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lunes, 19 de septiembre de 2016

Hermanos que no duermen V

Era difícil volver a armar una relación desde cero. Se les complicó abrir la boca cuando se encontraron en la mañana del sábado. Él estaba sentado en la mesa untando miel en las tostadas cuando ella bajó de la escalera. No es que se había despertado después que su hermano, sino que prefirió pasar el tiempo en su cama reorganizando sus ideas.
El televisor ya estaba prendido y ella se sentó discreta en la mesa, sentándose a la izquierda de él. No dijo nada y miró, guardando silencio.
No estaba realmente mirando que pasaba en la pantalla, tenía la vista clavada en un punto infinito intentando hilar su primera línea. Su cabeza cansada daba mil vueltas sobre el mismo asunto. No entendía como hablar con su hermano podía convertirse en una tarea tan difícil. Abría la boca, amagando a hablar, pero retrocedía en sus pasos. Se mojaba los labios y seguía con la vista atrapada en la pantalla. El tiempo voló. Volvió en sí cuando su hermano se levantó de la silla con la bandeja de tostadas vacía. Él dejó todo en la mesada y al darse vuelta cruzó miradas con su hermana. Ella movió la cabeza en un instante, clavando la mirada en el mantel de la mesa. Su hermano la contempló por unos largos segundos antes de encaminarse a su pieza. Cuándo escuchó los pasos alejarse, suspiró y se llevó las manos a la cara. En silencio ella también se fue a su cuarto. Aunque él no pensaba en nada en particular y se preparaba para trabajar las cuatro horas de los sábados, ella le estaba desesperando el no poder hablar. Cuando encaró la escalera, apretó las muelas y los puños. No quería —ni podía— seguir sufriendo. Se propuso hablarle, de la manera que sea. Ese mismo día, la próxima vez que lo vea. Sentía de que de alguna manera juntos iban a sacar todo adelante. Estaban lejos de tener un plan o algo parecido a una estrategia. No habían demasiadas ganas de pensar en largo plazo cuando el corto plazo es total incertidumbre.  Su única certeza era esa, en un par de horas iba a hablar con su hermano sobre absolutamente todo.
Abrió las persianas, hizo la cama. Ordenó la ropa tirada en el piso y se bañó. Ella no trabajaba los fines de semana.
Se bañó con agua helada por primera vez en toda su vida. Había escuchado que el frío ayudaba a concentrarse y todo lo que quería hacer era sacarse ese nudo de pensamientos que tenía. No se sentía distinto a tratar de desatar los cables de las luces de navidad con los ojos tapados. Apenas podía tomar distancia de lo que era, de lo que pasaba. Habían sido cuatro meses de impotencia en todos los sentidos. Se sentía una autómata. Un títere que alguien más manejaba desde otro plano. Y no quería ni pensar en cuanto tiempo les quedaba si esto no mejoraba. Para ese punto, creía que ni un balde de morfina la podría hacer dormir más de dos horas. Tanto ella como él tenían cierta resistencia de ir al médico. Un miedo injustificado, casi una fobia. Para este caso se cumplía la regla de que la ignorancia es felicidad. Ir al médico para escuchar que nunca iba a poder volver a dormir sin pastillas que la sedaran todo el día iba a ser demasiado. En un pico de lucidez, notó cuan lento estaba funcionando su cabeza y cuanto le costaba poder pensar por cinco minutos seguidos. Cuando salió de la ducha y vio el reflejo en el cristal sin empañar, quiso que las ojeras no existieran y tuvo el impulso de querer arrancarse los párpados.
Entendió lo pesada de la carga que llevaba en su espalda. Entendió que tenía que salir, como sea.

Comió las sobras de las pizzas del día anterior y esperó sentada en la mesa hasta que se hartó. Salió a buscar el calor del sol en el patio, deseando que ninguna nube se interfiera con sus planes. El jardín era un desastre, si habían cortado el pasto una vez desde la tragedia era mucho. Se sentó en un pequeño escalón de piedra, y esperó.
No era nada parecido a lo que recordaba como tomar sol. Llegar bien el verano, bronceada, la vitamina D. Todo parecía tan irrelevante ahora. Ni siquiera estaba relajada en el proceso. Pegó sus piernas a su pecho y las rodeó con sus brazos. Apoyó su cara en hueco entre rodilla y rodilla y miró la desprolijidad del jardín. Divagó en sus pensamientos, que por primera vez en el día le permitían distraerse.


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