El taxista bajó el volumen de la radio cuando el estribillo de la canción llegó.
—Anda a saber en quién reencarnará este tipo.
Ella levantó las orejas y despegó su cabeza de la ventana.
—¿Qué dijiste? —le preguntó, algo violenta.
—Qué no sé en quién o que va a reencarnar —le dijo el chofer con la misma soltura que venía hablando.
Samantha achinó los ojos y lo miró confundida. Su cabeza no había estado recolectando datos de lo que él venía diciendo y perdió el hilo conductor de la charla.
—¿Quién va a reencancar? —volvió a preguntar, buscando darle sentido a la conversación.
—El tipo de la radio —dijo señalando a la misma con sus dedos formando una pistola. Ella cerró los ojos escuchó la canción y recordó al famoso artista, que había muerto esa misma madrugada. —No sé bien que vaya a pesar más a la hora del juicio. Hizo muchas cosas bien, pero derrapó en muchas otras.—dijo largando una risita sobre el final.
Ella apenas podía darle una dirección a lo que estaba hablando aquél hombre. La radio, la reencarnación. Miró su billetera y analizó darle doscientos quince pesos para que se callara de una puta vez. Pero recordó que la charla había sido extraña de un primer momento. No le había dado mayor importancia, pero el chofer no hablaba de los tópicos favoritos de los taxistas. De hecho, mantenía un tono humilde y hablaba de temas casi tabú. Lo miró y descomprimió la facha del dueño del auto. Tenía el pelo largo, con algunas entradas. Tenía barba y era bastante flaco. Si, bastante hippie. Le parecía que tendría que estar haciendo malabares y pidiendo monedas a los autos más que manejando uno. Sin embargo, Samantha consideraba que no tenía cara de hippie. Afeitado y de traje se podría traspapelar como algún ministro tranquilamente. Guardó la billetera y meneó la cabeza. Quiso saber que tenía para decir.
—¿Quién lo va a reencarnar?¿Quién lo va a juzgar?
—Dios. Dios padre. —dijo como hecho fáctico. Dos más dos es igual a cuatro.
—No veo que lleves ningún rosario, ni esos perros que mueven la cabeza.
—Son horribles esos perros—rió—. No pasa por los amuletos la fe. Ni siquiera pasa por la fe. Es cuestión de ... criterio. Es el actuar sobre lo que uno considera que está bien y mal. Pero todos trasgredimos nuestras propias normas.
—¿Entonces puedo irme al cielo habiendo hecho todo mal según los ojos del resto de los humanos?
—Por raro que parezca, si. El juicio es individual. Nacemos solos y morimos solos. Y volvemos a nacer.
—Dios padre. Reencarnación. Elegí una, che.
—No tengo porqué elegir. Que la mayoría de la gente crea cosas distintas de la muerte no signifique que sea la verdadera.
—Yo no soy ninguna Marie Curie, pero ¿cómo sabes todo esto vos?
—Hablé con Dios. Hablo con Dios. —se corrigió.
—¿Y qué te dice?
—Es complicado... porqué yo voy a ser Dios. Me permitieron ver mis vidas pasadas, volver a vivirlas en un segundo.
El taxista mantenía un tono neutro y sereno. Samantha intentaba seguir el juego al mismo tiempo de mantener la calma. Algo le decía que él no mentía, pero también aguantaba la tentación de estallarse de risa por las boludeces que ese tipo estaba escupiendo.
—Me dieron esta vida para prepararme para ser la parte humana de Dios, después de que fallezca.
—¿Ese no era Jesús?
—Cualquiera de nosotros puede ser Jesús. Dios es Trino.
—¿Osea que Jesús murió o va a morir y reencarnar cuando vos mueras?
—No, no—volvió a reír—, Jesús murió hace mucho. Y sí te digo en quién reencarnó te reirías. Dios se compone de tres partes. La parte humana como ya te dije, el espíritu santo y Dios padre. La parte humana es la orgánica, la imperfecta. La que realmente vivió, se equivocó y sufrió. El espíritu santo es casi lo opuesto a la parte humana. Es sólo la bondad, el altruismo. Puro y perfecto. Es difícil de conceptualizar porqué no hay un humano que siquiera se parezca al espíritu santo. Vendría a ser como la teoría y la parte humana la práctica. Dios Padre es como el creador, el ejecutor, el creador propiamente dicho. Pero son uno sólo entre los tres. Vienen a ser como facetas distintas.
—Acá en la próxima tenés que doblar a la izquierda.—le dijo sin querer interrumpir. El taxista asintió y siguió como si nada. —¿Pero cuántas vidas tenemos antes de que dejemos de reencarnar?
—Sí, mirá, es todo un tema. Digamos que Dios Padre no es muy copado a la de hora de revelar los planes. De movida, hasta ahora, no hay lo que se conoce como un cielo o como infierno. Reencarnamos en cosas "mejores" o "peores". Los indios tiene una creencia bastante acertada de como es la cosa.
—¿Indefinidamente? Qué triste. —dijo Sam manteniendo el mismo tono respetuoso.
—Ahí yo tengo mi propia teoría. Estoy bastante seguro que todos vamos a ser la parte humana de Dios en algún momento. Todos van a pasar por el juicio de todos. El problema es que somos bastantes y toma tiempo juzgar a todos. Una vez que cada humano, cada alma haya juzgado a todos, imagino que lo que viene después es lo que conocemos como cielo e infierno.
—Así que milenios de creencias son refutadas por usted, señor... —dijo con un tono un poco irónico ahora.
—Javier, Javier me llamo.
Para ese punto tenía ganas de tirarse al piso a reírse hasta que le doliera el estómago, pero una parte de ella insistía en la posibilidad de que todo esto fuera verdad. Y por pequeña que fuera esa voz, la mantenía es una estado de intranquilidad. Cómo si necesitara más cosas colgando de su espalda.
Samantha le dio un billete de cien y le indicó que se quedara con el cambio. Sacudió la cabeza y respiró profundo antes de salir del taxi en silencio. Dio un portazo y no quiso mirar atrás. Quería olvidar esa cara y toda su historia.
Un sudor frío la empapó mientras intentaba abrir la puerta principal. No entendía qué estaba pasando. Los taxistas hablan de fútbol, no de como van a reencarnar en Dios. Los jefes vienen a la oficina, no mandan hologramas. Las personas duermen de noche, no se quedan mirando el techo con los ojos abiertos de par en par. Se sentía flotando, sin control. Qué todo lo que había aprendido en su vida valía demasiado poco. Ya no podía pensar con claridad, ni separar que era ficción. Su cerebro daba rienda suelta a que la imaginación y la realidad sean uno, y ella, lejos de ser creadora, era una mera espectadora.
Se concentró todo lo que pudo intentando garantizar que el día de la fecha era el que pensaba. Después de hesitar bastante, decidió qué número redondear en el almanaque.
Faltaban un par de semanas para navidad.
miércoles, 28 de diciembre de 2016
sábado, 10 de diciembre de 2016
Hermanos IX Espejismos II
Tan rápido como llegó a su casa se abalanzó sobre el
almanaque que tenían pegado atrás de la puerta de la alacena. Redondeó con
violencia el día de la fecha que era con una lapicera azul. Miró el círculo con
total concentración mientras solo respiraba.
Pasó casi en la misma hora, prácticamente en el mismo
minuto. Ella no sabía de conexiones, o cuerdas invisibles que los unieran, pero
en el mismo instante que sucedió supo que a su hermano le estaba pasando lo
mismo.
Más allá de la posibilidad de cualquier conexión, las
reacciones fueron casi opuestas. Él apenas comprendió lo que pasaba. Eligió no
pensar. Ella entró en una espiral de pánico que no hacía más que crecer entre
más pensaba lo que estaba pasando.
El espejismo tuvo lugar en el trabajo, sentada frente al monitor como cualquier otra
mañana. Tenía una mano en el mouse y con la otra jugaba con su pelo. No había
demasiadas tareas, se dedicaba a perderse en el fondo de pantalla mientras hacía
tiempo hasta que llegara su jefe. No era una persona ansiosa y esa mañana
tampoco sentía algo distinto a pesar del gran anuncio que tenía que hacer. Dejó
reposar su cabeza en la palma de la mano y dejó la pantalla inmóvil. Entró en
un trance por la quietud del momento y el tiempo pareció desvanecerse. Temió
haberse desmayado, pero no fue así. Volteó para ver a unos pocos metros a su
jefe metiéndose entre los pasillos del edificio, con su maletín negro. Caminaba
rápido, pero pudo ver su figura por unos largos dos segundos. Llevaba unos
jeans tradicionales con una camisa blanca a cuadros, con líneas verdes. No
recordaba haberla visto antes, el jefe era más bien de los que repetían las
prendas hasta el punto de parecer un personaje de una serie animada. Se le hizo
que caminaba demasiado rápido y no se molestó en seguirlo. Su camino era
rutinario y ella lo conocía muy bien, dejaba las cosas en su oficina y después
bajaba hasta el buffet para tomar el café cortado. Ella se levantó con
elegancia y cuidado de la silla, como que no queriendo dejar nada fuera de
lugar, y se dirigió al piso de abajo, al pasillo que daba al buffet.
Apoyó la espalda contra la pared y miró al techo en su
espera. Era bastante buena esperando, no se desesperaba con facilidad. Más
cuando sabía que las cosas iban a llegar.
El tiempo pasó y su jefe estaba tardando más de lo que
debía. Llevó sus manos hasta la cadera por unos segundos y luego las deslizo
hasta el bolsillo para sacar el celular. Movió la pantalla con sus dedos de
lado a lado, buscando la aplicación correcta. Unos pocos segundos le bastaron
para revisar todo y quedarse inmóvil mirando ahora el fondo del celular. Guardó
el celular. Se ató los cordones. Y el pelo. Habían pasado ya quince minutos y
algo no cuadraba.
Subió las escaleras y encaró el camino hasta el despacho de
su superior a paso ágil. Empezó a sentir una sensación extraña en el pecho. Una
corazonada, un presentimiento.
Detuvo su marcha justo frente a la puerta, con una mano en
el picaporte. Miró a sus pies y a sus manos. Respiró hondo. Y al exhalar,
sintió que le tocaban el hombro.
—Sami, ¿qué andás haciendo? —le dijo una voz chillona y rápida.
Volteó torpemente y ofreció su mejilla para saludar.
—Nada, venía siguiendo a Victor para decirle algo —dijo
Samantha, con la mirada todavía en el picaporte.
—Ah...—dijo su colega, girando su cabeza un poco hacia el
costado— recién avisó que está con el hijo en el hospital y va a llegar a eso
del mediodía acá.
Un silencio más que incómodo tomó lugar entre ellas. No
hacían más que mirarse sin entender demasiado qué pasaba. Samantha se mojó los
labios para decirle que era imposible, porque había visto pasar a su jefe y
podía describirle hasta como estaba vestido. Abrió la boca pero reculó.
—E-ehhh, bueno, dejá, después se lo digo entonces. Nos
vemos. —dijo dando media vuelta de inmediato.
—Pero avisale por teléfono si es importante.
—No, no, era una boludez. —le negó mientras empezaba a
caminar para cualquier lado.
Samantha caminó con la vista segada. En su cabeza se
reproducía la imagen de su superior con calidad de detalles máxima. Recordaba
las terminaciones de la camisa blanca y verde, la marca de la ropa. Su corazón
empezó a latir más y más fuerte. Su respiración se volvió caótica. Encontró el
baño de mujeres y se encerró en un cubículo dando un portazo. Se sentó en el
inodoro y con sus manos trémulas sacó el celular. Empezó a teclear hasta
encontrar a Victor.
"Che, no venís
hoy?" le envió. Aparecía en línea, y el tick azul no tardó en
mostrarse. Instantes después, el teléfono le hizo saber que su jefe le estaba
escribiendo la respuesta. Cerró los ojos y respiró hasta el último centímetro
cúbico de aire que cabía en su pecho.
"Estoy en el
hospital con el nene hace casi 2 horas, está imposible esto. Antes del mediodía
estoy allá, qué necesitas?" leyó
del teléfono.
Todo el aire que tenía adentro se soltó en un suspiro largo
y profundo. Se llevó las manos al rostro, dejando que la pantalla del celular
caiga de lleno en el piso de cerámica.
—La re putísima concha de todo —dejó salir junto con las
primeras lágrimas.
El insomnio había relativamente sano hasta ese preciso
momento. Sentía que el cansancio y la imposibilidad de descansar eran amenos
comparándolas con lo que acaba de pasar. Pensó en que podía ser un hecho
aislado, pero el mismo sentimiento que le decía que a su hermano le estaba
sucediendo lo mismo le hizo saber que no era así. Ahora la realidad se
desvirtuaba enfrente a sus ojos. Si le ponían un revólver en su cabeza, juraría
que vio a su jefe con aquella camisa. Cualquier polígrafo daría como resultado
que ella no estaba mintiendo, porque realmente lo había visto.
Quería parar de llorar y componerse, pero la situación la
sobrepasaba. Trató de secarse las lágrimas, tomó el celular y fue a buscar sus
cosas. Ni siquiera se molestó en dejar una nota. No dedicó un solo segundo en
mirar atrás.
Ella no quiso esperar un micro a la intemperie y salió hasta
la esquina para buscar parar algún taxi.
Su cabeza entera palpitaba apretando su cráneo. Sentía que
los ojos iban a salirse de sus cuentas. Su pecho latía malherido acompañado de
sus respiraciones cargadas de emociones. Al levantar la vista, se sintió a
contramano del mundo entero. El día estaba teñido en un celeste profundo y el
viento había parado. La gente caminaba tranquila y marcaba un ritmo manso
acorde al día de la semana que era. Todo su entorno parecía estable y sólido.
Casi feliz. Las cosas de repente rebalsaban de color. En su caso, todo
rebalsaba de dolor.
Samantha ya sabía que ella no funcionaba como el resto. No
se consideraba, ni era, alguien demasiado particular. De hecho, podía entrar en
lo que la mayoría de la gente considera normal.
No solo normal en el sentido de que tenía una vida promedio, si no que
cualquiera que la conociera podía pronosticar cual iba a ser el ritmo de su
vida. Casarse a los 30, tener hijos antes de los 35. Terminar de pagar la casa
antes de los 40. Sacar un posgrado cuando los hijos estén en la secundaria.
Como si vivir le fuera una tarea fácil, y que era toda obra de dejarse llevar
por la corriente. La corriente le había planteado una vida solucionada y
aparentemente sin irregularidades. Si pudiera ir al último instante de su vida,
sabría que no iba a estar en el cementerio de La recoleta ni en una zanja
pudriéndose al sol. Su fallecimiento no iba a aparecer en la tele, pero habría
un buen puñado de gente que se lamentaría su ida. Era un camino llano. Plano y
liso. Aunque ella no paraba de derrapar en esa línea recta que parecía la existencia.
Se lamentaba tanto que al resto se le haga tan fácil vivir.
En el fondo, no terminaba de decirse si en realidad era el
camino el que tenía las fallas, o ella era el imán de estas cosas que pasaban.
Siempre pensó que la tragedia de sus padres era algo que cuadraba perfecto en
la teoría de que su vida no podía ser un poco más parecida a la de los demás.
Pero de nuevo, no se decidía si era ella o la existencia misma que se la ponía
de esa manera.
Intentó secarse los ojos una última vez antes de parar al
taxi se acercaba.
miércoles, 30 de noviembre de 2016
Hermanos que no duermen VIII Espejismos I
Solo por la coordinación que se puede lograr por compartir la misma sangre, los espejismos llegaron el mismo día para los dos. Casi a la misma hora. Parecía que los mismos hilos invisibles que los unían en el insomnio ahora se movían para que empezaran a ver cosas que no eran reales. Cosas que no estaban ahí. El mundo se distorsionaba bajo sus narices y no había nada que ellos pudieran hacer.
El primer espejismo lo tuvo él.
La semana empezaba con una retirada temporal del frío. Estaba lejos de parecer primavera, pero eran los primeros signos que el calor irremediablemente iba a llegar en un futuro cercano.
Él recordaba muy bien las fechas de las cosas. Perdía mucho tiempo pensando en efemérides del día que era. En un par de meses se cumpliría un año del accidente. Lo venía asustando un poco el paso del tiempo, a pesar de haber pasado casi todo el año en un infierno de ritmo lento. Porque mirar el techo no era vivir. El tiempo significa movimiento y las cosas estaban estáticas desde hacía mucho tiempo y, a pesar de las expectativas, nada cambiaba demasiado.
Estaba esperando en la parada del micro. Estiró la cabeza para ver si estaba viniendo alguno. Vio el cartel con luces verdes en la parada anterior, y escuchó el ruido agudo de los frenos viejos. Se quedó mirando el cartel de la línea de micros y luego a la gente subiendo. Volvió a la vereda y se distrajo por unos segundos mirando como las raíces de los árboles habían levantando las baldosas. Las mismas baldosas que lo iban a empapar después de un día de lluvia. No se sentía especialmente cansado, ni ido, pero al voltearse se encontró con la vista de la plazoleta que dividía la avenida. No había ningún micro, ni ninguna otra persona parándolo. Caminó apurado hasta el cordón y volvió a sacar la cabeza. Ahora el panorama era otro y ni siquiera había un auto viniendo en esa dirección. Por arte de magia, el micro de cartel verde había desaparecido.
Meneó la cabeza y se refregó los ojos para volver a ver. El resultado no cambió. Su cabeza se llenó de dudas que empezaban a rebalsarse por todos lados. Abrió la boca para decir algo al aire, buscando la comprensión de algún ser etéreo. Tomó aire e infló su pecho, aunque terminó exhalando todo. Cerró los ojos intentando recordar de manera más precisa lo que había visto. Daba certeza y juraba con el meñique haber visto el cartel verde. Él había visto la gente subirse, e incluso recordaba el color de las prendas del primer pasajero que se subió. Y, por Dios, también había escuchado los frenos. Después de unos cuántos segundos de que su cerebro procesara todo, se acercó a una señora que también estaba esperando el micro. La mujer mayor tenía la vista perdida en los jacarandaes que habían florecido a pesar del frío. Al acercase, él balbuceo una pregunta.
La mujer lo miró fijo y se asustó. Sacudió su cabeza indicando que no sabía a lo que sea que le había preguntado. Él se aclaró la garganta y volvió a preguntar, ahora con elocuencia.
—Disculpá, ¿no vio venir un micro recién? —le preguntó, amable. La señora repitió de manera exacta el movimiento que hizo antes, en esa mezcla de miedo y sorpresa. —Es que no veo de lejos —mintió— y me pareció ver uno.
Como un robot que solo fue diseñado para mover de lado a lado la cabeza, la señora siquiera abrió la boca para emular una palabra. Él bufó y le dio la espalda. No insistió en el asunto, después de todo, hacía ya un tiempo que su mente se cerraba a nueva información que adulterara su frágil mundo de cristal. Él era consciente de lo que hacía, pero ciertamente era más feliz haciendo oídos sordos a la realidad. Se había aferrado una teoría que probaba cada punto de lo que venía pasando. Ya no buscaba en internet remedios caseros ni se preocupaba por el origen del insomnio. Dejó que la corriente lo llevara y lo arrastrara. Y encontró cierto placer en eso. Cualquier cosa que interfiriera con la fluidez de las cosas se ignoraba. Se había auto-convencido que esa era LA manera. No existía ninguna otra alternativa.
Sin embargo, había algo como una pequeña voz, diminuta, que le exigía que despertara. No se podía desprender de todo así como así. Tenía un hilo atado al pie que lo anclaba a la realidad, pero no sabía cuanto tiempo aguantaría.
Su estado actual le permitió tomarse su primer espejismo como algo tan intrascendente como una palabra dicha al viento.
El primer espejismo lo tuvo él.
La semana empezaba con una retirada temporal del frío. Estaba lejos de parecer primavera, pero eran los primeros signos que el calor irremediablemente iba a llegar en un futuro cercano.
Él recordaba muy bien las fechas de las cosas. Perdía mucho tiempo pensando en efemérides del día que era. En un par de meses se cumpliría un año del accidente. Lo venía asustando un poco el paso del tiempo, a pesar de haber pasado casi todo el año en un infierno de ritmo lento. Porque mirar el techo no era vivir. El tiempo significa movimiento y las cosas estaban estáticas desde hacía mucho tiempo y, a pesar de las expectativas, nada cambiaba demasiado.
Estaba esperando en la parada del micro. Estiró la cabeza para ver si estaba viniendo alguno. Vio el cartel con luces verdes en la parada anterior, y escuchó el ruido agudo de los frenos viejos. Se quedó mirando el cartel de la línea de micros y luego a la gente subiendo. Volvió a la vereda y se distrajo por unos segundos mirando como las raíces de los árboles habían levantando las baldosas. Las mismas baldosas que lo iban a empapar después de un día de lluvia. No se sentía especialmente cansado, ni ido, pero al voltearse se encontró con la vista de la plazoleta que dividía la avenida. No había ningún micro, ni ninguna otra persona parándolo. Caminó apurado hasta el cordón y volvió a sacar la cabeza. Ahora el panorama era otro y ni siquiera había un auto viniendo en esa dirección. Por arte de magia, el micro de cartel verde había desaparecido.
Meneó la cabeza y se refregó los ojos para volver a ver. El resultado no cambió. Su cabeza se llenó de dudas que empezaban a rebalsarse por todos lados. Abrió la boca para decir algo al aire, buscando la comprensión de algún ser etéreo. Tomó aire e infló su pecho, aunque terminó exhalando todo. Cerró los ojos intentando recordar de manera más precisa lo que había visto. Daba certeza y juraba con el meñique haber visto el cartel verde. Él había visto la gente subirse, e incluso recordaba el color de las prendas del primer pasajero que se subió. Y, por Dios, también había escuchado los frenos. Después de unos cuántos segundos de que su cerebro procesara todo, se acercó a una señora que también estaba esperando el micro. La mujer mayor tenía la vista perdida en los jacarandaes que habían florecido a pesar del frío. Al acercase, él balbuceo una pregunta.
La mujer lo miró fijo y se asustó. Sacudió su cabeza indicando que no sabía a lo que sea que le había preguntado. Él se aclaró la garganta y volvió a preguntar, ahora con elocuencia.
—Disculpá, ¿no vio venir un micro recién? —le preguntó, amable. La señora repitió de manera exacta el movimiento que hizo antes, en esa mezcla de miedo y sorpresa. —Es que no veo de lejos —mintió— y me pareció ver uno.
Como un robot que solo fue diseñado para mover de lado a lado la cabeza, la señora siquiera abrió la boca para emular una palabra. Él bufó y le dio la espalda. No insistió en el asunto, después de todo, hacía ya un tiempo que su mente se cerraba a nueva información que adulterara su frágil mundo de cristal. Él era consciente de lo que hacía, pero ciertamente era más feliz haciendo oídos sordos a la realidad. Se había aferrado una teoría que probaba cada punto de lo que venía pasando. Ya no buscaba en internet remedios caseros ni se preocupaba por el origen del insomnio. Dejó que la corriente lo llevara y lo arrastrara. Y encontró cierto placer en eso. Cualquier cosa que interfiriera con la fluidez de las cosas se ignoraba. Se había auto-convencido que esa era LA manera. No existía ninguna otra alternativa.
Sin embargo, había algo como una pequeña voz, diminuta, que le exigía que despertara. No se podía desprender de todo así como así. Tenía un hilo atado al pie que lo anclaba a la realidad, pero no sabía cuanto tiempo aguantaría.
Su estado actual le permitió tomarse su primer espejismo como algo tan intrascendente como una palabra dicha al viento.
sábado, 12 de noviembre de 2016
Hermanos que no duermen VII
Apoyó su nuca contra la pared y dejó que su cuerpo se deslizara lentamente hasta el piso. Miró la puerta de vitro cerrada sin hacer más que respirar. Sin parpadear se lamentaba lo difícil que era avanzar. No se sentía muy distinto de estar en una arena movediza. De hecho, parecía que entre más se esforzaba más se hundía. Y eso la volvía loca. El pensamiento era tan implacable que se convenció de que no había que seguir. No había nada más para hacer por ahora. Ella prefería ahogarse en silencio de alguna manera.
Caminó hasta la escalera pasos lentos y pesados. De repente se sintió cansada de todo, como si se hubiera olvidado de lo que motivada que se sentía hasta hacía un rato. No solo había estado motivada, sino ansiosa de que el tiempo pasara. Ahora miraba el reloj, que parecía volverse infinitamente lento, deseando solo que la aguja se moviera. Pero cerró las ventanas y las puertas, abrazó la oscuridad de su cuarto y el tiempo desapareció. No había medida ni unidad capaz de medir las horas en esa pieza. Miró el techo e imaginaba escenas de su vida como si fuera un película.
Ya era Lunes, y nada pasó.
——————————————————————
El frío se había obsesionado con la ciudad. No había manera que la dejara en paz. Se suponía que era primavera, pero a él no le interesaba demasiado. La gente salía con camperas pesadas a la calle todavía y puteaba cada vez que el micro tardaba demasiado.
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El frío se había obsesionado con la ciudad. No había manera que la dejara en paz. Se suponía que era primavera, pero a él no le interesaba demasiado. La gente salía con camperas pesadas a la calle todavía y puteaba cada vez que el micro tardaba demasiado.
Era Jueves. La rutina de los hermanos no se había modificado demasiado. De hecho, no había cambiado para nada. Algo llevó a que la hermana sintiera cosas en el estómago después de estar un rato pegada a la estufa. Afuera había nubes y eran cerca de las seis y media de la tarde. Adentro de la casa no había una sola luz prendida; ella estaba completamente a oscuras. Un escenario más que recurrente en los últimos meses.
La sensación en el estómago se volvió bastante más molesta. Sintió que alguien le revolvía la panza desde adentro. No tuvo demasiado tiempo de preocuparse que una necesidad repentina tomó protagonismo en su cabeza. Dejó el calor del comedor ir corriendo por el patio hasta el lavadero. Abrió las puertas de un mueble viejo y encontró lo que buscaba, los álbumes de fotos.
En un golpe de vista dedujo que había más de setenta u ochenta. También supo que iba a ser bastante difícil, y que si no se apuraba se iba a enfermar por el frío.
Ella era la mayor de los dos, por 6 años. Mientras vivía, su madre les había expresado varias veces que ella quiso tener tres hijos.
Los álbumes estaban apilados ahí, envueltos en polvo desde ya hacía muchos años. Imaginaba que nunca nadie se había tomado el tiempo de ordenarlos cronológicamente. Al meter mano en el asunto se encontró con toda una generación de fotos de cuándo ella era apenas una bebé. Las pasaba sin mirar ni pensar en nada; ella sentía que las fotos eran una especie de trampa, como hilos del pasados que nos querían convencer que antes todo era mejor y más brillante. No dio lugar a la nostalgia ni al verse vestida ni en guardapolvo ni en vestidos rosas. No era lo que estaba buscando.
Por más que revolviese, encontraba fotos de su infancia y esporádicamente algunas de la infancia de su hermano. Encontró algunas de él vestido del Zorro y arriba de una escoba con una espada de plástico y rió.
Tiritaba de frío y se impacientaba al no dar con lo que buscaba. Habiendo revisado la tercera decena de álbumes se encontró con el primer álbum de antes que ella naciera. Sin embargo este era demasiado viejo. Sus padres lucían looks de los ochentas y estaban en las fotos con un montón de familiares que ya no estaban —empezando por ellos mismos—. Estaban de vacaciones en Uruguay y también algunas en otras provincias de Argentina . Había varias álbumes viejos solo dedicados a Navidades y Nocheviejas. Podía contar con los dedos cuántas fotos había de su padre fumando y las que habían la definición de la cámara la hacía inservible, o el mismo flash al rebotar contra alguna superficie brillante arruinaba la nitidez. No tardó demasiado en volver a toparse con álbumes de su infancia y también con fotos bastante recientes. Para cuando el suelo era un mar de fotos desparramadas termino dando con la evidencia que buscaba. La imagen se le hacía surreal, un tanto como actuada. Esa foto tenía cerca de treinta años y parecía que la habían tomado el día anterior. No había ningun otro recuerdo de ese día, sólo aquel recorte de su padre tratando de tapar la cámara con su mano. Y en esa mano tenía un cigarrillo.
Tocó la puerta del cuarto de su hermano, pero no esperó ninguna invitación para pasar. Sin decir nada dejó la foto enfrente de él.
—Es de justo antes que nazca.—le dijo, explicándole. Su hermano se sacó los auriculares, miró la foto y se rascó la cabeza. Quiso dejar que encontrara él mismo la evidencia, pero la ansiedad le pudo más—Ahí, en la mano.
—Las manchas en los dedos eran de verdad —dijo en apenas un susurro.—¿Quién sacó la foto?
—Mamá... supongo.
—¿Qué onda esta ropa? No parece de la época. ¿Y el lugar? Creo que jamás vi ese comedor.
—Papá y mamá vivieron en varios lados antes de llegar acá, capaz vivieron en un depto por un par de semanas y ni ellos se acordaban. Lo que sí, la ropa me parece rarísimo.
Cruzaron las miradas buscando respuestas. Los dos conocían muy bien los álbumes de fotos. Cuándo eran más pequeños, cada vez que se cortaba la luz, encendían unas velas y traían las colecciones para verlas en familia.
—Estoy bastante seguro que nunca vi esta foto.
—¿Y la pose? ¿Estirando la mano para tapar la cámara?
—Sí, no sé. De última se estarían peleando, pero, ¿qué pasa con esto más allá de las manchas de las manos? ¿Qué querés?
—Pensé que te interesaba saber porqué papá había dejado de fumar.
—Sí—volvió a repetir—, ¿eso nomás? —dijo disponiéndose de nuevo frente a la computadora.
—No —se apuró a decir y el caudal de ideas y su lengua se descoordinaron— N-no. Hace bastante que me cuesta pensar con claridad. Y hace bastante que quiero saber que pensás hacer con todo esto.
—Y...—suspiró— no sé. Creo que no falta demasiado para que se termine arreglando solo y en un par de semanas miremos atrás y nos haya parecido una boludez por lo que nos preocupábamos. Eventualmente, si no pasa nada, iremos a un médico que nos recete pastillas y fin del problema.
—¿Le estás restando importancia?—dijo, resignada.
—Todo lo contrario —dijo seguro y conciso, pero mirando la pantalla—, nuestros padres murieron hace poco. Hace demasiado poco tiempo. Por alguna razón lo estamos metabolizando así, sin dormir.
—¿Y por qué no vamos mañana mismo a un médico? ¿No tenés miedo?
—Sabés que no me gustan los médicos, los fármacos, y menos las pastillas que me cuestan un huevo de tragar. No sé, para mí esto se va a arreglar sólo y no te lo estoy diciendo mal. No somos los únicos humanos que no duermen.
—Nunca lo dijiste en voz alta, pero yo sé que vos pensás que todo esto no es por nuestros papás. Qué no hay manera de que un luto dure lo que está durando. —dijo, y su hermano llevó sus manos a su cara, como si le hubiera golpeado el lugar más sensible.
—Si, pero cambié de opinión. —dijo volviendo a clavar la mirada en la pantalla.
—¿Y? —preguntó levantando sus manos hacia adelante.
—¿Y? —preguntó su hermano irónicamente—, no descubrís América dándote cuenta que la familia era disfuncional.
—¿Y?—volvió a decir ella, buscando más.
—Se murieron y jamás pudimos aclarar nada de lo que pasaba entre nosotros cuatro. Le encuentro sentido a que el luto mute de esta manera. Mirá, en algún momento el cuerpo va a decir basta y vamos a dormir veinte horas corridas.
—¿Vos no sentís que esto pasa por otro lado? Como con la foto.
—¿Qué tiene la foto?
—¿No te parece demasiado retorcido todo el asunto?
—Mmm...—su hermano corrió la vista para encontrarse con la ella, que lo miraba con los brazos cruzados. —No —dijo rebalsado de sinceridad. Clavó sus ojos ahora en los de ella, y el alma de su hermana se sintió apuñalada. Creía que nunca había visto una mirada tan seca y vacía.—, un par de coincidencias raras a lo sumo.
En silencio y herida, dio lentos pasos hacia el comedor que permanecía en oscuridad total.
Ella confirmó que su hermano ahora estaba a la deriva, y solo ella estaba a flote.
En un golpe de vista dedujo que había más de setenta u ochenta. También supo que iba a ser bastante difícil, y que si no se apuraba se iba a enfermar por el frío.
Ella era la mayor de los dos, por 6 años. Mientras vivía, su madre les había expresado varias veces que ella quiso tener tres hijos.
Los álbumes estaban apilados ahí, envueltos en polvo desde ya hacía muchos años. Imaginaba que nunca nadie se había tomado el tiempo de ordenarlos cronológicamente. Al meter mano en el asunto se encontró con toda una generación de fotos de cuándo ella era apenas una bebé. Las pasaba sin mirar ni pensar en nada; ella sentía que las fotos eran una especie de trampa, como hilos del pasados que nos querían convencer que antes todo era mejor y más brillante. No dio lugar a la nostalgia ni al verse vestida ni en guardapolvo ni en vestidos rosas. No era lo que estaba buscando.
Por más que revolviese, encontraba fotos de su infancia y esporádicamente algunas de la infancia de su hermano. Encontró algunas de él vestido del Zorro y arriba de una escoba con una espada de plástico y rió.
Tiritaba de frío y se impacientaba al no dar con lo que buscaba. Habiendo revisado la tercera decena de álbumes se encontró con el primer álbum de antes que ella naciera. Sin embargo este era demasiado viejo. Sus padres lucían looks de los ochentas y estaban en las fotos con un montón de familiares que ya no estaban —empezando por ellos mismos—. Estaban de vacaciones en Uruguay y también algunas en otras provincias de Argentina . Había varias álbumes viejos solo dedicados a Navidades y Nocheviejas. Podía contar con los dedos cuántas fotos había de su padre fumando y las que habían la definición de la cámara la hacía inservible, o el mismo flash al rebotar contra alguna superficie brillante arruinaba la nitidez. No tardó demasiado en volver a toparse con álbumes de su infancia y también con fotos bastante recientes. Para cuando el suelo era un mar de fotos desparramadas termino dando con la evidencia que buscaba. La imagen se le hacía surreal, un tanto como actuada. Esa foto tenía cerca de treinta años y parecía que la habían tomado el día anterior. No había ningun otro recuerdo de ese día, sólo aquel recorte de su padre tratando de tapar la cámara con su mano. Y en esa mano tenía un cigarrillo.
Tocó la puerta del cuarto de su hermano, pero no esperó ninguna invitación para pasar. Sin decir nada dejó la foto enfrente de él.
—Es de justo antes que nazca.—le dijo, explicándole. Su hermano se sacó los auriculares, miró la foto y se rascó la cabeza. Quiso dejar que encontrara él mismo la evidencia, pero la ansiedad le pudo más—Ahí, en la mano.
—Las manchas en los dedos eran de verdad —dijo en apenas un susurro.—¿Quién sacó la foto?
—Mamá... supongo.
—¿Qué onda esta ropa? No parece de la época. ¿Y el lugar? Creo que jamás vi ese comedor.
—Papá y mamá vivieron en varios lados antes de llegar acá, capaz vivieron en un depto por un par de semanas y ni ellos se acordaban. Lo que sí, la ropa me parece rarísimo.
Cruzaron las miradas buscando respuestas. Los dos conocían muy bien los álbumes de fotos. Cuándo eran más pequeños, cada vez que se cortaba la luz, encendían unas velas y traían las colecciones para verlas en familia.
—Estoy bastante seguro que nunca vi esta foto.
—¿Y la pose? ¿Estirando la mano para tapar la cámara?
—Sí, no sé. De última se estarían peleando, pero, ¿qué pasa con esto más allá de las manchas de las manos? ¿Qué querés?
—Pensé que te interesaba saber porqué papá había dejado de fumar.
—Sí—volvió a repetir—, ¿eso nomás? —dijo disponiéndose de nuevo frente a la computadora.
—No —se apuró a decir y el caudal de ideas y su lengua se descoordinaron— N-no. Hace bastante que me cuesta pensar con claridad. Y hace bastante que quiero saber que pensás hacer con todo esto.
—Y...—suspiró— no sé. Creo que no falta demasiado para que se termine arreglando solo y en un par de semanas miremos atrás y nos haya parecido una boludez por lo que nos preocupábamos. Eventualmente, si no pasa nada, iremos a un médico que nos recete pastillas y fin del problema.
—¿Le estás restando importancia?—dijo, resignada.
—Todo lo contrario —dijo seguro y conciso, pero mirando la pantalla—, nuestros padres murieron hace poco. Hace demasiado poco tiempo. Por alguna razón lo estamos metabolizando así, sin dormir.
—¿Y por qué no vamos mañana mismo a un médico? ¿No tenés miedo?
—Sabés que no me gustan los médicos, los fármacos, y menos las pastillas que me cuestan un huevo de tragar. No sé, para mí esto se va a arreglar sólo y no te lo estoy diciendo mal. No somos los únicos humanos que no duermen.
—Nunca lo dijiste en voz alta, pero yo sé que vos pensás que todo esto no es por nuestros papás. Qué no hay manera de que un luto dure lo que está durando. —dijo, y su hermano llevó sus manos a su cara, como si le hubiera golpeado el lugar más sensible.
—Si, pero cambié de opinión. —dijo volviendo a clavar la mirada en la pantalla.
—¿Y? —preguntó levantando sus manos hacia adelante.
—¿Y? —preguntó su hermano irónicamente—, no descubrís América dándote cuenta que la familia era disfuncional.
—¿Y?—volvió a decir ella, buscando más.
—Se murieron y jamás pudimos aclarar nada de lo que pasaba entre nosotros cuatro. Le encuentro sentido a que el luto mute de esta manera. Mirá, en algún momento el cuerpo va a decir basta y vamos a dormir veinte horas corridas.
—¿Vos no sentís que esto pasa por otro lado? Como con la foto.
—¿Qué tiene la foto?
—¿No te parece demasiado retorcido todo el asunto?
—Mmm...—su hermano corrió la vista para encontrarse con la ella, que lo miraba con los brazos cruzados. —No —dijo rebalsado de sinceridad. Clavó sus ojos ahora en los de ella, y el alma de su hermana se sintió apuñalada. Creía que nunca había visto una mirada tan seca y vacía.—, un par de coincidencias raras a lo sumo.
En silencio y herida, dio lentos pasos hacia el comedor que permanecía en oscuridad total.
Ella confirmó que su hermano ahora estaba a la deriva, y solo ella estaba a flote.
jueves, 13 de octubre de 2016
Hermanos que no duermen VI
Ella no sabía muy bien de donde venían las propiedades del mate que estimulaban la sociabilidad, pero sabía que era algo que simplemente no fallaba. Era hasta difícil de imaginarse dos personas no hablando mate de por medio.
Le hacía gracia dar vueltas sobre el asunto de esa bebida. No era más que agua caliente metida en yerba, con un poco de azúcar para los que tenían menos aguante. Una tradición tan tonta, podía tomar tanta relevancia y perdurar por las generaciones.
Cuando faltaron unos veinte minutos para que él llegara, puso la pava a calentarse y buscó la yerba en la alacena. Se quemó la mano cuando fue a sacar la pava del fuego; haciéndose evidente la falta de práctica. Sacó un cubo de hielo del freezer y se envolvió el dedo con un repasador, esperando que no se formara ampolla alguna.
El timing en este caso, fue perfecto.
Al mismo tiempo que ella dejaba caer el agua entre la yerba, se empezaron a escuchar los lentos pasos de las suelas de goma en el piso de cerámica. Un portazo casi rompe el vitro de la puerta que daba al hall. Su hermano tenía la vista clavada en el suelo, y apenas levantó la cabeza para verla. Se sentó en la silla y se desparramó contra el respaldo. Miró el techo y suspiró.
Su hermana no se impacientó porque supo que tenía la lengua suelta. Algo había pasado, y era preguntar acerca de ello la excusa perfecta para hablar. Tomó el primer sorbo de mate y se sintió como en un plaza al sol, en plena primavera.
—Hey, ¿qué pasa? —inquirió ella, extendiendo el recipiente.
—Nada, estoy un toque cansado —dijo sin mirarla, aun recostado en la silla.
—Creeme que no tengo nada mejor que hacer que hablar con vos en este momento. Podes contarme cualquier cosa, siempre que no tenga que ver con fútbol.
—Ojalá fuera fútbol, no estaría así.
—¿Entonces qué paso?
—Y... es complicado. —dijo suspirando y tomando un sorbo de mate. —Cosas del laburo.
Ella sintió por un segundo que iba a dar por el tema anclado en esa oración. "Es complicado." Iba a darle un sorbo al mate, pararse e irse a su pieza. Vio la imagen reproducirse en la cabeza. Por suerte, él incorporó una mejor postura en la silla y se aclaró la garganta. También le devolvió el mate. Y volvió a suspirar.
—¿Te acordás del pibe del laburo, este que cayó a dormir a casa por dos semanas en verano?
—Si, ahora mismo no me estaría acordando el nombre, pero no importa.
—Nada, pasaron cosas con el loco este —dijo.
—¿Qué hizo?¿Qué paso?
—Te tendría que poner en contexto. También te tendrías que acordar un poquito de la excusa malísima que se inventó para parar en casa. Qué Edelap le había cortado la luz, y que tampoco tenía agua. Era casi Marzo y ya no hacía tanto calor, cualquiera —dijo él, recapitulando cosas del pasado mientras sacudía la cabeza—. Cuestión, en ese momento él andaba en cosas turbias. Y le ofrecí que se quedara en casa para que tomara un respiro, un poco de distancia de todo. Como salir de su casa, y no sé, rescatarse.
Ella sirvió otro mate, y se lo alcanzó a su hermano.
—No sé hasta que punto te interesan los detalles —le dijo a su hermana mayor.
—Seguí, seguí —dijo girando su mano.
—Te diría que se estaba por matar para hacerla corta. No encontraba su norte, y no daba pie con bola. Intenté hacerlo sentirse lo mejor posible esas dos semanas y de ayudarlo en todo. Todo terminó saliendo para adelante, y en esas situaciones se crean lazos. Sabes que tengo mil conocidos, pero con muy poca gente son con las que pasan estas cosas —le dijo mirándola a los ojos.
—¿Y qué hizo?
—Ese es el problema, no hizo nada. Te juro que a veces prefiero una ofensa puntual a estas cosas. Porque sabría que es lo que tengo que perdonar. Es lo que te digo, la palabra clave acá es lazos. Y me dio a entender que esos lazos solamente se mantienen por conveniencia y que son tan descartables como los vasitos de café.
—¿Pero te lo dijo en caliente, estaban peleándose? —inquirió, empezando a entrar en la historia de su hermano de a poco.
—Ahí está el problema —dijo levantando los hombros y las manos—. No estamos peleados, ni enojados. Yo no estoy enojado —le dijo mirándola de nuevo a los ojos—. Me lo dijo de la misma manera que yo te digo que hoy es sábado. No es que lo tiró en joda, así es él y no me puedo enojar. Me siento para el carajo, pero no es calentura. Es decepción, o algo así. —dijo sin saber que palabra usar para describir lo que sentía en el pecho.
—¿Es para tanto? —quiso saber ella.
—Sí. Hoy se rompió algo, y no puedo volver a ver las cosas como antes.
Se armó un pequeño silencio y él miró un cuadro viejo que había a la derecha de su hermana. Nunca había entendido que era. Había una especie de paisaje, pero dibujado con una técnica que pensaba que se parecía a Picasso solo porqué se le hacía como dibujado por un nene. Había una especie de río y un arbusto verde enorme. Nunca le había gustado demasiado.
Bajó la mirada y vio el trapo amarillo a cuadras en las manos de su hermana.
—¿Qué te paso?
—Nada, me quemé con la pava como una boluda.
—¿Mate?—dijo él, mirando el recipiente que tenía en sus manos— ¿Desde cuándo?
—A veces me pinta —dijo encogiendo los hombros.
Su hermano agarró el control remoto y prendió la tele. Empezó a hacer zapping por todos los canales; recorrió desde el primer canal hasta el cincuenta y tantos, y se convenció de que no había nada. Giró la cabeza y vio que su hermana lo miraba sin decir nada.
—Esas dos semanas que este pibe se quedó en casa, fueron 14 días que solo velé para que él saliera adelante —le dijo mirándola, levantando las cejas—. Me dediqué casi por completo cada hora a él. Le hacía bien estar en el parque, al sol. Llevaba el tabaco para armar y fumábamos tirados en el pasto. Hacía años que no tocaba un pucho, pero fumé para acompañarlo. ¿Sabes? Odio el olor que me deja en las manos, es totalmente repulsivo.
—Eso lo heredaste de Papá.
—Había dejado de fumar por las manchas en las manos, ¿no?
—No sé cuál es la historia verdadera, lo único que sé es que cuando nací no volvió a fumar.
—Y pasábamos el día ahí —dijo volviendo a retomar la historia—. Como si fuéramos chicos que salen a jugar a la pelota a la tarde y vuelven a la casa cuando no hay un solo rayo de sol. Obviamente hablábamos, y mucho. Las horas se pasaban volando, y hablamos tanto que sentí que me había quedado sin secretos. Que no le podía mentir, y hasta la opinión más oscura y retorcida tenía lugar si él la escuchaba. Sentía que era recíproco, que él tampoco tenía más secretos ni vergüenzas que esconder.
—¿Tanto? —quiso saber.
—Si —dijo meneando la cabeza—, y esto pasó al segundo día ponele. Y se quedó 12 días más. Te diría que lo cuidé más que a cualquier novia. Fueron 336 horas junto a él. Un mini viaje de egresados, en casa, con menos alcohol y con muchas menos chicas vestidas de militar durmiendo al lado tuyo.
—El traje de militar es el menos original de todo Bariloche —dijo con una leve muesca de asco.
—Y el de preso ni te cuento —dijo riendo. Ella siempre había admirado la manera de abstraerse que tenía su hermano para terminar riéndose de todo.
—¿Y?¿Qué paso con el loco este? —preguntó rápido para no perder el hilo de la historia.
—Nada. Digamos que se rescató, salió de ahí. Nos seguimos llevando bien, bueno, hasta hoy supongo.
—¿Me podes decir qué carajo te dijo?
—No —le contestó con voz grave al recordar las palabras—, todavía no termino de procesarlo. Otro día, o más tarde, no quiero estar todo el día con esto dando vueltas en la cabeza.
—Lo decís como si llevaras una vida normal —dijo soltando un risa amarga.
—Creeme que no elegí esto de no dormir —la miró serio y se paró.
—¿Y qué está haciendo que ninguno de los dos pueda dormir?
—¿Vos me estás preguntando enserio? —dijo levantando la voz. —No tengo la más puta idea.
—¿Cuánto te pensás que vamos aguantar así?
—Lo suficiente para que se arregle —le dijo y le dio la espalda.
—¿Vas a dejar que esto se solucione solo? —ahora ella se levantó de la silla y clavó su mirada en la nuca de su hermano.
—Es una posibilidad. —suspiró y se alejó caminando lentamente. No hubo portazo, ni ruidos de suelas; se había quitado los zapatos.
Le hacía gracia dar vueltas sobre el asunto de esa bebida. No era más que agua caliente metida en yerba, con un poco de azúcar para los que tenían menos aguante. Una tradición tan tonta, podía tomar tanta relevancia y perdurar por las generaciones.
Cuando faltaron unos veinte minutos para que él llegara, puso la pava a calentarse y buscó la yerba en la alacena. Se quemó la mano cuando fue a sacar la pava del fuego; haciéndose evidente la falta de práctica. Sacó un cubo de hielo del freezer y se envolvió el dedo con un repasador, esperando que no se formara ampolla alguna.
El timing en este caso, fue perfecto.
Al mismo tiempo que ella dejaba caer el agua entre la yerba, se empezaron a escuchar los lentos pasos de las suelas de goma en el piso de cerámica. Un portazo casi rompe el vitro de la puerta que daba al hall. Su hermano tenía la vista clavada en el suelo, y apenas levantó la cabeza para verla. Se sentó en la silla y se desparramó contra el respaldo. Miró el techo y suspiró.
Su hermana no se impacientó porque supo que tenía la lengua suelta. Algo había pasado, y era preguntar acerca de ello la excusa perfecta para hablar. Tomó el primer sorbo de mate y se sintió como en un plaza al sol, en plena primavera.
—Hey, ¿qué pasa? —inquirió ella, extendiendo el recipiente.
—Nada, estoy un toque cansado —dijo sin mirarla, aun recostado en la silla.
—Creeme que no tengo nada mejor que hacer que hablar con vos en este momento. Podes contarme cualquier cosa, siempre que no tenga que ver con fútbol.
—Ojalá fuera fútbol, no estaría así.
—¿Entonces qué paso?
—Y... es complicado. —dijo suspirando y tomando un sorbo de mate. —Cosas del laburo.
Ella sintió por un segundo que iba a dar por el tema anclado en esa oración. "Es complicado." Iba a darle un sorbo al mate, pararse e irse a su pieza. Vio la imagen reproducirse en la cabeza. Por suerte, él incorporó una mejor postura en la silla y se aclaró la garganta. También le devolvió el mate. Y volvió a suspirar.
—¿Te acordás del pibe del laburo, este que cayó a dormir a casa por dos semanas en verano?
—Si, ahora mismo no me estaría acordando el nombre, pero no importa.
—Nada, pasaron cosas con el loco este —dijo.
—¿Qué hizo?¿Qué paso?
—Te tendría que poner en contexto. También te tendrías que acordar un poquito de la excusa malísima que se inventó para parar en casa. Qué Edelap le había cortado la luz, y que tampoco tenía agua. Era casi Marzo y ya no hacía tanto calor, cualquiera —dijo él, recapitulando cosas del pasado mientras sacudía la cabeza—. Cuestión, en ese momento él andaba en cosas turbias. Y le ofrecí que se quedara en casa para que tomara un respiro, un poco de distancia de todo. Como salir de su casa, y no sé, rescatarse.
Ella sirvió otro mate, y se lo alcanzó a su hermano.
—No sé hasta que punto te interesan los detalles —le dijo a su hermana mayor.
—Seguí, seguí —dijo girando su mano.
—Te diría que se estaba por matar para hacerla corta. No encontraba su norte, y no daba pie con bola. Intenté hacerlo sentirse lo mejor posible esas dos semanas y de ayudarlo en todo. Todo terminó saliendo para adelante, y en esas situaciones se crean lazos. Sabes que tengo mil conocidos, pero con muy poca gente son con las que pasan estas cosas —le dijo mirándola a los ojos.
—¿Y qué hizo?
—Ese es el problema, no hizo nada. Te juro que a veces prefiero una ofensa puntual a estas cosas. Porque sabría que es lo que tengo que perdonar. Es lo que te digo, la palabra clave acá es lazos. Y me dio a entender que esos lazos solamente se mantienen por conveniencia y que son tan descartables como los vasitos de café.
—¿Pero te lo dijo en caliente, estaban peleándose? —inquirió, empezando a entrar en la historia de su hermano de a poco.
—Ahí está el problema —dijo levantando los hombros y las manos—. No estamos peleados, ni enojados. Yo no estoy enojado —le dijo mirándola de nuevo a los ojos—. Me lo dijo de la misma manera que yo te digo que hoy es sábado. No es que lo tiró en joda, así es él y no me puedo enojar. Me siento para el carajo, pero no es calentura. Es decepción, o algo así. —dijo sin saber que palabra usar para describir lo que sentía en el pecho.
—¿Es para tanto? —quiso saber ella.
—Sí. Hoy se rompió algo, y no puedo volver a ver las cosas como antes.
Se armó un pequeño silencio y él miró un cuadro viejo que había a la derecha de su hermana. Nunca había entendido que era. Había una especie de paisaje, pero dibujado con una técnica que pensaba que se parecía a Picasso solo porqué se le hacía como dibujado por un nene. Había una especie de río y un arbusto verde enorme. Nunca le había gustado demasiado.
Bajó la mirada y vio el trapo amarillo a cuadras en las manos de su hermana.
—¿Qué te paso?
—Nada, me quemé con la pava como una boluda.
—¿Mate?—dijo él, mirando el recipiente que tenía en sus manos— ¿Desde cuándo?
—A veces me pinta —dijo encogiendo los hombros.
Su hermano agarró el control remoto y prendió la tele. Empezó a hacer zapping por todos los canales; recorrió desde el primer canal hasta el cincuenta y tantos, y se convenció de que no había nada. Giró la cabeza y vio que su hermana lo miraba sin decir nada.
—Esas dos semanas que este pibe se quedó en casa, fueron 14 días que solo velé para que él saliera adelante —le dijo mirándola, levantando las cejas—. Me dediqué casi por completo cada hora a él. Le hacía bien estar en el parque, al sol. Llevaba el tabaco para armar y fumábamos tirados en el pasto. Hacía años que no tocaba un pucho, pero fumé para acompañarlo. ¿Sabes? Odio el olor que me deja en las manos, es totalmente repulsivo.
—Eso lo heredaste de Papá.
—Había dejado de fumar por las manchas en las manos, ¿no?
—No sé cuál es la historia verdadera, lo único que sé es que cuando nací no volvió a fumar.
—Y pasábamos el día ahí —dijo volviendo a retomar la historia—. Como si fuéramos chicos que salen a jugar a la pelota a la tarde y vuelven a la casa cuando no hay un solo rayo de sol. Obviamente hablábamos, y mucho. Las horas se pasaban volando, y hablamos tanto que sentí que me había quedado sin secretos. Que no le podía mentir, y hasta la opinión más oscura y retorcida tenía lugar si él la escuchaba. Sentía que era recíproco, que él tampoco tenía más secretos ni vergüenzas que esconder.
—¿Tanto? —quiso saber.
—Si —dijo meneando la cabeza—, y esto pasó al segundo día ponele. Y se quedó 12 días más. Te diría que lo cuidé más que a cualquier novia. Fueron 336 horas junto a él. Un mini viaje de egresados, en casa, con menos alcohol y con muchas menos chicas vestidas de militar durmiendo al lado tuyo.
—El traje de militar es el menos original de todo Bariloche —dijo con una leve muesca de asco.
—Y el de preso ni te cuento —dijo riendo. Ella siempre había admirado la manera de abstraerse que tenía su hermano para terminar riéndose de todo.
—¿Y?¿Qué paso con el loco este? —preguntó rápido para no perder el hilo de la historia.
—Nada. Digamos que se rescató, salió de ahí. Nos seguimos llevando bien, bueno, hasta hoy supongo.
—¿Me podes decir qué carajo te dijo?
—No —le contestó con voz grave al recordar las palabras—, todavía no termino de procesarlo. Otro día, o más tarde, no quiero estar todo el día con esto dando vueltas en la cabeza.
—Lo decís como si llevaras una vida normal —dijo soltando un risa amarga.
—Creeme que no elegí esto de no dormir —la miró serio y se paró.
—¿Y qué está haciendo que ninguno de los dos pueda dormir?
—¿Vos me estás preguntando enserio? —dijo levantando la voz. —No tengo la más puta idea.
—¿Cuánto te pensás que vamos aguantar así?
—Lo suficiente para que se arregle —le dijo y le dio la espalda.
—¿Vas a dejar que esto se solucione solo? —ahora ella se levantó de la silla y clavó su mirada en la nuca de su hermano.
—Es una posibilidad. —suspiró y se alejó caminando lentamente. No hubo portazo, ni ruidos de suelas; se había quitado los zapatos.
lunes, 19 de septiembre de 2016
Hermanos que no duermen V
Era difícil volver a armar una relación desde cero. Se les complicó abrir la boca cuando se encontraron en la mañana del sábado. Él estaba sentado en la mesa untando miel en las tostadas cuando ella bajó de la escalera. No es que se había despertado después que su hermano, sino que prefirió pasar el tiempo en su cama reorganizando sus ideas.
El televisor ya estaba prendido y ella se sentó discreta en la mesa, sentándose a la izquierda de él. No dijo nada y miró, guardando silencio.
No estaba realmente mirando que pasaba en la pantalla, tenía la vista clavada en un punto infinito intentando hilar su primera línea. Su cabeza cansada daba mil vueltas sobre el mismo asunto. No entendía como hablar con su hermano podía convertirse en una tarea tan difícil. Abría la boca, amagando a hablar, pero retrocedía en sus pasos. Se mojaba los labios y seguía con la vista atrapada en la pantalla. El tiempo voló. Volvió en sí cuando su hermano se levantó de la silla con la bandeja de tostadas vacía. Él dejó todo en la mesada y al darse vuelta cruzó miradas con su hermana. Ella movió la cabeza en un instante, clavando la mirada en el mantel de la mesa. Su hermano la contempló por unos largos segundos antes de encaminarse a su pieza. Cuándo escuchó los pasos alejarse, suspiró y se llevó las manos a la cara. En silencio ella también se fue a su cuarto. Aunque él no pensaba en nada en particular y se preparaba para trabajar las cuatro horas de los sábados, ella le estaba desesperando el no poder hablar. Cuando encaró la escalera, apretó las muelas y los puños. No quería —ni podía— seguir sufriendo. Se propuso hablarle, de la manera que sea. Ese mismo día, la próxima vez que lo vea. Sentía de que de alguna manera juntos iban a sacar todo adelante. Estaban lejos de tener un plan o algo parecido a una estrategia. No habían demasiadas ganas de pensar en largo plazo cuando el corto plazo es total incertidumbre. Su única certeza era esa, en un par de horas iba a hablar con su hermano sobre absolutamente todo.
Abrió las persianas, hizo la cama. Ordenó la ropa tirada en el piso y se bañó. Ella no trabajaba los fines de semana.
Se bañó con agua helada por primera vez en toda su vida. Había escuchado que el frío ayudaba a concentrarse y todo lo que quería hacer era sacarse ese nudo de pensamientos que tenía. No se sentía distinto a tratar de desatar los cables de las luces de navidad con los ojos tapados. Apenas podía tomar distancia de lo que era, de lo que pasaba. Habían sido cuatro meses de impotencia en todos los sentidos. Se sentía una autómata. Un títere que alguien más manejaba desde otro plano. Y no quería ni pensar en cuanto tiempo les quedaba si esto no mejoraba. Para ese punto, creía que ni un balde de morfina la podría hacer dormir más de dos horas. Tanto ella como él tenían cierta resistencia de ir al médico. Un miedo injustificado, casi una fobia. Para este caso se cumplía la regla de que la ignorancia es felicidad. Ir al médico para escuchar que nunca iba a poder volver a dormir sin pastillas que la sedaran todo el día iba a ser demasiado. En un pico de lucidez, notó cuan lento estaba funcionando su cabeza y cuanto le costaba poder pensar por cinco minutos seguidos. Cuando salió de la ducha y vio el reflejo en el cristal sin empañar, quiso que las ojeras no existieran y tuvo el impulso de querer arrancarse los párpados.
Entendió lo pesada de la carga que llevaba en su espalda. Entendió que tenía que salir, como sea.
Comió las sobras de las pizzas del día anterior y esperó sentada en la mesa hasta que se hartó. Salió a buscar el calor del sol en el patio, deseando que ninguna nube se interfiera con sus planes. El jardín era un desastre, si habían cortado el pasto una vez desde la tragedia era mucho. Se sentó en un pequeño escalón de piedra, y esperó.
No era nada parecido a lo que recordaba como tomar sol. Llegar bien el verano, bronceada, la vitamina D. Todo parecía tan irrelevante ahora. Ni siquiera estaba relajada en el proceso. Pegó sus piernas a su pecho y las rodeó con sus brazos. Apoyó su cara en hueco entre rodilla y rodilla y miró la desprolijidad del jardín. Divagó en sus pensamientos, que por primera vez en el día le permitían distraerse.
El televisor ya estaba prendido y ella se sentó discreta en la mesa, sentándose a la izquierda de él. No dijo nada y miró, guardando silencio.
No estaba realmente mirando que pasaba en la pantalla, tenía la vista clavada en un punto infinito intentando hilar su primera línea. Su cabeza cansada daba mil vueltas sobre el mismo asunto. No entendía como hablar con su hermano podía convertirse en una tarea tan difícil. Abría la boca, amagando a hablar, pero retrocedía en sus pasos. Se mojaba los labios y seguía con la vista atrapada en la pantalla. El tiempo voló. Volvió en sí cuando su hermano se levantó de la silla con la bandeja de tostadas vacía. Él dejó todo en la mesada y al darse vuelta cruzó miradas con su hermana. Ella movió la cabeza en un instante, clavando la mirada en el mantel de la mesa. Su hermano la contempló por unos largos segundos antes de encaminarse a su pieza. Cuándo escuchó los pasos alejarse, suspiró y se llevó las manos a la cara. En silencio ella también se fue a su cuarto. Aunque él no pensaba en nada en particular y se preparaba para trabajar las cuatro horas de los sábados, ella le estaba desesperando el no poder hablar. Cuando encaró la escalera, apretó las muelas y los puños. No quería —ni podía— seguir sufriendo. Se propuso hablarle, de la manera que sea. Ese mismo día, la próxima vez que lo vea. Sentía de que de alguna manera juntos iban a sacar todo adelante. Estaban lejos de tener un plan o algo parecido a una estrategia. No habían demasiadas ganas de pensar en largo plazo cuando el corto plazo es total incertidumbre. Su única certeza era esa, en un par de horas iba a hablar con su hermano sobre absolutamente todo.
Abrió las persianas, hizo la cama. Ordenó la ropa tirada en el piso y se bañó. Ella no trabajaba los fines de semana.
Se bañó con agua helada por primera vez en toda su vida. Había escuchado que el frío ayudaba a concentrarse y todo lo que quería hacer era sacarse ese nudo de pensamientos que tenía. No se sentía distinto a tratar de desatar los cables de las luces de navidad con los ojos tapados. Apenas podía tomar distancia de lo que era, de lo que pasaba. Habían sido cuatro meses de impotencia en todos los sentidos. Se sentía una autómata. Un títere que alguien más manejaba desde otro plano. Y no quería ni pensar en cuanto tiempo les quedaba si esto no mejoraba. Para ese punto, creía que ni un balde de morfina la podría hacer dormir más de dos horas. Tanto ella como él tenían cierta resistencia de ir al médico. Un miedo injustificado, casi una fobia. Para este caso se cumplía la regla de que la ignorancia es felicidad. Ir al médico para escuchar que nunca iba a poder volver a dormir sin pastillas que la sedaran todo el día iba a ser demasiado. En un pico de lucidez, notó cuan lento estaba funcionando su cabeza y cuanto le costaba poder pensar por cinco minutos seguidos. Cuando salió de la ducha y vio el reflejo en el cristal sin empañar, quiso que las ojeras no existieran y tuvo el impulso de querer arrancarse los párpados.
Entendió lo pesada de la carga que llevaba en su espalda. Entendió que tenía que salir, como sea.
Comió las sobras de las pizzas del día anterior y esperó sentada en la mesa hasta que se hartó. Salió a buscar el calor del sol en el patio, deseando que ninguna nube se interfiera con sus planes. El jardín era un desastre, si habían cortado el pasto una vez desde la tragedia era mucho. Se sentó en un pequeño escalón de piedra, y esperó.
No era nada parecido a lo que recordaba como tomar sol. Llegar bien el verano, bronceada, la vitamina D. Todo parecía tan irrelevante ahora. Ni siquiera estaba relajada en el proceso. Pegó sus piernas a su pecho y las rodeó con sus brazos. Apoyó su cara en hueco entre rodilla y rodilla y miró la desprolijidad del jardín. Divagó en sus pensamientos, que por primera vez en el día le permitían distraerse.
miércoles, 7 de septiembre de 2016
Hermanos que no duermen IV
Ella se paró con las manos en la cara, tapándose los ojos. Caminó con pequeños pasos hacía atrás, hasta que chocó su cadera contra la ventana. Los cristales estaban empañados por las bajas temperaturas que no querían desprenderse de la ciudad. Las lágrimas hirviendo, cargadas de emociones, llegaban al piso casi congeladas. Él no la miraba, intentaba volver a llenar sus pulmones de aire y aclarar su garganta. No sabía cuánto tiempo la escena se mantuvo así de monótona, solo ambientada por sus inhalaciones profundas, el llanto explosivo de su hermana y el ventilador de la computadora que funcionaba mal. Ella lloraba con ganas, gimiendo de dolor. Su cara se había contraído en una mueca de desesperación eterna.
Él acomodó sus ideas bastante más rápido, pero se mantuvo cabizbajo. No se creía capaz de ver a su hermana a los ojos así. Miró las luces del router apagarse y prenderse por un tiempo indefinido. Junto sus manos en su regazo y jugó con los pulgares.
Eventualmente, el llanto terminó. Ella tenía marcada en su rostro el camino que hacían las lágrimas para llegar al suelo; él ya se las había secado.
Cuándo reinó el silencio por fin, la hermana fue quién abrió la boca.
—¿Desde cuándo? —quiso saber. Movió la cabeza hacía adelante en un movimiento apenas perceptible. Mantuvo su mirada pegada en sus pies descalzos, desprotegidos. Su rostro aun estaba rojo e hirviendo.
—Cuatros meses—dijo después de un pequeño silencio—, como mínimo.
Ella asintió lentamente y volvió a llorar. Pero no había gemidos ahora, y su cara mantenía una expresión maso-menos neutra. Con la mirada clavada en el piso todavía, dejaba fluir las lágrimas que ahora eran mucho más pesadas. Cómo si estuviera llorando por otra causa, ahora en vez de agua parecían un material mucho más denso. Y caían con tibieza y delicadeza, muy despacio. Eran como si llorara miel. Pero no había una sola pizca de dulzura, eran agrias. Muy agrias. Más bien parecían lágrimas de alquitrán.
Ninguno de los dos se animó a mirar al otro a la cara. Habían pasado mucho tiempo usando una máscara que se acababan de sacar. Y, a pesar de conocerse hace más de veinte, ninguno reconocía el rostro que había detrás de la careta. Veinte años y no sabían nada del otro. Se sentían realmente solos a pesar de que se tenían entre ellos. Necesitaron ciento cuarenta y tres noches de insomnio para notarlo.
Aunque, ninguno tuvo la iniciativa esa noche. Ambos cabizbajos dejaron la escena en silencio; ella girando a la derecha para encerrarse a su cuarto, y él a la izquierda, bajando la escalera.
Ambos, por separados, agradecieron no echarse la culpa uno al otro, por tanto tiempo de falta de tacto, tanta soledad mal camuflada. Lo que él sentía, finalmente se cumplió. Ese día, algo cambió. El elefante en el living —llamado insomnio— se desenmascaró y lo invitaron cordialmente a que empezara a cenar con ellos. No era necesario que siguiera siendo un polizón.
Quizá, cuando cenaran y estén los tres en la mesa podrían invitarlo también a que se vaya después de comer el postre. Los hermanos no tenían ninguna intención de que se quedara a hacer sobremesa. Su presencia no era grata. Quizá y solo quizá, entre los dos podrían sacarlo a patadas de la casa. O también podría volverse uno más de la familia.
Él acomodó sus ideas bastante más rápido, pero se mantuvo cabizbajo. No se creía capaz de ver a su hermana a los ojos así. Miró las luces del router apagarse y prenderse por un tiempo indefinido. Junto sus manos en su regazo y jugó con los pulgares.
Eventualmente, el llanto terminó. Ella tenía marcada en su rostro el camino que hacían las lágrimas para llegar al suelo; él ya se las había secado.
Cuándo reinó el silencio por fin, la hermana fue quién abrió la boca.
—¿Desde cuándo? —quiso saber. Movió la cabeza hacía adelante en un movimiento apenas perceptible. Mantuvo su mirada pegada en sus pies descalzos, desprotegidos. Su rostro aun estaba rojo e hirviendo.
—Cuatros meses—dijo después de un pequeño silencio—, como mínimo.
Ella asintió lentamente y volvió a llorar. Pero no había gemidos ahora, y su cara mantenía una expresión maso-menos neutra. Con la mirada clavada en el piso todavía, dejaba fluir las lágrimas que ahora eran mucho más pesadas. Cómo si estuviera llorando por otra causa, ahora en vez de agua parecían un material mucho más denso. Y caían con tibieza y delicadeza, muy despacio. Eran como si llorara miel. Pero no había una sola pizca de dulzura, eran agrias. Muy agrias. Más bien parecían lágrimas de alquitrán.
Ninguno de los dos se animó a mirar al otro a la cara. Habían pasado mucho tiempo usando una máscara que se acababan de sacar. Y, a pesar de conocerse hace más de veinte, ninguno reconocía el rostro que había detrás de la careta. Veinte años y no sabían nada del otro. Se sentían realmente solos a pesar de que se tenían entre ellos. Necesitaron ciento cuarenta y tres noches de insomnio para notarlo.
Aunque, ninguno tuvo la iniciativa esa noche. Ambos cabizbajos dejaron la escena en silencio; ella girando a la derecha para encerrarse a su cuarto, y él a la izquierda, bajando la escalera.
Ambos, por separados, agradecieron no echarse la culpa uno al otro, por tanto tiempo de falta de tacto, tanta soledad mal camuflada. Lo que él sentía, finalmente se cumplió. Ese día, algo cambió. El elefante en el living —llamado insomnio— se desenmascaró y lo invitaron cordialmente a que empezara a cenar con ellos. No era necesario que siguiera siendo un polizón.
Quizá, cuando cenaran y estén los tres en la mesa podrían invitarlo también a que se vaya después de comer el postre. Los hermanos no tenían ninguna intención de que se quedara a hacer sobremesa. Su presencia no era grata. Quizá y solo quizá, entre los dos podrían sacarlo a patadas de la casa. O también podría volverse uno más de la familia.
sábado, 3 de septiembre de 2016
Hermanos que no duermen II
Ambos estaban despiertos cuándo la lluvia se largó en plena madrugada. Él de inmediato apuntó a la cama, queriendo aprovechar el ruido de lluvia —tanto el agua en sí como los truenos— ya que lograba dormir mejor así. Ella, en cambió, desenchufó todos los aparatos de la casa y se quedó mirando la tormenta a través de la ventana. Siempre había tenido miedo a que un rayo cayera en la casa y volaticé todo lo que estuviera conectado a la red eléctrica. También pensaba que eso desembocaba directamente en un incendio voraz en la casa. El miedo no era a morir, la imagen que se reproducía y perturbaba su cabeza era la del pasillo que daba a la escalera envuelto en fuego. No tenían un matafuegos y el teléfono estaba muy lejos. Ella sobreviviría al incendio, miraría desde la vereda la casa siendo devorada por el fuego. Sin embargo la peor escena para ella seguía siendo el despertar y ver el fuego tomando lo que toda su vida conoció como hogar.
No veía con tan malos ojos que las llamas la alcanzarán mientras no se percataba de nada. Imaginaba el rayo golpeando el techo de la casa y rebalsando de electricidad todo el circuito local. Si había un artefacto que iba a explotar era el velador de al lado de su cama. Con el que alumbraba sus libros. Y esos mismos libros se prendían con el chispazo que generó el velador. Junto con los libros, la mesa de luz. Junto con la mesa de su luz, su pelo y su cama. Ese invierno estaba siendo tan frío que la idea de que el fuego la cubriese sin despertarla sonaba como un buen partido.
Los truenos no eran más que una amenaza lejana que regurgitaba en el horizonte. Pegó su cara al vidrio de la ventana y cerró los ojos. Pensó en porqué las nubes se veían de ese rojo muy oscuro por la madrugada. No sabía que causaba el fenómeno, e hiló un par de ideas en su cabeza. Pensó en las frecuencia de las ondas de luz del sol, los rayos ultravioletas y la contaminación lumínica. No llegó a darle algún tipo de relación que su mente ya había caído en un negro oscuro de sueño. La hora de dormir ya había llegado y no se había percatado.
Se despertó antes de que sonara la alarma con un dolor en el cuello propio al dormirse sentada contra la ventana. La alarma había dejado de ser un instrumento para sacarla del sueño. Ella la utilizaba para saber cuánto tiempo estaba durmiendo. La alarma había estado siempre puesta a las 8.05am y ella sabía que siempre se dormía a eso de las 5.30am. En los últimos meses empezó a notar que el sueño se le estaba acortando. Se levantaba al baño, taciturna, y al volver todavía faltaban unos minutos para que la alarma sonase. Cada día la brecha se hacía un par de segundos más corta, llegando a la marca actual de diecisiete minutos. Y no podía dormir más aunque quisiera. Ya había probado faltando al trabajo y quedarse tirada en la cama. Por más cómoda que la cama parecía, haciendo parecer que dormir iba a ser una tarea fácil, sus ojos se comenzaban a secar y se quedaba mirando el techo, inmóvil. Así pasaban las horas, 8,9,10,11 de la mañana y hasta el mediodía. Las veces que intentaba dormir más de lo que su cuerpo le permitía, pasando cinco horas en la cama sin hacerse amiga del sueño, no podía evitar llorar de impotencia. Para esta altura, el trabajo se había convertido en una manera de no sentirse así. Evitaba el tiempo envuelta en la cama, que la seducía con su suave confort, para que luego no pasara nada.
La tormenta se disipó después de las dos de la tarde y un sol radiante hizo su aparición como si derritiera todas las nubes. Ese día él había dormido bastante bien gracias a la lluvia, y por su buen humor optó por tomarse un micro que lo dejaba a un par de cuadras de casa, pero pasaba por el parque. No era fanático del barro y los charcos, simplemente quería pasar por el parque un rato. El recorrido era completamente distinto y llegaba a casa por el lado derecho, lado que él jamás usaba. Tanto el supermercado, la parada de micros y el kiosco estaba para el lado izquierdo. Al llegar a su casa notó algo que lo sacó de lugar por completo. Miró sin poder comprender que carajo pasaba y pasó unos buenos treinta o cuarenta segundos con la vista clavada en el garaje de su vecino. No era miedo, pero ahora se encontraba realmente molesto.
Abrió la puerta y trató de no parecer apurado. Dejó todo arriba de la mesa y caminó con cuanta calma pudo por las escaleras. Quiso hablarle a su hermana sobre otra cosa antes de contarle lo que acababa de ver. Pero no pudo.
—Che, ¿viste el cráneo pintado con rayas rojas que tiene colgado en el garaje el tipo de al lado? Explícame por favor que está flashando este salame —dijo con una pequeña risita al final, camuflando la bola de sentimientos que se le cruzaban en ese momento.
—Sí, ¿nunca la habías visto? Está hace un par ya... —dijo ella sin darle importancia en absoluto.
—¿Hace un par? Nunca me dijiste nada.
—Y, la verdad que no me interesa si el vecino tiene mal gusto o no entiende nada de feng shui.
—Pero este tipo es un desubicado —dijo gritando—.Te pido por favor que me expliques que carajo hace con un cráneo de vaca colgado en el garaje. Ya mismo lo estoy yendo a buscar.
—¡Bajá un cambio, che! —le dijo contestándole en el mismo tono que él había usado— , no te metas ahí, el loco anda en cosas turbias. No te cambia nada que tenga esa cosa de adorno, anda a saber si es algo que cazó o alguna antigüedad.
—¿Me vas a decir que no es un pelotudo?
—Sí, es un pelotudo. ¿Estás contento?
—La verdad que tener eso ahí me rompe mucho las pelotas, pero te voy a hacer caso —dijo soltando un largo suspiro al final y bajó las escaleras.
Justo después de discutir, se le vino a la cabeza la posibilidad de que las líneas rojas estuvieran pintadas con sangre. Un escalofrío lo sacudió de pies a cabeza. Terminó poniendo la música a todo volumen para sacarse esas ideas de la cabeza. Con un poco de suerte se olvidaría del cráneo, y de paso le arruinaría la siesta al vecino. Siesta que él no podía dormir.
No veía con tan malos ojos que las llamas la alcanzarán mientras no se percataba de nada. Imaginaba el rayo golpeando el techo de la casa y rebalsando de electricidad todo el circuito local. Si había un artefacto que iba a explotar era el velador de al lado de su cama. Con el que alumbraba sus libros. Y esos mismos libros se prendían con el chispazo que generó el velador. Junto con los libros, la mesa de luz. Junto con la mesa de su luz, su pelo y su cama. Ese invierno estaba siendo tan frío que la idea de que el fuego la cubriese sin despertarla sonaba como un buen partido.
Los truenos no eran más que una amenaza lejana que regurgitaba en el horizonte. Pegó su cara al vidrio de la ventana y cerró los ojos. Pensó en porqué las nubes se veían de ese rojo muy oscuro por la madrugada. No sabía que causaba el fenómeno, e hiló un par de ideas en su cabeza. Pensó en las frecuencia de las ondas de luz del sol, los rayos ultravioletas y la contaminación lumínica. No llegó a darle algún tipo de relación que su mente ya había caído en un negro oscuro de sueño. La hora de dormir ya había llegado y no se había percatado.
Se despertó antes de que sonara la alarma con un dolor en el cuello propio al dormirse sentada contra la ventana. La alarma había dejado de ser un instrumento para sacarla del sueño. Ella la utilizaba para saber cuánto tiempo estaba durmiendo. La alarma había estado siempre puesta a las 8.05am y ella sabía que siempre se dormía a eso de las 5.30am. En los últimos meses empezó a notar que el sueño se le estaba acortando. Se levantaba al baño, taciturna, y al volver todavía faltaban unos minutos para que la alarma sonase. Cada día la brecha se hacía un par de segundos más corta, llegando a la marca actual de diecisiete minutos. Y no podía dormir más aunque quisiera. Ya había probado faltando al trabajo y quedarse tirada en la cama. Por más cómoda que la cama parecía, haciendo parecer que dormir iba a ser una tarea fácil, sus ojos se comenzaban a secar y se quedaba mirando el techo, inmóvil. Así pasaban las horas, 8,9,10,11 de la mañana y hasta el mediodía. Las veces que intentaba dormir más de lo que su cuerpo le permitía, pasando cinco horas en la cama sin hacerse amiga del sueño, no podía evitar llorar de impotencia. Para esta altura, el trabajo se había convertido en una manera de no sentirse así. Evitaba el tiempo envuelta en la cama, que la seducía con su suave confort, para que luego no pasara nada.
La tormenta se disipó después de las dos de la tarde y un sol radiante hizo su aparición como si derritiera todas las nubes. Ese día él había dormido bastante bien gracias a la lluvia, y por su buen humor optó por tomarse un micro que lo dejaba a un par de cuadras de casa, pero pasaba por el parque. No era fanático del barro y los charcos, simplemente quería pasar por el parque un rato. El recorrido era completamente distinto y llegaba a casa por el lado derecho, lado que él jamás usaba. Tanto el supermercado, la parada de micros y el kiosco estaba para el lado izquierdo. Al llegar a su casa notó algo que lo sacó de lugar por completo. Miró sin poder comprender que carajo pasaba y pasó unos buenos treinta o cuarenta segundos con la vista clavada en el garaje de su vecino. No era miedo, pero ahora se encontraba realmente molesto.
Abrió la puerta y trató de no parecer apurado. Dejó todo arriba de la mesa y caminó con cuanta calma pudo por las escaleras. Quiso hablarle a su hermana sobre otra cosa antes de contarle lo que acababa de ver. Pero no pudo.
—Che, ¿viste el cráneo pintado con rayas rojas que tiene colgado en el garaje el tipo de al lado? Explícame por favor que está flashando este salame —dijo con una pequeña risita al final, camuflando la bola de sentimientos que se le cruzaban en ese momento.
—Sí, ¿nunca la habías visto? Está hace un par ya... —dijo ella sin darle importancia en absoluto.
—¿Hace un par? Nunca me dijiste nada.
—Y, la verdad que no me interesa si el vecino tiene mal gusto o no entiende nada de feng shui.
—Pero este tipo es un desubicado —dijo gritando—.Te pido por favor que me expliques que carajo hace con un cráneo de vaca colgado en el garaje. Ya mismo lo estoy yendo a buscar.
—¡Bajá un cambio, che! —le dijo contestándole en el mismo tono que él había usado— , no te metas ahí, el loco anda en cosas turbias. No te cambia nada que tenga esa cosa de adorno, anda a saber si es algo que cazó o alguna antigüedad.
—¿Me vas a decir que no es un pelotudo?
—Sí, es un pelotudo. ¿Estás contento?
—La verdad que tener eso ahí me rompe mucho las pelotas, pero te voy a hacer caso —dijo soltando un largo suspiro al final y bajó las escaleras.
Justo después de discutir, se le vino a la cabeza la posibilidad de que las líneas rojas estuvieran pintadas con sangre. Un escalofrío lo sacudió de pies a cabeza. Terminó poniendo la música a todo volumen para sacarse esas ideas de la cabeza. Con un poco de suerte se olvidaría del cráneo, y de paso le arruinaría la siesta al vecino. Siesta que él no podía dormir.
domingo, 28 de agosto de 2016
Hermanos que no duermen III
Desde la muerte de sus padres, él no era demasiado fanático de
salir en los findes de semana. Se le antojaba cuadrado y monótono—inclusive más
que su propia rutina—. Pero ese viernes su teléfono sonó a eso de las nueve de
la noche y una voz lo convenció de que saliera. Ni siquiera fue la
voz, el sentía que esa noche algo iba a ser distinto. Qué algo iba a cambiar.
El salir se había convertido en todo un ritual. Primero pedían una
pizza para compartir con ella, miraban la primera parte de las pelis que
arrancan a las 22 en la tele y después se entraba a bañar. Abría el agua
caliente hasta el tope para llenar todo el baño de vapor, empañando por completo el espejo. Una vez que entraba
empezaba a bajar poco a poco la temperatura del agua. Cada segundo era un poco
más fría al tacto de su cuerpo, que se llenaba de escalofríos cada vez que
pensaba en que había menos de 10 grados afuera. Luego de salir —con el agua
completamente congelada— se miraba al espejo para ver cuán mal estaban sus
ojeras. Para este punto en su reflejo el veía bolsas enormes colgando de sus
párpados, pero esa noche no le importó demasiado. Una parte del ritual se
podría decir que era tirarse un desodorante no demasiado prestigioso a modo de
perfume. Aunque, terminó prefiriendo por usar su perfume favorito.
Quizás, por un par de horas, realmente las cosas iban a cambiar.
Había un aire distinto, que él interpretaba como un aliado. Como un susurro que
le daba la palabra justa en cada segundo. Nunca había ido al casino, pero esa
noche él sabía que si iría, apostaría el resto de su sueldo al rojo en la
ruleta y ganaría. Ganaría aunque todos los pronósticos estén en su contra. Hacía mucho tiempo que no se sentía con la primera y la última palabra. El alfa y el
omega. O el cansancio acumulado ya hacía estragos en su lastimada cabeza.
Para sentirse todavía más en una película, su hígado iba a dar
pelea como Rocky Balboa. Iba a tener que tomar como una bestia para que le
pegase. Nada parecía ser suficiente. Las horas volaban y él no sentía que el
alcohol entrara en su sangre. Y necesitaba realmente que eso pasara. La juntada
en la casa de su amigo se evaporó en un segundo y, para el otro segundo, él ya
estaba en otro planeta. Todo el alcohol había terminado pegando junto. Era
consciente de estar viajando en un taxi, o algo así. Hacía frío. Cada vez que
salía desabrigado y la temperatura era baja, recordaba la historia de un
conocido que había muerto por neumonía por empaparse con champagne y no tener
abrigo al volverse caminando a casa. Y para entrar al boliche terminó pasando
frío. Mucho frío.
Temblaba como un bebé dejado en la intemperie. Como si nunca
hubiera conocido el frío antes.
Una vez adentro, crujió los nudillos. El trabajo estaba apunto de
hacerse. Quiero decir, las estrellas lo alumbraban esa noche.
—Eu, vos. Sos vos—dijo sonriendo — No podes ser tan linda, flaca.
Siento que vos sos.¿Vos no sentís como que los astros y el cosmos se alinearon?
Algo como vos... y yo. —decía tratando que su sonrisa no parecía algo demasiada cercana a la de un violador. El mismo chamuyo barato repartió para las once minas que se
cruzó. Quizás había podido robar un beso —como si eso lo fuese a salvar—, pero
no tenía demasiada importancia. En un borrón de su memoria terminó apareciendo
en un taxi, solo, volviendo a su casa. Llevó sus manos hasta los ojos y apretó
sus ojos para no llorar. Entendió de repente que su noche de la suerte se había
esfumado y al volver a casa todo se iba a repetir. Iba a
meterse en su cama y taparse hasta la nariz, pero daría vueltas hasta las seis
y media de la mañana. Quizás por lo borracho que estaba su cuerpo le iba a
dejar dormir unos minutos más. Sabía que no había chances que durmiera más
de tres horas. Y en el amanecer se iba a sentir como si un camión lo hubiera
pasado por arriba. Por ese lado también se resistía a dormir, odiaba despertarse. Cuando llegara a
su cama y diera mil vueltas, se pondría a pensar en cuán perfecto sería el
humano si no necesitara dormir. Siempre atento, incansable. Sin embargo,
recordaba cada despertar y se maldecía por no poder dormir como una persona
común.
Y había un detalle que lo atormentaba aun más. Cuándo miró la
hora y vio que eran las cinco supo que su hermana iba a estar ahí. Despierta al
igual que él, frente a una pantalla, deseando con cada centímetro de su cuerpo
dormirse. Y en ese momento terminó de entender que no había escapatoria. Era un ciclo.
Él y su hermana, atrapados en una especie de laberinto llamado vida
cotidiana. Ignorando la presión que ejercían la punta de los dedos en sus ojos, estos
empezaron a llorar desconsoladamente casi al mismo tiempo que revisaba la
billetera para pagar el taxi, y le daba hasta el último centavo que tenía.
Hacía mucho tiempo que el dinero no le parecía más que un papel
con la cara de expresidentes, pero se sintió inclusive más desesperanzado—si
era posible— al ver la billetera vacía. Abrió la puerta de entrada y fue corriendo hasta el comedor. La
débil luz del monitor reflejada en la pared fue demasiado. Ver a su hermana
despierta con los ojos de par en par, mirando un capítulo viejo de Dr. House
fue demasiado. Hasta ese día él no había conocido exactamente lo que
significaba un nudo en la garganta. Sintió que su voz se quebraba y no era
posible de respirar. Lloraba y no podía poner en palabras porqué. Y cada vez
que levantaba su mirada para encontrarse con su hermana al lado en un rictus de
confusión, todo era inclusive peor.
—¿Qué pasa?—balbuceaba ella, empezando a contagiarse de las
lágrimas.Él quería hablar, pero no era posible modular una sola palabra.
No sabía hasta que punto alguien podía llorar. Por un momento
sintió que iba a morir de tanto llorar o que el nudo en su garganta finalmente
lo mató por no dejar pasar un sólo centímetro cúbico de aire a sus pulmones. Él
ya no era capaz de medir el tiempo, pero en un momento su pecho se abrió para
poder balbucear las primeras palabras. Ella no entendió, y se asustó más,
rompiendo completamente en llanto ahora.
—¿Qué pasa boludo?—gritaba llorando, totalmente desesperada
mientras le agarraba los brazos.
—E-esto es una mierda—alcanzó a modular—... no tenemos como carajo
salir de acá.
—¿Salir de dónde?—preguntó haciéndose la que no entendía que
pasaba.
—No podemos seguir viviendo durmiendo dos horas por día.—dijo a
punto de volver a quebrarse.
sábado, 25 de junio de 2016
Hermanos que no duermen
El reloj sonó con un click; evidenció que ya eran las cuatro y
media de la madrugada.
Las noches de invierno habían dejado de ser calladas y tibias. Ya
no habían cuerpos cálidos envueltos en frazadas viejas.
Desde Abril, el tiempo pareció distorsionarse. Tanto él
como ella perdieron la capacidad de contar los minutos y las horas.
Simplemente se les escurrían como la arena en un puño intentando cerrase.
Mientras el mundo dormía, sus luces estaban encendidas. También la
música y los teléfonos. A veces la televisión también se mantenía prendida
indefinidamente. Las noches estaban llenas de pequeños destellos de luz desde
las pantallas y, lo más importante, de ruido.
Dice el refrán que no valoramos lo que tenemos hasta que lo
perdemos, y él intenta formular hipótesis de que por que ya no puede dormir. Se
niega a creer que la muerte de sus padres podía llegar a causar esto. Sin
embargo ella deposita parte de su carga en sus difuntos y, las dos horas que
suele dormir antes de que el despertador suene a las ocho, logra dormir más
tranquila.
Siendo terco, tal vez, él mira la pantalla en blanco, que se
volvió su mejor amiga. Quiere encontrar todas las razones que hay en su cabeza
de porque no puede dejar de dar vueltas en su cama hasta el hartazgo. Con un
par de clicks ya está navegando sobre remedios caseros y brujerías para traer
el sueño de nuevo a su cuarto. Sabe que a la larga va a encontrar la respuesta
correcta y va a venir desde aquella pantalla. Pero también se suele convencer
de cosas para poder lograr un sueño lo más profundo posible, antes de que
desapareciera por completo.
Por qué no había exactamente dolor en él, ni tampoco en ella, no
existía una razón lógica de que las horas de sueño se evaporaran como si nada.
Las experiencias propias les demostraban que entre más dolor había se terminaba
cayendo en sueños tan profundos que los amaneceres parecían más bien
renacimientos.
Él solía ir hasta la cocina y untar casi cualquier cosa con miel.
De alguna manera también se convencía que la dulzura podía curar
todo. Llevaba el pote hasta la mesa del comedor y ahí es cuando solía prender
la televisión. Llevaba tanto tiempo repitiendo las secuencias todas noches que
desde Mayo conocía las programaciones de todos los programas. Incluso ella, que
sólo bajaba de la escalera para buscar comida en la heladera, maso-menos sabía
que de dos y media a cuatro pasan los programas de los evangelistas diciéndote
que tenías que parar de sufrir.
No había diálogo sobre lo que
estaba pasando. Era tan evidente que no querían verlo. Era un elefante en el
living y ambos pensaban que simplemente era parte del decorado, pero que el
otro no podía verlo. Era una soledad de a dos.
La obviedad del asunto descomprimía un poco sus cabezas, aliviando
el hecho de saber que a otro le costaba tanto dormir como a uno. Pero el
consuelo no iba más allá de eso. De vez en cuando cruzaban las miradas y eso
era todo lo que necesitaban saber. Después de todo, eran hermanos.
Cuando se van haciendo las cinco de la madrugada, él se cepilla
los dientes y apunta para la cama. Sabe que con suerte el sueño va a llegar
mágicamente a las seis de la mañana, como solía pasar. Decide apagar todo y
estar inmerso en la oscuridad. Para él, esa transición de oscuridad a sueño
real era una de sus partes favoritas del día. No porque fuera buena, sino que
la relacionaba con poder dormir finalmente aunque sea por dos horas.
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