevan a otras épocas. Yo hablándote del viaje de egresados y vos de que no sabías a quién invitar a tus quince. Si —suspiró—, otras épocas.
Francesca permaneció en silencio y alejó inconscientemente la cabeza del lado donde estaba su amiga. Samanta se tomó el entrecejo y quiso aclarar las ideas. Quería tener una tarde de charlas sin profundidad, que sirvieran de prueba que todavía era capaz de socializar. Y no le gustaba la sinceridad con la que Francesca le hablaba. Entender los sentimientos de los demás era una tarea titánica en ese estado.
Samanta se saturó de la situación y quiso borrar la incomodidad.
—Acá tenés más torta, ¿por qué no comés más? —dijo soltando una pequeña risita apurada.
Se levantó y fue hasta la alacena a buscar qué más había.
—Por acá debe haber más galletitas seguro —prosiguió mientras revolvía los paquetes de comida.
Nada le parecía adecuado y no encontraba la solución a cambiar el humor de su amiga.
—Sino ahora cuando vuelva Aiden le puedo decir que vaya a buscar helado a la heladeria que queda enfrente del parque.
Francesca se rió sarcástica mirado a Samanta directo a los ojos.
—Ay Sami, parecés tu vieja queriendo llenar los silencios ofreciendo comida.
A la dueña de casa la envolvió un pesar en el estómago que le desfiguró la cara. La miró con un rictus de asco. La vecina se volvió a reir y le restó importancia. Tomó su celular y siguió la charla hablando sobre la chica que le había hecho las uñas.
Samanta se sentó y clavó su mirada en la mesa. ¿No estaba enojada por el comentario anterior? ¿Qué había sido el comentario compárandola con su madre? ¿A dónde estába yendo al conversación? ¿Debía realmente mostrar interés en las uñas ahora, a modo de compensación? ¿Francesca siempre fue así? Sus inseguridades abrumaban su cabeza cansada.
Su amiga seguía monologando sobre sus uñas cuando Aiden cruzó la puerta.
—Buenas, ¿cómo están? —dijo Aiden con desgano
—Hola Aiden —contestó Francesca, muy efusiva.
Él posó su mano en el hombro de su hermana y percibió que estaba ausente. Pero su atención se desvió al ver que no quedaba ni una porción del lemon pie.
—Sami, ¿podés venir un segundo? Te quiero comentar algo de la aseguradora.
Su hermana suspiró agradecida y se levantó de inmediato. Aiden caminó con pasos pesados y diligentes y Samanta lo siguió. Aiden cerró la puerta tras ella y se le acercó de inmediato
—Escuchame una cosa, ¿qué carajo hacés trayendo gente acá?¿No ves qué es todo un quilombo?
Samanta seguía anulada, mirando la nada. Una angustia profunda crecía en su pecho.
—¿A qué la traés?¿A que vea nuestras miserías?
Seguía escuchando monólogos sin poder reaccionar. Antes de su amiga, ahora de su hermano.
—Encima traes a esta genocida de ravioles. Un riñón le dejo a la panadera cuando voy a comprar esto y obviamente que a Francesca no el dura ni un round el Lemon Pie.
Samanta no respondía. Se sentía como un trapo, pero al menos entendía masomenos como reaccionaba Aiden. Lo conocía con y sin insomnio y hacer un espamento por esto era esperable. Casi largó una risita. Pero el desconsuelo de sentirse inútil incluso para mantener una conversación la terminó de superar.
—Perdón, no sé qué estoy haciendo. Me siento mal, agotada. Pensé que hablar con ella me iba a hacer mejor.
Samanta empezó a llorar a medio de la frase. Aiden la miró y negó con la cabeza. Resopló y puso sus manos en la cintura.
—Bueno, no te preocupes, ahora la despacho —dijo Aiden.