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miércoles, 7 de septiembre de 2016

Hermanos que no duermen IV

Ella se paró con las manos en la cara, tapándose los ojos. Caminó con pequeños pasos hacía atrás, hasta que chocó su cadera contra la ventana. Los cristales estaban empañados por las bajas temperaturas que no querían desprenderse de la ciudad. Las lágrimas hirviendo, cargadas de emociones, llegaban al piso casi congeladas. Él no la miraba, intentaba volver a llenar sus pulmones de aire y aclarar su garganta. No sabía cuánto tiempo la escena se mantuvo así de monótona, solo ambientada por sus inhalaciones profundas, el llanto explosivo de su hermana y el ventilador de la computadora que funcionaba mal. Ella lloraba con ganas, gimiendo de dolor. Su cara se había contraído en una mueca de desesperación eterna.
Él acomodó sus ideas bastante más rápido, pero se mantuvo cabizbajo. No se creía capaz de ver a su hermana a los ojos así. Miró las luces del router apagarse y prenderse por un tiempo indefinido. Junto sus manos en su regazo y jugó con los pulgares.
Eventualmente, el llanto terminó. Ella tenía marcada en su rostro el camino que hacían las lágrimas para llegar al suelo; él ya se las había secado.
Cuándo reinó el silencio por fin, la hermana fue quién abrió la boca.

—¿Desde cuándo? —quiso saber. Movió la cabeza hacía adelante en un movimiento apenas perceptible. Mantuvo su mirada pegada en sus pies descalzos, desprotegidos. Su rostro aun estaba rojo e hirviendo.
—Cuatros meses—dijo después de un pequeño silencio—, como mínimo.

Ella asintió lentamente y volvió a llorar. Pero no había gemidos ahora, y su cara mantenía una expresión maso-menos neutra. Con la mirada clavada en el piso todavía, dejaba fluir las lágrimas que ahora eran mucho más pesadas. Cómo si estuviera llorando por otra causa, ahora en vez de agua parecían un material mucho más denso. Y caían con tibieza y delicadeza, muy despacio. Eran como si llorara miel. Pero no había una sola pizca de dulzura, eran agrias. Muy agrias. Más bien parecían lágrimas de alquitrán.
Ninguno de los dos se animó a mirar al otro a la cara. Habían pasado mucho tiempo usando una máscara que se acababan de sacar. Y, a pesar de conocerse hace más de veinte, ninguno reconocía el rostro que había detrás de la careta. Veinte años y no sabían nada del otro. Se sentían realmente solos a pesar de que se tenían entre ellos. Necesitaron ciento cuarenta y tres noches de insomnio para notarlo.
Aunque, ninguno tuvo la iniciativa esa noche. Ambos cabizbajos dejaron la escena en silencio; ella girando a la derecha para encerrarse a su cuarto, y él a la izquierda, bajando la escalera.
Ambos, por separados, agradecieron no echarse la culpa uno al otro, por tanto tiempo de falta de tacto, tanta soledad mal camuflada. Lo que él sentía, finalmente se cumplió. Ese día, algo cambió. El elefante en el living —llamado insomnio— se desenmascaró y lo invitaron cordialmente a que empezara a cenar con ellos. No era necesario que siguiera siendo un polizón.
Quizá, cuando cenaran y estén los tres en la mesa podrían invitarlo también a que se vaya después de comer el postre. Los hermanos no tenían ninguna intención de que se quedara a hacer sobremesa. Su presencia no era grata. Quizá y solo quizá, entre los dos podrían sacarlo a patadas de la casa. O también podría volverse uno más de la familia.


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