Ambos estaban despiertos cuándo la lluvia se largó en plena madrugada. Él de inmediato apuntó a la cama, queriendo aprovechar el ruido de lluvia —tanto el agua en sí como los truenos— ya que lograba dormir mejor así. Ella, en cambió, desenchufó todos los aparatos de la casa y se quedó mirando la tormenta a través de la ventana. Siempre había tenido miedo a que un rayo cayera en la casa y volaticé todo lo que estuviera conectado a la red eléctrica. También pensaba que eso desembocaba directamente en un incendio voraz en la casa. El miedo no era a morir, la imagen que se reproducía y perturbaba su cabeza era la del pasillo que daba a la escalera envuelto en fuego. No tenían un matafuegos y el teléfono estaba muy lejos. Ella sobreviviría al incendio, miraría desde la vereda la casa siendo devorada por el fuego. Sin embargo la peor escena para ella seguía siendo el despertar y ver el fuego tomando lo que toda su vida conoció como hogar.
No veía con tan malos ojos que las llamas la alcanzarán mientras no se percataba de nada. Imaginaba el rayo golpeando el techo de la casa y rebalsando de electricidad todo el circuito local. Si había un artefacto que iba a explotar era el velador de al lado de su cama. Con el que alumbraba sus libros. Y esos mismos libros se prendían con el chispazo que generó el velador. Junto con los libros, la mesa de luz. Junto con la mesa de su luz, su pelo y su cama. Ese invierno estaba siendo tan frío que la idea de que el fuego la cubriese sin despertarla sonaba como un buen partido.
Los truenos no eran más que una amenaza lejana que regurgitaba en el horizonte. Pegó su cara al vidrio de la ventana y cerró los ojos. Pensó en porqué las nubes se veían de ese rojo muy oscuro por la madrugada. No sabía que causaba el fenómeno, e hiló un par de ideas en su cabeza. Pensó en las frecuencia de las ondas de luz del sol, los rayos ultravioletas y la contaminación lumínica. No llegó a darle algún tipo de relación que su mente ya había caído en un negro oscuro de sueño. La hora de dormir ya había llegado y no se había percatado.
Se despertó antes de que sonara la alarma con un dolor en el cuello propio al dormirse sentada contra la ventana. La alarma había dejado de ser un instrumento para sacarla del sueño. Ella la utilizaba para saber cuánto tiempo estaba durmiendo. La alarma había estado siempre puesta a las 8.05am y ella sabía que siempre se dormía a eso de las 5.30am. En los últimos meses empezó a notar que el sueño se le estaba acortando. Se levantaba al baño, taciturna, y al volver todavía faltaban unos minutos para que la alarma sonase. Cada día la brecha se hacía un par de segundos más corta, llegando a la marca actual de diecisiete minutos. Y no podía dormir más aunque quisiera. Ya había probado faltando al trabajo y quedarse tirada en la cama. Por más cómoda que la cama parecía, haciendo parecer que dormir iba a ser una tarea fácil, sus ojos se comenzaban a secar y se quedaba mirando el techo, inmóvil. Así pasaban las horas, 8,9,10,11 de la mañana y hasta el mediodía. Las veces que intentaba dormir más de lo que su cuerpo le permitía, pasando cinco horas en la cama sin hacerse amiga del sueño, no podía evitar llorar de impotencia. Para esta altura, el trabajo se había convertido en una manera de no sentirse así. Evitaba el tiempo envuelta en la cama, que la seducía con su suave confort, para que luego no pasara nada.
La tormenta se disipó después de las dos de la tarde y un sol radiante hizo su aparición como si derritiera todas las nubes. Ese día él había dormido bastante bien gracias a la lluvia, y por su buen humor optó por tomarse un micro que lo dejaba a un par de cuadras de casa, pero pasaba por el parque. No era fanático del barro y los charcos, simplemente quería pasar por el parque un rato. El recorrido era completamente distinto y llegaba a casa por el lado derecho, lado que él jamás usaba. Tanto el supermercado, la parada de micros y el kiosco estaba para el lado izquierdo. Al llegar a su casa notó algo que lo sacó de lugar por completo. Miró sin poder comprender que carajo pasaba y pasó unos buenos treinta o cuarenta segundos con la vista clavada en el garaje de su vecino. No era miedo, pero ahora se encontraba realmente molesto.
Abrió la puerta y trató de no parecer apurado. Dejó todo arriba de la mesa y caminó con cuanta calma pudo por las escaleras. Quiso hablarle a su hermana sobre otra cosa antes de contarle lo que acababa de ver. Pero no pudo.
—Che, ¿viste el cráneo pintado con rayas rojas que tiene colgado en el garaje el tipo de al lado? Explícame por favor que está flashando este salame —dijo con una pequeña risita al final, camuflando la bola de sentimientos que se le cruzaban en ese momento.
—Sí, ¿nunca la habías visto? Está hace un par ya... —dijo ella sin darle importancia en absoluto.
—¿Hace un par? Nunca me dijiste nada.
—Y, la verdad que no me interesa si el vecino tiene mal gusto o no entiende nada de feng shui.
—Pero este tipo es un desubicado —dijo gritando—.Te pido por favor que me expliques que carajo hace con un cráneo de vaca colgado en el garaje. Ya mismo lo estoy yendo a buscar.
—¡Bajá un cambio, che! —le dijo contestándole en el mismo tono que él había usado— , no te metas ahí, el loco anda en cosas turbias. No te cambia nada que tenga esa cosa de adorno, anda a saber si es algo que cazó o alguna antigüedad.
—¿Me vas a decir que no es un pelotudo?
—Sí, es un pelotudo. ¿Estás contento?
—La verdad que tener eso ahí me rompe mucho las pelotas, pero te voy a hacer caso —dijo soltando un largo suspiro al final y bajó las escaleras.
Justo después de discutir, se le vino a la cabeza la posibilidad de que las líneas rojas estuvieran pintadas con sangre. Un escalofrío lo sacudió de pies a cabeza. Terminó poniendo la música a todo volumen para sacarse esas ideas de la cabeza. Con un poco de suerte se olvidaría del cráneo, y de paso le arruinaría la siesta al vecino. Siesta que él no podía dormir.
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